sábado, 29 de diciembre de 2012

Como diría Víctor Hugo...

Une fée est cachée en tout ce que tu vois
(Un hada está escondida en todo aquello que ves)

PD: Le poète au calife (Les orientales)

Un hada, un cisne - Sui Generis

jueves, 27 de diciembre de 2012

Las aventuras de Hushpuppy

Vale la pena darse un tiempo (92 minutos) para disfrutar de Beasts of the southern wild (Bestias del sur salvaje), una cinta dirigida por Benh Zeitlin que fue distribuída comercialmente a partir de su exitoso paso por diferentes festivales internacionales.
Es loca, extraña y conmovedora.
Todos los aplausos para la pequeña Quvenzhané Wallis. que hace el papel de Hushpuppy, una niña de seis años que vive en un lugar aislado del resto del mundo y que es criada por su padre para ser fuerte y poder valerse por sí misma.
Durante el vaivén del relato se confunde la realidad y la fantasía, hasta un punto en el que el espectador cree en el universo que se presenta en la imaginación de la infante y sus extravagantes compañeros.

martes, 25 de diciembre de 2012

Je veux

Je veux d'l'amour, d'la joie, de la bonne humeur ♫



Esta canción me pone de buen humor. ¡Es Navidad! Así que vale más aquello que nos ponga contentos... un vino, una película, música interesante... si se puede, abrazar, abrazar y abrazar a todo aquél que se tenga al lado y se quiera, porque es lindo cuando se da y se recibe cariño, sobre todo, en estas fechas, ¿no?
Bon courage et joyeux Noël!

domingo, 23 de diciembre de 2012

Matrimonio

"Para olvidar, las mujeres odian, se encargan de recordar las cosas malas, sepultan al tipo con el que estuvieron", me dijo hace unos instantes uno de mis roomates, como la conclusión lógica de una conversación iniciada a partir de una de mis observaciones, no sé si la más acertada: las mujeres latinas, por lo general, terminan enganchándose en Europa con un local, no porque quieran al sujeto, sino -aparentemente- por la seguridad que este les pueda brindar. Y Mariano comenta; "Y viven una vida en la que todos los días son iguales", y yo añado: "Descontentas, porque su novio es frío, porque no las llena, porque tiene una forma diferente de ver el mundo, frustradas porque confunden agradecimiento con amor verdadero". Pero esto no es solo algo que pase con las chicas que viajan, pues pasa en todos lados, entre paisanos y entre extranjeros, en el país de origen o fuera de casa. Es, como lo escribí antes, el amor inmaduro -que define Fromm, "te quiero porque te necesito"- o, de alguna forma, la necesidad de beber agua en medio del desierto.
Honestamente no creo en el matrimonio. Lo que yo creo es que dos personas pueden ser eternamente felices si es que se comprometen el uno con el otro, y para eso no es necesario casarse... que el matrimonio pueda ser una especie de ritual que confirme ese vínculo, bacán, pero no es garantía de felicidad eterna, por el contrario, mucha gente lo utiliza de excusa para mantenerse amarrado a un tipo o tipa, así ello no les llene de alegría, como una especie de aceptación de lo malo, como si fuera una condena a cumplir o un contrato firmado con sangre.
Recuerdo con singular atención una de mis últimas conversaciones con una de mis mejores amigas, Johanna, en la que me comentaba lo bien que se sentía respecto a no encontrarse casada con cualquier hombre, solo por el hecho de tener que hacerlo para callar los gritos externos. "Porque si lo vas a hacer tienes que asegurarte de que el pata sea EL pata", algo así. Entonces, mientras tanto, a disfrutar la vida hasta que llegue el indicado, aquél que mueva el piso y valga la pena, aquél que nos quiera por lo que somos y no por el contexto que le ofrecemos, que me quiera -digo- porque uno es Diego Grimaldo y no Diego Ramírez, o Diego De las Casas o Brad Pitt, porque uno es único e irrepetible, con sus defectos y virtudes.
Alguna vez, ¡cómo no!, estuve brutalmente enganchado a una mujer que malinterpretó y pensó que le estaba, como decimos los peruanos, "marcando" y que mi deseo era que no saliera con nadie más que conmigo, dejando a sus amigos de lado, algo que no era para nada correcto. "Tú no estás casado conmigo", me increpó bobamente. "¿Y si lo estuviéramos? ¿tendría el derecho de prohibirte cosas?", le pregunté extrañado. "Sí", contestó. Vaya, vaya... para ser franco, dudo que algo así pueda ser beneficioso en una relación: el poder de limitar a alguien a partir de un papel, pues nadie debería tener ese derecho. "Si yo te pidiera algo así, deberías terminar conmigo, porque eso implicaría que soy un idiota, ya sea que estuviéramos casados o no, y nadie debería querer construir su vida junto a un idiota".
Hace un tiempo tuve un diálogo, de esos que sorprenden, con una persona que había hecho su vida fuera de su país de origen y que estaba casada con alguien de la nación que le acogió. Recuerdo que, entre lágrimas, me contaba que había visto días atrás al ex que consideraba como el gran amor de su vida... y yo me pregunto... ¿si es así, por qué está con otro tipo? "Los hijos, la vida... las responsabilidades... una se siente sola... uno extraña abrazar". Bueno, lo ideal es buscar ser feliz siempre... de lo contrario, se corre el riesgo de andar, día tras día, como un zombie, sin pensar, solamente funcionando, cual robot, y está claro que no somos máquinas, porque lo peor es ponernos excusas para no ser felices: "los hijos, la vida... las responsabilidades". Hay que arreglarlo, de alguna forma, porque, finalmente, eso de la frustración se transmite al igual que la alegría.
"Es curioso que esta persona haya esperado cerca de diez años para darse, al menos, la oportunidad de hablar con 'el gran amor de su vida'", le comenté en principio a Mariano. "Para olvidar, las mujeres odian, se encargan de recordar las cosas malas, sepultan al tipo con el que estuvieron, así tengan que transformar todo lo que pasaron juntos, destrozar la realidad", me explicó, y creo que funciona también con algunos hombres, eh. Y luego de un tiempo, cuando miran atrás y se dan cuenta de lo que perdieron por no intentar, por aferrarse al sentimiento de negación, cuando ven que el polvo levantado durante años de caminata se ha asentado, se estrellan contra mil y un cosas:  "los hijos, la vida... las responsabilidades... ¡el matrimonio!". De pronto, ya no creen en el amor (si es que en algún momento creían que creían en él), sino en lo más conveniente, pero una cosa es vivir y otra resignarse a un destino que tranquilamente puede ser cambiado con algo de resolución.
La seguridad no la da un papel, sino la experiencia y la confianza ganada a punta de sacrificio y de amor; y la felicidad no es poder verse rodeado de un millón de cosas materiales super chéveres o que el mundo entero crea que se está dentro de una relación perfecta. La felicidad está llena de alegría, no de sumisión y frialdad.

PD: No creo en el matrimonio, pero no dejaría de casarme con alguien que sí crea en él y que, previamente, me haya demostrado compromiso, ¡chan!

A pedir su mano - Juan Luis Guerra

viernes, 21 de diciembre de 2012

Scott Pilgrim vs The world

Divertida. Rara. Divertida.
Un triángulo amoroso. Muchas peleas en tecnicolor. Siete exnovios siniestros. ¿Qué más se le puede pedir a una película? Desde luego, ¡Ramona Flowers! ¡Y está!
Basada en la excéntrica y entretenida serie de novelas gráficas del canadiense Bryan Lee O'Malley, Scott Pilgrim, la película narra las aventuras del ¿buen? Scott y su lucha por conquistar el amor de Ramona, literalmente, la chica de sus sueños. Para ello tiene que enfrentarse a las antiguas parejas de la chica en un mundo cargado de referencias a videojuegos, cómics, música, y lleno de un sentido del humor tan inteligente como irreverente.



PD: ¡Ja!
-Break out the L word.
-Lesbian?
-The other L word.
-Lesbians?

martes, 18 de diciembre de 2012

El lobo feroz

¿Qué problema podría tener un lobo? Quizá desearía volverse vegetariano porque todos los animales del bosque creen que es malo y se asustan al verlo, pero, la verdad, no es que sea malhumorado, es solo que a veces tiene hambre y, bueno, un lobo come carne.
“¿Qué problema podría tener un lobo?”, se pregunta Feroz mientras ve su imagen reflejada en un charco. “El bosque entero me respeta porque (prácticamente) estoy en la cima de la cadena alimenticia”.
Feroz camina por su territorio con garra.
“Hola lobo”, le saluda la serpiente, que de inmediato se esconde bajo unas hojas secas. “Hola lobo”, le expresa el águila, quien de inmediato alza vuelo para ponerse a salvo con ayuda de la distancia.
 “¿Qué problema podría tener un lobo?”, se vuelve a preguntar Feroz, y luego piensa sobre lo genial que debe de ser tener a alguien con quien conversar. En ese momento, como si el destino hubiera escuchado sus cuestionamientos, entre el pasto y las últimas luces del día, ve a un conejo recolectar zanahorias, ocupado, yendo de un lado hacia otro, y se le acerca para plantearle su dilema.
Conejo está hecho de carne. Los lobos comen carne. Así que al verlo aproximarse, el pequeño dientudo parte en carrera, como si su vida dependiera de ello. Y vaya que así podría haber sido.
Feroz se entristece. ¿Acaso no se dio cuenta de que no quería hacerle daño? Las apariencias engañan: nadie puede saber con qué intenciones se avecina un lobo si es que estas no se manifiestan claras como el agua del río.
Feroz decidió tener un segundo encuentro con Conejo, así que esperó su vuelta, ayudándose por su olfato y por un intrincado sistema de casualidades que suelen presentarse en un cuento, escondido tras un frondoso arbusto. Horas más tarde, al verlo llegar, lo persiguió hasta darle alcance arrinconándolo contra una zona rocosa.
Al saberse atrapado, Conejo infló el pecho y dijo; “He comido arroz y coliflor. He visto el atardecer más bello de mi vida. No tengo nada de qué arrepentirme”. Feroz contempló a Conejo con sorpresa y luego su rostro cambió a modo respeto.
-Eres digno de respeto -le explicó, precisamente. La verdad es que no voy a intentar hacerte daño, pues solo quiero hacerte una pregunta: ¿Qué problema podría tener un lobo?
Conejo se quedó perplejo. Entonces miró fijamente a Feroz y se dio cuenta que su captor se sentía solo e incomprendido.
-Una cosa es que te respeten porque te quieren y otra porque te temen –le contestó, apelando a toda su sabiduría conejil. Si alguien te teme, escapará apenas tenga la oportunidad, pero si te quiere, hará lo posible por mantenerse siempre a tu lado.
-¿Cómo podría hacerse querer un lobo? -lamentó Feroz. El bosque entero me respeta por temor, porque (prácticamente) estoy en la cima de la cadena alimenticia. ¿Acaso debo volverme vegetariano?
Conejo sabe que eso último es imposible, porque difícilmente se puede luchar contra el instinto.
-No puedes negar lo que eres –le explicó. Solo ten paciencia, que seguro encontrarás pronto a alguien que te respetará y te querrá tal como andas y comes.
Feroz se alejó de Conejo prometiéndole que nunca le haría daño por respeto y cariño. Tiempo más tarde, conoció a una linda lobita con la que se comprometió y tuvo tres tiernos lobeznos.
Conejo lo respeta y lo quiere porque nunca rompió su promesa. BFF

París, 17 de diciembre de 2012

Lobo domesticado - Tommy Olivencia

jueves, 13 de diciembre de 2012

Bitácora de un gato en París: ¿Qué es la felicidad?

¿Qué es la felicidad? Ahora que lo pienso, francamente, no tengo ni idea. Y es mejor así, porque la felicidad no se reflexiona, se goza. Quizá sea esto que siento en este instante, pero no... la felicidad ha sido ese otro instante, el de hace un rato, en el que no me percaté que, precisamente, estaba siendo feliz. Ha sido ese otro instante en el que no me di cuenta que dos semanas de esfuerzo -y quizá más tiempo que ese- habían terminado con dos exposiciones, una en inglés y otra en el idioma local, ambas buenas (según creo), porque gocé ese instante, porque me hizo sentir el ser más exitoso del mundo, por más que ahora, que lo reflexiono, sepa que esto de estar en París estudiando (porque estudiar es mi prioridad) aún empieza, pues los finales del semestre académico están a la vuelta de la esquina.
Cuando llegué a Francia y tuve mis primeras clases, pensé que todo iba a ser complicado... la soledad, el extrañar y lo duro de la experiencia me hacían creer ello, y hoy, con todo lo que he avanzado, hay una luz al final del túnel que me hace confiar en que luchando la puedo hacerla linda, que hay que pelear hasta quemar el último cartucho.
La felicidad hoy fue que una argentina, con la que expuse en inglés, me dijera "se te ve relajado" antes de empezar nuestra presentación (y que parecía que tuviera 23 años XD), o que una francesa, quizá la mujer más linda que he visto en mi vida, me sonriera mientras esperaba mi turno para hablar en su lengua natal frente a un salón repleto de sus paisanos, y que luego, con la confianza del que está alegre, me le acercara y escuchara salir de sus labios: "se te entendió. Fuiste claro. Me gustó lo que dijiste más que lo que explicaron otros integrantes de tu grupo". Y voilà, la felicidad fue luego despedirme de ese mismo grupo, entre risas, y que me deseara unas buenas vacaciones, o después, cuando caminaba, fumando un cigarrillo, hacia la estación Rue Monge y me daba cuenta que estaba a un paso de Las Arenas de Lutèce. La felicidad, fue, por extensión, correr allí como un loco, jugando como un niño a hacer la de Rocky en sus gradas, y terminar en una de sus bancas, satisfecho, donde en estos momentos escribo estas líneas y reflexiono, y pienso que hace poco más de un mes estaba en este mismo lugar sintiendo que no iba a poder con la universidad, que estaba solo y que me urgía desesperadamente un abrazo, así me lo diera un fantasma o cualquier outsider.


La felicidad, ¿qué es? Ahora que lo pienso, francamente, no tengo ni idea, pero eso poco importa, pues lo verdaderamente importante es solo este instante, en el que la sonrisa aún está congelada en el rostro, como prueba de que se gozó con ganas... y luego seguir, avanzar, sacarse la mierda para poder volver a tener momentos intensos y gratificantes sin saber que se les está viviendo hasta después de mucho rato, hasta que llega la calma que antecede a la vida que avanza.

Sentirme vivo - Gianmarco

sábado, 8 de diciembre de 2012

Bitácora de un gato en París: Nieve

Cayó la nieve. Por primera vez en lo que llevo en este país europeo tuve la oportunidad de saber qué se siente despertar y ver todas las calles blancas, como si el cielo se hubiera volcado sobre ellas y lo dejara todo cubierto de nubes y algodón. Fue bonito. Me dicen que por ahora me va a gustar cuando ocurra, pero conforme vaya sufriendo sus estragos -digamos, el frío extremo- voy a empezar a odiar su caída.


Mientras dure la alegría, bacán.

PD: Hace uf escribí algo sobre la nieve. Por cierto, hasta ahora he soportado -2 grados sin calefacción... casi como un vikingo (bueno, nunca tanto).

Fuego de noche, nieve de día - Ricky Martin

domingo, 2 de diciembre de 2012

Populaire

Lllamativa es la entrada con la que Premiere inicia su crítica a una de las películas que, a mi opinión, es una de las más frescas que se han hecho en los últimos meses: "My Fair Lady rencontre Rocky" ("My Fair Lady encuentra a Rocky"). Populaire, de Régis Roinsard, cuenta la historia de Rose Pamphyle, una carismática chica que, luego de convertirse en la secretaria de Louis Echard, el director de una agencia de seguros, es convencida por este último a participar en un concurso de mecanografía dadas sus notables destrezas en dicha materia. Ella es, digamos, como un diamante en bruto que poco a poco Louis irá perfeccionando y al que, poco a poco, irá queriendo por su forma de ser.




Es divertida, es fresca, es linda. Lo mismo para la actríz que interpreta a Rose, Déborah François. Ambientada en la Francia de los años 50, Populaire es una cinta que vale la pena verse, no solo por lo rica que es, visualmente hablando, sino porque engancha y genera nostalgia (de entrada parecería que se está a punto de presenciar un capítulo de Mi bella genio o Hechizada).
Personalmente, me quedo con una frase soltada sobre el final -en inglés- por el mejor amigo de Louis: "America for the business, France for the love", porque sí. Disfrútenla.

martes, 27 de noviembre de 2012

Bitácora de un gato en París: La Ville-Lumière

Luego de terminar con un par de trabajos a presentar para un curso de la universidad, tras varias conversaciones sobre lo que esperábamos -mis compañeros latinos y yo- sobre los finales (¡sí! ¡ya casi estoy en finales!) y de saberme parte de un grupo plagado de franceses para una próxima exposición, por primera vez en lo que llevo en París sentí que todo había empezado a fluir. De eso, ayer. Hoy me levanté con la idea fija en mi cabeza de apresurarme un poco e ir a la biblioteca de Pompidou, leer y encontrar algunas teorías útiles para lo que tendrá que ser mi mémoire de M1, que para los peruanos vendría a ser algo así como una tesis para superar una maestría.
En realidad, ya hay en mi marcha cotidiana varias cosas que me resultan familiares, como ir al supermercado los sábados por la mañana, comprar algunas tardes un baguette, o pasarme los domingos mirando una película desparramado sobre mi cama post llamada a mi familia que se encuentra en Lima.
Hoy me levanté con la idea fija en mi cabeza de apresurarme un poco e ir a la biblioteca de Pompidou, así que, con esas, asistí a mi clase de  Industrie de la communication et mondialisation numérique y, al salir, me di cuenta que mi cuerpo solito se dirigía hacia la estación de metro más cercana, lo cual me pareció loquísimo, tanto como saber que hacía un frío espantoso y, pese a no estar tan abrigado, podía soportarlo sin sufrir. Así que me provocó caminar fumando un cigarro y escuchando vía reproductor mp3 mi más reciente lista de canciones toneras. Y entonces...



... Y entonces reí, porque sentí el paralelo y me gustó. Terminé mi cigarrillo y me subí a un bus rumbo a la estación Châtelet, pero me bajé antes, en una que está cerca a Notre Dame, porque me dieron ganas de caminar  un poco más. Cruzé entonces el Sena, con el atardecer a cuestas, ¡tan bello! con las luces reflejándose en sus aguas, y pensé: "¡Rayos! ¡estoy en París!", y volví a reir. Pasé luego por el Hôtel de Ville y me percaté que a estas alturas ya no necesito mapa ni pedirle referencias a alguien para pasear, al menos por esa zona.
Finalmente, llegué hasta el Centro Pompidou, contento, solo para volver a reír cuando me dijeron en la entrada que la biblioteca no abría los martes, así que saqué unas galletas (me ponen como loco las galletas de albaricoque) y me puse a caminar nuevamente por la Ciudad de la Luz. Y entonces...



... Y entonces reí por enésima vez, porque volví a sentír el paralelo y me encantó que fuera en medio de tanta arquitectura bella. "¡Qué bonita es esta ciudad!", me dije. "¡Qué bonita, MI ciudad!", sin reflexionarlo mucho. "¿Por qué el MI?", traté de volverlo a sacar, pero me fue complicado, y ¡voilà!... más risa, porque por primera vez en lo que llevo en París sentí que definitivamente todo había empezado a fluir. Por primera vez, me sentí parte de la ciudad y no un extraño que vaga por sus calles desesperado por entender hacia dónde es que está yendo (en todos los sentidos posibles). Al menos eso, por un rato... y bacán, porque...



... porque uno no siempre amanece con el mismo humor todos los días, y no todos los días son iguales (cuando se hace tangible un sueño), pues si bien hoy me levanté con la idea fija en mi cabeza de apresurarme un poco e ir a la biblioteca de Pompidou, mañana tal vez no tenga ganas de mover un solo dedo (bueno, nunca tanto), así que nada, a aprovechar los buenos ratos, ¿no?, y a seguir por esta senda llena de cosas extrañas que se vuelven cotidianas, y de cosas cotidianas que se vuelven extrañas. Por ejemplo...



... por ejemplo, no tener a alguién de confianza a quien poder ir a contarle estas cosas en vivo y en directo, pero hasta eso ya llegará con un poco de tiempo, pues la Ville-Lumière está llena de sorpresas y la verdad uno nunca sabe lo que se podrá encontrar más adelante.

PD: Necesito una amiga que me mime y me quiera ♫

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Bitácora de un gato en París: Mi nuevo barrio (II)

Hace más de un mes que tengo un lugar en donde vivir. Saint-Maur-des-Fossés es tranquilo. Si bien mi casa queda en una zona alejada de París centro, se ubica muy cerca de una estación de metro, Saint-Maur-Créteil y, al mismo tiempo, de una zona comercial en la que no falta su típica brasserie, su infaltable bureau de tabac, una panadería como Dios manda, supermercados varios, una tienda donde venden manga (yeah!) y hasta un McDonald's, aunque mejor que esto es un kebab que vende un rico y grasoso sándwich griego a cinco euros, que trae carne en cantidades descomunales, papas fritas y cremas al gusto (entre ellas una que es color rojo intenso y que al comer es como tener el infierno en la boca).
Debo confesar que nunca me había provocado conocer más que los 20 metros a la redonda que rodean mi casa parisina, parte por el poco tiempo que he tenido por las clases de mi maestría y porque tenía mucho cuidado en no salir al saber que día a día la temperatura está bajando de una forma descomunal, y yo no aguanto mucho el frío... o, bueno, no lo aguantaba. Lo que sí hay, por mucho, es humedad, aunque de eso ya tengo algo de experiencia tras haber vivido un tiempo en una de las zonas de Lima más húmedas que recuerdo: Magdalena del Mar.


París es agresiva con el nuevo. Lo trata mal. Lo hace echar de menos su patria.
La verdad es que yo sabía que me iba a sentir solo y que iba extrañar abrazar. Eso estaba en lo posible. Es una pena, porque me gustaría tener más puntos de vista, pero la referencia más notable que tengo de alguien en Francia es la de una ex enamorada llamándome, a menudo, para decirme que estaba harta de esta ciudad, algo que duró, por lo menos, unos cinco meses, lo cual podría parecer exagerado... pero uno nunca sabe, todo es relativo... Si bien al llegar aquí entendía que mis circunstancias iban a ser distintas, por la forma en que lo hice, ahora sé, a ciencia cierta, como es que funciona esto de sentirse un extranjero en París.
En realidad la reacción latina es bastante lógica si se entiende como es que son nuestras culturas, mucho más ligadas a la familia y a los amigos, menos individualistas que la europea. Espero que esto se entienda... veamos: imagínense encontrarse en su tierra natal (para mayores referencias culturales, Perú) y no tener trabajo, solo gastos... de casa, comida, escuela... jodido, ¿no? pero, en "casa", un latino de nivel socio-económico y educativo promedio puede paliar ello sabiéndose conocedor de su ambiente, con un freelo o apoyándose, precisamente, en su familia o amigos. Hay formas de recursearse. Ahora, llegamos a una ciudad nueva, con un idioma distinto y costumbres distintas, yo diría, agotadoras. La misma imagen: no trabajo, porque la mayoría -sino todos- los que llegamos aquí lo hacemos a expensas de vivir una época de nuestros ahorros o de una pequeña pensión mensual. Entonces, al inicio hay solo gastos y se corre en carrera contra el tiempo, que avanza hacia un momento en el que te podrían sacar a patadas por falta de visa. A eso se le puede sumar el poco margen de error que uno debe tener en clase, el pánico a cometer un error, a no ser comprendido, y la necesidad de enfrentar los cursos, precisamente, en una lengua extraña y con el miedo natural al fracaso. No familia. No amigos.
Hace un par de días decidí no hacerle caso al frío o a la incertidumbre y caminar, caminar y caminar. Prendí un cigarro (que fue EL cigarro) y al adentrarme en mi barrio lo que encontré fue un conjunto de parques inmensos, hojas cayendo de los árboles, una vista al río espectacular y bancas en las que alucinaba tener conversaciones interesantes con gente interesante. Sentado en una de ellas me vino a la cabeza la reflexión que hace unos instantes expuse y la certeza de que todo lo que me está ocurriendo me está enseñando muchas cosas valiosas, porque he aprendido a apreciar mucho de mucho y todo de todo. Además, en definitiva, este país tiene cosas maravillosas en cada esquina, cosas que sorprenden y por las que vale la pena avanzar siempre, como la Torre Eiffel o la Mona Lisa.


Mejorar con el idioma francés, conocer personas a las que uno pueda llamar "amigos", conseguir una chamba, acostumbrarse a las costumbres locales... todo ello cuesta tiempo y esfuerzo. Definitivamente Roma no se construyó en un día, ni París se quedará sin franceses de la noche a la mañana (para llenarse de latinos e ingleses :). Mientras tanto, lo que hay que hacer, como todo en la vida, es disfrutar los pequeños y grandes momentos de alegría y aprender de cada lágrima suelta en plaza, pues todo enseña.
Desde luego, ahora mismo estoy tomando té (inglés, ¡ja!) con leche (a la inglesa, ¡ja!) y sin azúcar, tras acabarme una sopa verde (así se llama) que cualquier peruano atiborraría de sal o enjuiciaría, seguramente, por su "falta de sabor". Mañana planeo desayunar unos crêpes con miel de fleurs y almorzar en el resto universitario donde, en un día regular, sirven couscous como guarnición acompañado de zanahorias sancochadas y un pollo au poivre, todo bastante bajo en condimentos.
Poco a poco, tiempo al tiempo. Como siempre, paciencia y buen humor.

Extranjero - Enrique Bunbury

martes, 20 de noviembre de 2012

Bitácora de un gato en París: Mi nuevo barrio

Llegar a París fue difícil: Los papeleos, la coordinación, las despedidas. Una vez aquí, los primeros días fueron espectaculares, yendo y viniendo de un lado a otro de la ciudad, visitando los lugares más emblemáticos (los que se podían ver sin pagar mucho) o aprendiendo a utilizar el metro. Al pasar las primeras páginas del viaje, lo que quedaba era ponerme al tanto de la universidad que me iba a acoger (esto ya lo dejaré para otra entrada) y, en especial, encontrar un lugar en donde vivir, pues hasta entonces estaba quedándome en casa de unos amigos de mi hermana.
Si llegar a París fue difícil, conseguir una casa en París fue aterrador, una tarea digna de un capítulo de Misión imposible. Incluso ahora mismo no sé muy bien como funciona este asunto, pero cuando tuve que enfrentármele, lo primero que hice fue revisar cuanta página en Internet tuviera a la mano. Esto ya lo había hecho en Lima, pero in situ podría ir a visitar cada lugar y así tener un contacto directo con la fuente. Sin embargo, al cabo de unos días, nadie contestaba mis correos o llamadas, o todo estaba copado o, simplemente, no entendía lo que me decían por teléfono debido a mi poco practicado francés. Por si fuera poco, me estrellé ante una oferta de locaciones y colocaciones (esto es, como decir, "busco roomate") cuyo precio se disparaba por los cielos.
Fue un alivio recibir un correo de Igor, un compatriota que conocí en Lima a través de Campus France, contándome que se encontraba ya en París y que tenía la intención de compartir un ambiente conmigo. Excelente. Así que apenas nos juntamos, fuimos de casa en casa, de depa en depa, de cuarto en cuarto, de arrondissement en arrondissement, yendo y viniendo, esta vez, no en plan turismo, sino en una carrera desesperada en contra del tiempo: Igor se alojaba en un hotel, por lo que cada día gastaba mucho dinero. Yo, en cambio, tenía que dejar lo más pronto posible el lugar en donde me estaba alojando porque nunca me ha gustado incomodar o pecar de fresco.
Entonces, porque iban a llegar unos familiares de visita, los amigos de mi hermana me dijeron que no podían seguirme teniendo en su hogar. Fue duro. Sentí que me quedaba sin opciones. Aquél día, Igor y yo fuimos a ver un departamento en París 12. Todo parecía muy correcto hasta que entramos a él con la casera y vimos que no tenía un solo mueble dentro. Al salir, intenté ponerme en contacto con otro arrendador, pero solo escuché por el auricular de un teléfono público su voz a través del contestador automático. Grité, renegué con ajos y cebollas -recuerdo- aprovechando la limitada acústica de la cabina en la que me encontraba, y casi lloro de frustración. En tanto, en mi cabeza, la voz de una pequeña niña, hija de los amigos de mi hermana, retumbaba como disparo de cañón: "Ojalá y nunca te vayas", me había dicho 24 horas antes, poco después de leerle un cuento, y antes de dejarla dormida sobre su cama.
En el colmo de nuestra desesperación, pensamos que podíamos alquilar, aunque sea de forma provisional, cualquier lugar sin amoblar y meternos allí para, al menos, tener un techo que nos soporte.
Olvidándome de todos mis problemas, decidí entonces caminar a un lado del Senna y así disfrutar por un momento de París, la París a la que había deseado tanto llegar, así que, crêpe en mano, paseé por los alrededores de Saint Michel. Al cabo de unos minutos, mientras pensaba en todo lo que había dejado atrás para llegar a Francia y lo importante que hubiera sido en ese momento contar con gente de confianza, recibí una de las primeras muestras de fraternidad que he tenido en este país extraño: una francesa-colombiana que había conocido algunos días antes me llamó para saber cómo estaba. Fue lindo y preciso. Al día siguiente, a Igor y a mí se nos uniría un tercer peruano: Mariano, y poco más de 48 horas después, firmábamos un contrato para vivir en un departamento en Saint-Maur-des-Fossés (que sería para París algo así como Chaclacayo para Lima): 30 metros cuadrados de alegría y esperanza, con baño, cocina... todo equipado. Y así nos instalamos.

Burning down the house -  Talking Heads

lunes, 19 de noviembre de 2012

Conejo Alejo

Vive rápido Conejo, siempre pensando en terminar lo más pronto posible lo que está haciendo para pasar a lo siguiente, porque lo siguiente está planificado al detalle.
Es hora de comer. Come rápido, porque luego hay que ir a beber agua del río.
Es hora de ir a beber agua del río. Bebe rápido, porque luego hay que ir a recolectar zanahorias.
Piensa solo en el futuro y jamás disfruta el presente.
Es hora de ir a recolectar zanahorias. Las busca rápido, porque luego hay que ir a afilarse los dientes.
Es hora de afilarse los dientes. Los afila rápido, porque luego hay que cenar.
Es hora de cenar. Cena rápido, porque luego hay que acostarse y dormir.
Mañana será un nuevo día… uno más para vivirlo igualito al anterior.
Cuando los conejos están felices, brincan y dan vueltas exageradamente.
Conejo no brinca ni da vueltas. “Ya las daré cuando termine lo que esté haciendo y tenga más tiempo”, se repite mientras come o bebe agua del río, mientras recolecta zanahorias, se afila los dientes o cena. Y siempre, antes de quedarse dormido, piensa que le gustaría contar con algún motivo para brincar y dar vueltas.
“Después de todo, siempre hay un mañana”. Filosofía de Conejo.
Un día, mientras recolectaba algunas zanahorias y pensaba en que tenía que hacerlo rápido para ir a afilarse los dientes y luego correr a cenar, Conejo fue interceptado por un lobo feroz. Al ver al carnívoro, partió en carrera sin pensar hacia dónde estaba yendo. En su camino, sobrepasó a una tortuga, a un par de ardillas, a una serpiente, a un ciervo e incluso a un loro que se disponía a alzar vuelo. Se desplazó tan rápido y tan lejos que, cuando se percató que había dejado atrás al lobo, se detuvo sin saber donde se encontraba.
“¡Esto no se parece en nada a mi barrio!”. Conejo perdido.
Por varias horas, Conejo caminó de un lado a otro buscando la ruta que lo regresara a su hogar. Durante ese tiempo, no pensó en que era hora de comer, beber agua del río, recolectar zanahorias, afilarse los dientes, cenar o dormir.
Por varias horas, Conejo siguió caminando de un lado a otro buscando la ruta que lo regresara a su hogar, hasta que sintió hambre y se dio cuenta que no había ninguna zanahoria a la vista.
“¿Y ahora?”, pensó. De pronto, vio un campo lleno de cereales y recordó que alguna vez había escuchado de la boca de un amigo roedor que el sabor del arroz era especialmente bueno en primavera, pero como su dieta siempre había sido estricta, basada en zanahorias, zanahorias y más zanahorias, nunca le había parecido buena idea darle una oportunidad a ese alimento.
Conejo tuvo que comer arroz. Le pareció la comida más rica del mundo.
“¿Será porque estamos en primavera?”. Alegría de Conejo. Y al fin tuvo un motivo para brincar y dar vueltas. Y así lo hizo.
Como alegría llama optimismo, y optimismo, buena suerte, después de algunos minutos, Conejo pudo reconocer algunos paisajes familiares en el camino que seguía. “¡Este es la ruta para llegar a mi barrio!”. Y tuvo una nueva sesión de brincos y vueltas que terminaron cuando advirtió que el color del cielo tenía tonos particularmente hermosos en aquél instante. “¡Vaya atardecer más bello!”, exclamó en idioma de conejo. Y entonces le provocó dar aún más brincos y vueltas.
Luego de su imprevista jornada, Conejo pensó que a veces una experiencia límite nos hace dar cuenta de lo vivos que estamos y también entendió que es mejor no esperar que algo malo nos pase para cambiar aquello que pueda estar mal, pues si el lobo lo hubiera alcanzado y se lo hubiera comido, se hubiera ido al cielo conejil sin saber cuál era el sabor del arroz o que ver el atardecer era como tener cada día una linda revelación.
Conejo lamentó entonces haber perdido tanto tiempo pensando solo en el futuro cuando en el presente podía descubrir muchas cosas nuevas, tanto malas como buenas: “Solo es cuestión de disfrutar el momento y de saber encontrar el tiempo para hacer todo aquello que de verdad nos gusta, sin dejar de lado lo importante, pues las zanahorias, el arroz, la lechuga o la coliflor no se recogen solos”.
Un consejo, hasta de Conejo, siempre es bueno si se brinda de corazón.

Saint-Maur-des-Fossés, 18 de noviembre de 2012

PD: Creo que en la próxima entrega animalesca voy a tocar un tema que me trae como loco hace tiempo: ¿por qué el lobo siempre es el malo del cuento? Eso. Ideas, sugerencias... 

Tiempo al tiempo - Fito Páez

sábado, 17 de noviembre de 2012

Aubade

La víspera del festival tuyo 
fue una amalgama
de inciertos y desdichas, 
fraguada en tiempos
y en espacios abiertos. 
Estaciones sin calma, desordenadas, 
como si su conclusión fuera cosa 
de jamás dar la cara. 
Queriendo un cariño frenar, 
otro rodeo el patíbulo
de sus besos, 
y apareciste
inmaculada
en magna epifanía 
sufriendo un destino de tristes dudas 
que de repente se volvieron 
canto y optimismo. 
Pude contar las líneas en tus manos, 
los gestos innecesarios,
las calmas
que culminaron en tormentas. 
Pude respirar del calor de tu confianza, 
del soplo de los sueños compartidos, 
del aliento de las tormentas 
que terminaron en calmas. 
Y una noche se cruzaron
los fantasmas 
que andaban dormidos. 
Y una noche, 
que duró veinte años 
o veinte días 
o veinte horas 
o veinte minutos, 
o tal vez, segundos… 
se revocaron la confianza 
y la certidumbre. 
Y una noche, 
que duró una noche, solo eso, 
fuimos nuestros hogares, 
con sus rutinas y sosiegos, 
nuestros puntos de llegada, 
la confirmación de todo aquello 
que nos hacía falta, 
un tesoro sin tierra encima, 
un corazón descubierto,
débil y poderoso, 
de cara al cielo. 
Con su mañana, el día 
dejó partir al silencio
de oscuridad clandestina, 
y como una melodía que acaba, 
tal como hace la vida, 
el festival concluyó fragante, 
rematado sin escrúpulo alguno. 
Lo que quedó exenta de gloria 
fue la resaca del pasado, 
un recuerdo sin nombre, 
una sonrisa que finge orgullo y otra 
que se derrite de esperanza.

París, 16 de noviembre de 2012

Aubade - Stray Ghost

viernes, 16 de noviembre de 2012

Para soñar

En tu cielo me reuniré, y en tus labios me perderé para soñar… ♫



Buena, ¿no?

lunes, 12 de noviembre de 2012

Bitácora de un gato en París: Torre Eiffel

Mi primera vista de París fue a través de la ventana de un avión. Fue magnífico: llegué golpe de las nueve de la mañana de un 12 de setiembre del 2012. Hacía sol aquél día y en lo alto parecía que podía agarrar el astro con mis manos. De pronto, vi como la ciudad aparecía ante mis ojos y dije: "gracias". Y lo que mis ojos hicieron, como si tuvieran voluntad propia, fue buscar el pico más alto... y lo que ubicaron fue la Torre Eiffel: "Ya estaré, en breve, escribiendo algo a sus pies", aluciné mientras limpiaba algunas lágrimas. Era más fuerte que yo, definitivamente.


Lo que vino luego fue un largo paseo por París teniendo como guía a mi hermana, Claudia, hasta que, en un momento, me preguntó si quería ver la torre. "Desde luego", y una vez llegamos, volví a emocionarme, como si estuviera soñando despierto, y quedé perplejo ante lo imponente de su tamaño. "¿Subimos?". NO. Debo admitir que me dio miedo, del que limita, porque, por si no lo mencioné antes, le tengo terror a las alturas, y ya desde el suelo, viendo hacia arriba, el vértigo insano me mataba las ganas de trepar y ver la ciudad desde lo alto. "Bueno, tienes un año, por lo menos, para animarte a subir". Ok. Ni loco.


Desde niño siempre soñé con ver la Torre Eiffel y a la Mona Lisa. No lo sabía, pero la torre parisina es el monumento más visitado del mundo, tampoco que hay dos formas de subirla: a pie y con ascensor, aunque de la primera manera solo se tiene acceso hasta la segunda planta (son tres en total). Hasta ahí todo bien.
Ya cuando adulto, se convirtió en el símbolo de mi sueño de viajar a Europa, de allí que haya sido tan importante poder haber llegado hasta ella y que, incluso, mi lugar favorito en París tenga una vista privilegiada de todo su alto, pues verla me recuerda lo duro que es pelear por un sueño y lo genial que es poder hacerlo realidad.
Pero tenía que animarme a ascender... y, como dicen: "a mal paso darle prisa" (bueno, nunca tanto), así que aprovechando la llegada de una amiga de mi hermano, Pilar, a esta ciudad y sus ganas de trepar por el gigante de hierro, finalmente subí. En total, fueron mil 665 escalones, según tengo entendido, los que superamos para llegar hasta la segunda planta, un recorrido sumamente emocionante -y altamente recomendable- si lo que se quiere es hacer turismo, ver en todo su esplendor a la Ciudad de la Luz y, de paso, como yo, desafiar a la acrofobia. Ya otro día me tocará llegar hasta el último piso. Ok. De todas maneras.

Paris Tour Eiffel - Jacques Helian

jueves, 8 de noviembre de 2012

Bitácora de un gato en París: Un abrazo

Hace un par de semanas, la nostalgia me pegó de lleno y tuve un bajón anímico. Lo que se me ocurrió fue comprarme unas galletas, arroparme lo máximo posible, e ir al que es, hasta el momento, mi lugar favorito en París: un spot bastante tranquilo, frente a la Torre Eiffel, al lado del Sena, y un poco alejado de la innumerable cantidad de turistas que hay por la zona. Allí, olvidándome de todo, hice algo que solía hacer en mi cuarto, en Lima, cuando me sentía mal: cantar. Así que cargué mi lista de canciones toneras y, al rato, como mandado a socorrerme, el sol salió. De vuelta en mi casa parisina, preparé arroz con leche. Todo bien.



Hoy la nostalgia toco un nervio más profundo. La semana pasada estuve mal, con un dolor de garganta horrible que no me dejaba consumir nada sólido. Ayer, amanecí con dolor de estómago, y me asusté al pensar que podría ser mi gastritis, pasándome factura por todo el tiempo transcurrido sin prestarle atención. Decidí no ir a la universidad, quedarme en casa y ver una película y ahí sentí la pegada. Estaba virtualmente solo. Bueno, es algo obvio, pero una cosa es saberlo y otra sentirlo. De pronto, estaba allí, vacío, con la imperiosa necesidad de contar con alguien... de abrazar.
No tengo amigos aún con los que pueda abrirme en un porcentaje alto. Viviendo en Lima, rodeado de gente que habla mi idioma, en 28 años me costó muchísimo hacerme de personas así... así que aquí, al otro lado del charco, no tengo ni idea de cuanto vaya a costar, en tiempo, esfuerzo y suerte (porque conocer tipos y tipas chéveres es también cosa del destino). Situación siguiente: me provocó levantar el teléfono y llamar a mi país natal, a alguno de mis amigos... pero preferí aguantarme, ser fuerte y guardar el ticket de molestarlos para un momento más importante, porque, valgan verdades, la diferencia de horarios es una verdadera porquería.
Escucho a veces a Igor y a Mariano, ambos con novias en Lima, conversar con ellas. Supongo que esa situación debe ser mucho más complicada, porque hay alguien que les espera a kilómetros de distancia. Alguna vez, con un vino de por medio, les dije que yo había dejado una vida en donde casi lo tenía todo por otra, en París, en la que era la última rueda del coche. Trabajo, familia, amigos, todo por un sueño que tenía/tengo que vivir con mi cuerpo y que es parte de un sueño muy grande, algo imperioso a ver con mis ojos para saber, a ciencia cierta, qué es lo que más quiero en la vida. Pero, al margen de ello, si había un momento para embarcarme en esta aventura, ese momento es el que estoy viviendo, porque, a diferencia de ellos, no dejaba flaca o hijos, o deudas en Perú... pero qué difícil debe ser sentir que necesitas un abrazo y saber que la persona a la que más quieres en el mundo está en otro continente y que ni siquiera tienes a alguien a quien le tienes un poco de confianza para paliar esa situación o, al menos, contarle, de corazón, que extrañas sentir eso... aunque eso de extrañar es una cosa loca, y lo extraño puede llegar a ser algo cotidiano y viceversa.

Esta tarde vi llover - Armando Manzanero / Fito Páez

miércoles, 7 de noviembre de 2012

Linda

lindo, da.
(Del lat. legitĭmus, completo, perfecto).
1. adj. Hermoso, bello, grato a la vista.
2. adj. Perfecto, primoroso y exquisito.
3. m. coloq. Hombre afeminado, que presume de hermoso y cuida demasiado de su compostura y aseo.


Vaya que estás linda, como si la amalgama de sentimientos que atrapaste te hubiera dado un aire menos formal, más festivo... y, como en fiesta, la que eres baila, baila sin excusas ni vergüenzas  Estás linda, lo notas. Sabes que más grato a la vista es un espíritu libre que la perfecta masa en la que se esconden tantas sonrisas fingidas... y, como en plaza, paseas un corazón osado. Vaya que estás linda. Se te nota la alegría en la cara: una primorosa seguridad en lo que eres, lo que tienes; una exquisita balada de sueños alcanzados... y, como ayer, reinventas motivos para pegar la vuelta... y luego te alejas.

París, 4 de noviembre de 2012

Linda - Miguel Bosé / Malú

lunes, 5 de noviembre de 2012

Después de la guerra

A Jotamario Arbeláez, colombiano él, me lo recomendó un amigo. No lo conocía. Ahora sí. Es divertido, fresco y, cuando debe, serio y romántico. Vale. Disfrútenlo.

Después de la Guerra - Jotamario Arbeláez

un día
después de la guerra
si hay guerra
si después de la guerra hay un día
te tomaré en mis brazos
un día después de la guerra
si hay guerra
si después de la guerra hay un día
si después de la guerra tengo brazos
y te haré con amor el amor
un día después de la guerra
si hay guerra
si después de la guerra hay un día
si después de la guerra hay amor
y si hay con qué hacer el amor

PD: Manos - Jotamario Arbeláez

Me gusta más la izquierda,
la del reloj,
la de la argolla de oro.
La otra mano es más blanca
y más directa. Como que está más cerca de sus actos.
Me he fijado en las líneas de la suerte
y en cada una el trazo es diferente.
Por lo poco que sé de quiromancia
adivino que es frágil, enfermiza,
con un tic de maldad.
En lo que toca
deja huellas de polen. O de polvo
para ser menos líricos.
Para ser más concisos, periodísticos.

Describiré sus manos dedo a dedo
pero en otra ocasión.

En pie de guerra - Joaquín sabina

domingo, 4 de noviembre de 2012

Bitácora de un gato en París: Mona Lisa

Con una sonrisa de medio la'o, la Mona Lisa estaba más accesible que nunca. Primer domingo de noviembre. Si hay algo bueno que tiene este país es su onda cultural. Todos los primeros domingos de cada mes la entrada a muchos de sus museos es gratis. Gracias a ello, un virtual patealatas como yo puede darse el lujo de ingresar a uno de los lugares más increíbles que hay (al menos una vez cada cuatro semanas): el Louvre.
Como lo comenté en un post anterior, uno de mis sueños era ver a la Mona Lisa en vivo y en directo. Entonces, check. Sueño cumplido. Y no costó mucho. En realidad, nada... bueno, un poco... despertarme temprano, esperar a mis compañeros de depa, y salir, llegar al museo a las 9 de la mañana y listo (ah, y como unos 15 años de espera, más o menos).


Felizmente no había mucha gente a la hora en que llegamos. Si bien nos confundimos un poco al entrar, porque no sabíamos por donde hacer cola, terminamos ingresando por la Porte des Lions, algo que ya de por sí me ponía de buen humor y auguraba una buena jornada (dado el paralelo con mi chapa). Minutos después, sin darnos cuenta, ya estábamos frente a la dama. Yo, feliz, creyendo que no estaba allí, sonriendo como ella. Mis amigos: Igor, que ya la había visto, orgulloso por su condición de guía; y Mariano, buscando cómo hacerse una fotografía.

Sonríe 
sonríe
sonríe mucho
que nada se arregla 
con lágrimas
sino con optimismo
Sonríe
sonríe
sonríe mucho
que alegría llama 
más alegría
y la sombra 
no alcanza
aquello que brilla 
con luz propia.

Eso. Quedé encantado con la zona de pinturas francesas y el sector de esculturas griegas. En este último nos esperaba una vieja huésped, también ilustre: La Venus de Milo. Bacán. Yo, triplemente feliz, no cabía en mi medio cuerpo. 
Tras cerca de cuatro horas de visita, nos fuimos a buscar algo para almorzar. Un poco de pan con algún embutido y de vuelta a la acción. Terminamos aprovechando el día cayendo de cabeza en otro de mis postergados: Pompidou, aunque nada como el Louvre.
Cambio y fuera.

Mona Lisa - Nino Bravo

viernes, 2 de noviembre de 2012

Bitácora de un gato en París: Banca manca

Ayer veía con mis roomates un reportaje hecho en Perú sobre lo abusivos que son los bancos en nuestro país cobrando intereses y la forma terrible en la que despellejan a quien pueden con eso de los créditos y los préstamos. Y bueno... todo mal. Aquí en Francia no sé como es la cosa (aún), pero lo que sí sé, porque lo estoy sufriendo en carne propia, es lo extremadamente lento que puede llegar a ser hacer una simple transacción (al menos en el banco en el que actualmente tengo depositado mi dinero).
Discúlpenme el medio berrinche...
Bueno, todo empezó hace como un mes cuando Igor y yo decidimos que era imprescindible entrar a formar parte del sistema financiero francés. "No sabes lo sencillo que fue", recuerdo que me dijo él una tarde cuando, documentos en mano, me mostraba el fruto de aquella decisión. "La chica que me abrió la cuenta me dijo que podías ir tú también, como coarrendatario del departamento que alquilamos". Ok. No hay problema. El banco nos lo habían recomendado los asesores estudiantiles de la Ciudad Universitaria de París. Por algo sería. Había una agencia cerca del hotel que él ya estaba dejando. Bacán.
Fui. No fue ningún problema abrir la cuenta, aunque me pareció raro que al cerrar el trámite no me dieran instantáneamente la famosa Carte Bleue. En el Perú, lo más parecido a ese bicho sería una tarjeta de débito, la cuál, por cierto, te dan presentando un documento de identidad y... nada más. Si al cabo de tres meses la cuenta no tiene plata (no la mueves), chau, la pierdes. En Francia tienes que presentar, además del pasaporte (que sería mi documento de identidad), una prueba de que vives en donde dices vivir, que en mi caso fue el contrato de vivienda (lo más gracioso es que, en muchos casos, no puedes firmar un contrato de vivienda ni nada parecido si no tienes cuenta en un banco... lo que hace del asunto de conseguir casa un círculo vicioso imposible de convertir en "llegué a la meta", pero de eso otro día).
Para recoger la Carte Bleue tuve que ir nuevamente a la misma agencia (no te la mandan a tu casa) y firmar algunos documentos más. Unos días después, en el correo de mi casa tenía un sobre con el código secreto y un segundo envío con una carta de un alto directivo del banco y... un tercer envío con una carta de la chica que me abrió la cuenta, que, desde ese momento, se convertía en mi "asesora de servicio". Elegante.
Primera joda: no puedo cambiar el código de seguridad con el que saco dinero del cajero. Si me diera la gana de hacerlo tendría que pagar un extra, algo así como 35 euros. Eso lo averigüe el día que fui a hacerme un depósito de 30 euros -para saber cómo se hacía- a una agencia X, no en la que abrí mi cuenta (que llamaremos desde ahora Y). En ese mismo momento, la segunda joda, más que joda, curiosidad: me llamó la atención que, en lugar de ventanillas, hubiera un escritorio atendido por una chica. "Gusta hacer un depósito". Desde luego. "Tiene que llenar esto". Un papel con mis datos personales, número de cuenta, cantidad del depósito (poner que dejaba el total en dos billetes de 10 y dos de cinco, ?). Luego de llenarlo, la señorita metió la plata en un sobre y me indicó que todo estaba listo. Una vez entré a mi estado de cuenta vía Internet, vi que la transacción, efectivamente, estaba en el sistema, pero figuraba como "en trámite". Al día siguiente, salía ya como "aprobada". Conclusión: lo del sobre no era un detalle visual: al parecer X tenía que mandar el dinero -en efectivo- a Y, e Y tenía que aprobar lo ocurrido. Ya se imaginarán lo que fue recibir una transferencia medianamente fuerte desde Perú.
Me imaginé entonces que en la agencia en la que abrí mi cuenta tenían una pequeña bóveda con mis iniciales en dónde se guardaban celosamente mis bienes.
Algo así:


Tercera joda: ayer descubrí que solo puedo sacar 160 euros por semana del cajero (en el Perú el máximo son 1500 soles por día, unos 420 euros). Hoy tenía que pagarle a la casera, así que decidí retirar algo de efectivo vía agencia. Fui nuevamente a X y allí me dijeron "no, si gusta sacar dinero tiene que ir a una agencia más grande". Como justamente había una en la estación de trenes que le seguía a la de mi casa, fui  (llamémosle Z). Llegué. Vi que había algo parecido a una ventanilla en Z. Excelente. Al encontrarme frente a la persona que atendía le dije que quería sacar dinero. "¿Tiene chequera?". Esperaba que me hiciera un cheque a mi mismo. No. "Entonces tiene que comunicarse con su asesora y ella tiene que enviarnos un correo, una vez lo recibamos, ahí le daríamos el dinero". Merde. Resulta que no puedo tener acceso a mi propio capital porque tengo que pedirle permiso a alguien cada vez que lo quiera mover.
Solución: le pedí prestado dinero a uno de mis roomates. De aquí en adelante voy a tener que sacar el máximo permitido por semana y calcular, porque no me da la gana de llamar a mi asesora para hacer algo que debería ser más sencillo.

Welcome to the jungle - Guns and Roses

jueves, 1 de noviembre de 2012

Funeral blues

Pero que cosa tan interesante...

Funeral blues - W.H. Auden

Detengan los relojes
desconecten el teléfono
denle un hueso al perro
para que no ladre.
Callen los pianos y con ese
tamborileo sordo
saquen el féretro...
Acérquense los dolientes
que los aviones
sobrevuelen quejumbrosos
y escriban en el cielo
el mensaje...
él ha muerto.

Pongan moños negros
en los níveos cuellos de las palomas
que los policías usen guantes
de algodón negro

Él era mi norte mi sur
mi este y oeste
mi semana de trabajo y mi
domingo de descanso
mi mediodía, mi medianoche
mi conversación, mi canción

Creí que el amor perduraría
por siempre.
Estaba equivocado.

No precisamos estrellas ahora...
Apáguenlas todas
envuelvan la Luna
desarmen el Sol
desagüen el océano y
talen los bosques
porque de ahora en adelante
nada servirá.

PD: If I could tell you - W.H. Auden

Time will say nothing but I told you so,
Time only knows the price we have to pay;
If I could tell you I would let you know.

If we should weep when clowns put on their show,
If we should stumble when musicians play,
Time will say nothing but I told you so.

There are no fortunes to be told, although,
Because I love you more than I can say,
If I could tell you I would let you know.

The winds must come from somewhere when they blow,
There must be reasons why the leaves decay;
Time will say nothing but I told you so.

Perhaps the roses really want to grow,
The vision seriously intends to stay;
If I could tell you I would let you know.

Suppose all the lions get up and go,
And all the brooks and soldiers run away;
Will Time say nothing but I told you so?
If I could tell you I would let you know.

All dead, all dead - Queen

miércoles, 31 de octubre de 2012

¿Éxito?

Se dice que siempre hay que mirar "arriba" para "avanzar", para "progresar". Yo pienso, humildemente, que es mejor mirar hacia adentro. Sí, a tu fibra más íntima, esa que habita en ti y cohabita el que todo lo puede. Como hasta ahora, procede de acuerdo a este sentimiento. Probablemente no te llenará de cosas materiales, de eso a lo que la gente llama "éxito", pero sí te afianzará como ser humano sencillo y valioso para tu gente, esa que te quiere bien, para que tus viejos, tus hermanos, tus amigos leales y francos nos sintamos orgullosos de ti. Feliz cumpleaños hijo de mi vida. Pásala lo mejor que puedas, siempre firme y fiel a tu feeling. Te quiero.

Además de hacerme sentir el ser más afortunado del mundo, mi padre y toda su sabiduría me hicieron pensar, hace unos días, el 7 de octubre, para ser exactos, en algo que había estado dando vueltas en mi cabeza sin que pudiera darle un sentido más terreno: ¿qué significa tener éxito? ¿Alguien lo sabe? ¿Qué es para ti ser exitoso? ¿Tener un carro, una casa, un traje de lujo? ¿Tener EL puesto de trabajo, la novia más hermosa del mundo? Bueno, Yo pienso, humildemente, que el éxito depende de cada uno, depende de si uno es feliz o no, y listo. Creo que se puede tener mucho en la vida: el carro, la casa, el traje de lujo, el puesto de trabajo, la novia preciosa, pero si no se es feliz no se tiene nada.
Una vez, mi hermana me dijo algo muy cierto, algo que es la bandera con la que obramos los miembros de mi familia: "Nuestros padres nos han criado para una única cosa: para que seamos felices".
Todos le tenemos miedo al fracaso, por A o B motivos, creyendo que al fracasar uno se puede alejar de esa idea de "éxito" que se tiene clavada en la mente... pero el fracaso no es nada, es solo una parte de la vida, una muy importante, desde luego, porque enseña y te hace ver, de bruces, qué cosas son realmente importantes... ¿Es esto lo que realmente quería? ¿Estoy en el camino de encontrar aquello que me hace sentir feliz? Lo malo no es caer, lo malo es caer sin estilo, por las webas, sin aprovechar al máximo aquello que se nos coloca adelante. Entonces, uno es exitoso en la medida que sea consecuente consigo mismo, con sus ideales, con sus sueños, con la gente que rodea. Al final de la vida, el más exitoso entonces no es el que se va sabiendo que consiguió el carro, la casa, el traje de lujo, el puesto de trabajo, o la novia preciosa, sino el que puede sonreír y sentirse satisfecho por todo lo que no dejó de hacer e hizo.
Bueno, eso... cantemos al amor.

Pa pa pa - Los Prisioneros

martes, 30 de octubre de 2012

Bitácora de un gato en París: De como el anillo fue ahogado en el Orodruin

Cuando estaba en quinto de secundaria y alguien me preguntaba qué era lo que quería estudiar al salir del colegio yo siempre respondía: "No tengo ni idea, lo único que sé es que después de estudiar lo que llegue a estudiar me gustaría irme a hacer un posgrado a Francia". Bacán. Esto es algo que muy pocas personas sabían, por lo que, cuando el resto se enteró de que vendría a París a hacer una maestría, muchos creyeron que venía persiguiendo a un muerto que, ahora más que nunca, es nada más que un fantasma. Pensaban que mi interés por llegar a este país europeo había nacido de mi relación con una chica con la que había convivido cerca de cinco años y con la que llegué a estar casi siete, y que terminó conmigo cuando su vida, precisamente en este país europeo, creo yo, estaba mejorando, mientras yo me moría por darle el alcance, sin suerte... a despecho de todo ello, y aunque ya no sea tan importante, dado el paralelo, toca ponerle algunas flores en su tumba, pues además de todas las cosas que había soñado con hacer al llegar, entre ellas escribir algún texto mirando la Torre Eiffel o ir a visitar a la Gioconda (cosa que aún no hago), hace tres años, en plena resaca producto del cariño no correspondido, me hice una promesa: para enterrar un gran amor, antes hay que hacerle un gran funeral.
El día en que terminó conmigo fue el día más triste de mi vida. Nunca antes me había sentido tan mal: arrastraba una depresión producto de la impaciencia por no saber si iba a poder verla y las pocas posibilidades de darle el alcance en Francia... "Daría lo que fuera por verte", me había dicho unos días antes, sin racionalizar lo que eso realmente significa. Yo le había pedido no comunicarnos por un par de semanas porque cada vez que conversábamos mis nervios se disparaban y tenía miedo de "molestarla" con alguno de mis achaques. "Sí, está perfecto eso", me dijo entonces. "Vas a ver, como yo, que lo mejor es estar solo... que ya es hora de que me dejes ir. Vamos, déjame ir". Bueno. Rompía el trato, vía Yahoo messenger.
-¿Por qué no me dijiste que tú y yo ya no estábamos juntos? Me vengo a enterar por tu hermana...
-Yo no le he dicho eso... solo que nos estamos dando un tiempo...
-¿Y por qué entonces ella cree eso?
-Porque entiende, como yo, que si me estás pidiendo que te deje ir y que crees que es mejor estar solo, que esto no va a durar mucho... además, porque me dijiste que tú y yo nunca íbamos a ser felices juntos.
-No, no es eso... tú y yo, en estos momentos, no podemos ser felices juntos.
-Eso no fue lo que dijiste. Mira, de verdad, quedamos en algo... la idea era de que yo no te molestara...
-Daría lo que fuera por verte.
-No te entiendo, me dices una cosa y luego otra.
-Te extraño. Estuve revisando unas cosas de tu blog. Me gusta hacerlo, porque es como si me estuvieras hablando. Yo cierro los ojos y pienso que estás aquí, conmigo.
-Por favor, me estás matando. Mis manos están temblando. Hace unos días yo era el malo, una basura.
-No, tú eres una buena persona.
-No te entiendo. Mis manos...
-Sí, tienes razón: yo siempre lo arruino todo. Soy una bestia...
-Tengo que seguir trabajando... en verdad...
-Soy una bestia.
Días después fui yo quien rompió el trato: a través de una comunicación, Campus France (ya expliqué lo que es, tsss) me anunció que cualquier tipo de postulación aquél año, 2010, era improcedente. "Mi última esperanza rota", le escribí en un correo, y ella: "Tenemos que conversar". Ok.
Recuerdo que fue un sábado, temprano. Ella no prendió la cámara del Skype, yo sí. "Que sea rápido, dime lo que ya sabemos me vas a decir", le dije aguantando el dolor. "Bueno, sí", contestó. "Tu y yo nunca vamos a ser felices juntos". ¿Total?
Infinidad de veces la había perdonado cuando estábamos en Lima. Cuántas veces me había hecho el duro y, al verla llorar, mi corazón se estrujaba tanto, que lo que venían eran abrazos, y luego llanto, pidiéndole no dejarme llegar a un extremo en el que tuviera que fingir frialdad. Y entonces lloré, y su voz no mostró ningún signo de alteración. Entonces me dijo que ella sí se merecía haber llegado hasta Francia y que, por el contrario, yo cosechaba pena por el hecho de no haberla sabido tratar nunca, que ella había querido terminar conmigo mucho tiempo atrás y que prácticamente yo había sido la causa de todos sus males, que ella se había hecho sola, que nadie la había ayudado a alcanzar sus sueños. Mientras me destruía, mi mente recordaba todo: ¡en cuántas oportunidades había llegado a mi casa, disgustada e impotente, porque su relación con sus padres no era nada buena! Atrás quedaba la propuesta de mi madre, de haberla hecho vivir con nuestra familia... todas las veces que la empujaba a mejorar... como si mi paso por ella no hubiera hecho nada en su vida, cuando siempre le decía que mi objetivo era hacerla feliz, lograr que no dependiera de mí, jamás, porque "uno nunca sabe lo que puede pasar", pese a que tenía la certeza de que me iba a dejar cuando ya no me necesitara, cuando hubiera solucionado todos sus problemas y fuera independiente. Y también, como golpes en la sien, aquellas llamadas en las que me aseguraba llorando que había sido un error irse sin mí y yo, en lugar de decirle alguna estupidez, como "sí, vuelve", le pedía paciencia porque estaba haciendo todo por irle a dar el alcance, que la quería y que fuera fuerte por todas sus metas. Yo lo sabía: yo había sido un poco de agua en medio del desierto para ella, no un jugo de frutas en una ciudad tranquila, un trampolín de piscina... aunque siempre creyera que, en algún momento, mis actos lograrían que se comprometiera de la misma forma que yo, a pensar en mi familia como la suya... en nuestro futuro como el suyo, pero no... nunca fue así, siempre fue "te quiero porque te necesito", nada más. "Daría lo que fuera por verte", me había dicho días antes. Ella tenía alternativas, podía haber vuelto, de haberlo querido... yo había hecho todo lo que estaba en mis manos para alcanzarla, no tenía más opción que resignarme.
El día en que terminó conmigo fue el día más triste de mi vida. Yo quería buscar el edificio más alto de Perú y lanzarme de él, pero una llamada, la de una de mis amigas más queridas, Vania, me devolvió la razón e inició el lento camino para salir de mi depresión. "Tienes muchos motivos para quedarte aún en Lima. Si piensas que no, entonces anda, ve y lánzate desde un piso lo bastante alto". Y así fue. Después de llorar sin parar por un tiempo largo, me detuve y ¡Oh, claridad! Y disfruté Lima, como nunca antes lo había hecho, y crecí, y aprendí mil y un cosas. Y recordé que no era por nadie más que por mí que quería llegar hasta París, que quería escribir algún texto mirando la Torre Eiffel o ir a visitar a la Gioconda (cosa que aún no hago).
El día en que terminó conmigo fue el día más triste de mi vida. No tengo memoria de un día más horrible, y menos mal. Ese día ya no tenía puesto el anillo que solía usar en mi anular izquierdo hasta unas semanas atrás y prometí llegar a Francia radiante. Una vez aquí, iba a arrojar ese objeto, lo iba a hundir en el Sena. No lo iba a dejar caer. Lo iba a lanzar.
Una semana después de llegar a París no la estaba pasando bien. Aún no conseguía casa, en un par de días tenía que salir del lugar en donde me estaba alojando y la burocracia francesa no me permitía avanzar en ningún trámite que hiciera más confortable mi estadía. Luego de ir de un lado a otro, visitando sin suerte prospectos de cuartos, con quien se convertiría en uno de mis compañeros de departamento, Igor, terminé desconsolado en el Bulevar Saint Michel, dándome cuenta que, salvo las primeras 48 horas de mi llegada, no me había detenido a pasear por ningún lado, así que decidí olvidarme de todo, comprar un crêpe, y llegar hasta un lado del Sena, sentarme frente a él un instante y disfrutarlo. Y entonces me acordé que traía conmigo el aro (en realidad, terminaron siendo dos). Si el anillo único solo podía ser destruido en el Orodruin, el que alguna vez brilló feliz en mi mano solo podía ser ahogado en un lugar en el mundo (bueno, nunca tanto :D). Así lo hice. Mientras tanto, escribía algunas de las cosas que pasaban por mi cabeza en aquél momento.
Veinticuatro horas después, a Igor y a mí se nos uniría Mariano en la búsqueda de la casa prometida. En un momento, Mariano, que empezaba a empaparse de todo lo que significaba tomar el metro en París, me pidió mi plano de estaciones. Al abrirlo, un pequeño pedazo de papel salió volando y terminó en los rieles por donde segundos después pasaría el RER línea B de la estación Saint Michel-Notre Dame. Así tuvo que ser. Así fue. Digamos que el último recuerdo terminó siendo arrollado por un tren.
¿La extraño? Yo la amé.  La quería porque ella era ella, con nombres y apellidos. Deseaba tener hijos con ella, un perro, un depa, un carro... no me imaginaba un futuro en el que ella no estuviera presente, pero en el peor momento de mi vida no estuvo, mas sí mis familiares y amigos más leales, gente a la que le debo todo. Pero, ¿la extraño? Honestamente no tengo ni idea de lo que haría si en algún momento me la cruzo. Alguna vez supe que había vuelto a Lima por unos días, pero ni papas. Quizá ya esté casada, tenga hijos, un perro, un depa, un carro, viva en París o en Atenas... quizá sea feliz de corazón y no un ente que vive por vivir, que tiene al lado a alguien a quien quiere de veras y no crea quererlo por costumbre y/o necesidad, pero "uno nunca sabe lo que puede pasar". No siempre nos cruzamos con personas como la chica del helado. No todos pueden admitir su egoísmo o que su necesidad de buscar la dicha, que es algo justo, acabara destruyendo la de otro.
Si el día en que terminó conmigo me hubiera dicho que quería ser libre, que yo ya no podía hacerla feliz a la distancia y que agradecía todo lo que había hecho por ella, independientemente de los malos ratos, y no las excusas que soltó, tirándome la culpa por su desgracia -para, a su vez, creerse menos culpable por su accionar- y haciéndome sentir el ser más horrible del mundo (en el colmo de mi depresión, que no me permitía plantear ningún tipo de defensa), otro sería el cantar y hasta me hubiera tomado la molestia de ponerme en contacto con ella (después de todo, creo en los finales felices), pero el perdón es algo curioso que solo se le brinda a quienes admiten haber cometido una falta. Y la confianza, ufff... es algo que se gana con acciones, no con palabras, no con decir "daría lo que fuera por verte", sino apareciéndose, en el momento justo, en la puerta de la casa del ser querido vistiendo una sonrisa, así se haya tenido que bajar de la Luna.

Trampolín - El Gran Combo

lunes, 29 de octubre de 2012

Hay sueños

Hay sueños que terminan con las ganas de dormir, que despiertan y te aprietan el corazón hasta poderlos liberar (entendiendo por "hasta poderlos liberar" como su realización).
Hay sueños que no nos dejan dormir, sin duda, que no acaban hasta que nos les enfrentamos con los ojos abiertos... hay sueños altos, como torres de acero; inmensos, como ríos maravillosos... sueños que van esperando venir, y que vienen esperando no irse jamás.
Hay sueños que llevan a otros sueños, como líneas de tren... sueños como los que teníamos cuando niños y que eran simples, como patear una pelota de fútbol; como los que tenemos ahora, ya adultos, como una primavera o, mejor, como una estación sin nombre, que hemos conocido desde siempre.
Hay sueños que nunca se cansan y otros que se agotan a los diez minutos de carrera; otros, que se divierten con nosotros, escapándose, escondiéndose; y algunos, que deberían ser los más comunes, que se nos aparecen con el alma desnuda y el cuerpo transparente... y nos sonríen desde su esencia infinita.

París, 13 de setiembre de 2012

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No importa que dolor oprima el pecho. Cuando un sueño es sueño, es solo eso; y al volverse realidad, pues es realidad y no hay vuelta que darle. Una cosa es soñar y otra tocar el sueño, sin pensar en lo que se hace. Sobre esto queda la certeza de haber podido con el reto y entonces se puede avanzar a lo siguiente, que es otro sueño, más simple o complejo, según sea el caso. Hay que agarrarle el gusto a las cosas. Uno es carne y el tiempo corrompe la carne. El alma queda, sonriente o triste. Y la fuerza es fuerza real si se le usa para avanzar, seguir y ser feliz. 

París, 18 de setiembre de 2012 

PD: Una de las cosas que siempre había soñado con hacer apenas pisara suelo francés era escribir algo, lo que sea, sin pensar, mirando sentado desde una banca la Torre Eiffel... bueno... voilà!

Je ne regrette rien - Edith Piaf

domingo, 28 de octubre de 2012

Bitácora de un gato en París: Lo que fue llegar

Le llamé. La acosé. Habíamos quedado en salir, pero al final, como ya parecía ser habitual, terminó por cancelarme y dejarme colgado. Aquella noche me sentí atroz, ¿qué podía estar haciendo mal? Veamos: funcionaba en el trabajo, de mi casa a él, de él a mi casa. Los fines de semana ya no tenía ganas de salir y lo único que me mantenía emocionado era el saber que tal día o tal otro tenía una pichanga. Respecto a las mujeres, diablos, que acababan de plantarme. Y entonces, como no había hecho en semanas, se me ocurrió revisar mi cuenta en Campus France (que es, grosso modo, la mano de la Embajada de Francia que coordina la postulación de los peruanos a las universidades de dicho país). La verdad no sabía por qué lo hacía: mi pesimismo respecto a ese tema era algo que ya había llegado a un límite insospechado, por más que pensara que ya era el momento de partir, porque, dejándome de cojudeces, salvo mi familia, no creía que tuviera algo que me aferrara sobremanera al Perú. Y entonces...


Y entonces lo vi... Y la choteada de la chica con la que había quedado en salir fue más que un recuerdo inútil, así como mi relación amor-odio con tantas otras con las que había salido en los últimos tres años. Y lloré. Y grité. Y mi hermano, que duerme al lado, me preguntó qué pasaba y le conté. Y se alegró, como lo hizo también mi madre, a quien desperté (eran las 11:30 p.m. aproximadamente del 5 de julio pasado). Y todo me pareció tener sentido entonces: el tiempo invertido, la experiencia acumulada, el final de mis clases de francés, el no tener novia, el haber podido vivir en Lima todo aquello que me dio la gana, la experiencia acumulada (sí, lo vuelvo a señalar), etcétera, etc., etc.
En agosto ya no tenía trabajo y me encontraba preparándolo todo. "Aún hay que esperar que me den la visa", le decía a todos los que me preguntaban por lo ocurrido y se abalanzaban sobre mí para felicitarme. AÚN FALTA. Cita el 22 de agosto. Respuesta el 4 de setiembre. Como tenía que matricularme en la universidad el 14, me aseguré en comprar el pasaje para llegar el 12 a París, saliendo de Lima el 11 de setiembre (sí, 11 de setiembre). AÚN FALTA. En el camino, agradecí infinitamente el cariño que mucha, mucha gente me mostraba... ante ello, me daba cuenta, más que nunca de lo importante que es no dejar de hacer nada de lo que uno quiere y que, en definitiva, sí tenía muchas cosas que agradecerle a Lima... gente a la que me hubiera gustado meter en la maleta.
AÚN FALTA. El 4 de setiembre fui a "recoger" mi pasaporte a la Embajada de Francia con la respuesta, con la visa o sin ella... en la ventanilla designada, una chica me pidió mi nombre: "¿Grimaldo? A ver...". Segundos terribles. "¿Grimaldo? Lo siento, pero no se te ha aprobado la visa". Horror. Impotencia. Pero el 14 tengo que estar para matricularme... "Lo siento, es decisión del cónsul". Pena.
Aquél día recibí innumerables llamadas de gente a la expectativa. Todos reaccionaban diciéndome que no me desesperara, que batallara hasta quemar el último cartucho, y la verdad, yo no quería saber nada del asunto, solo dormir, llorar y dormir. Al día siguiente reaccioné: pedí una cita en Campus France que me dieron para ese mismo día, y otra para volver a pasar mis papeles por la Embajada, que me dieron para el día siguiente. AÚN FALTA. En Campus France revisaron mis documentos y me dijeron que no entendían por qué me habían negado la visa. Mmmm... Al día siguiente, volví a hacer mi cola en la Embajada y, poco después de entrar a la sala de espera, la misma chica que me había dado días atrás la desalentadora noticia me llamó a un lado: "Sr. Grimaldo, ¿no?" Sí, claro. "Lo he estado tratando de contactar. He hablado con el cónsul. Le vamos a dar la visa". Francamente no entendía lo que pasaba, pero genial. Así que un día antes de tomar el avión que lo trajo hasta París, un feliz y temeroso Diego Grimaldo, estaba recogiendo un documento que tenía su foto y el permiso de un país para quedarse en él por un año. No hubo mucho tiempo para despedidas. Fue todo muy rápido, yo diría hasta violento. Lo interesante de ello fue que, sin evaluarlo mucho, mi corazón, alma, o razón, como sea, me trajeron las ganas de ver a un grupo de personas, a las que les pude decir "chau, hasta luego". A ellas las traje conmigo, de alguna forma. Y la verdad es gracioso como todo parecía haber confabulado para que se resolviera y viniera a París en el momento en el que yo sentía que tenía que venir... y volví a creer en eso del destino, construido con nuestra propia determinación y con algo de suerte... en Dios (a mi estilo, claro está). "Mira que fuerte es tu destino", recuerdo que me dijo por entonces una de mis amigas más especiales, a quien tuve la suerte de ver poco antes de partir de Lima. "Allá debe de estar esperándote el amor de tu vida". No sé si tanto así, pero como la oveja, creo que hay cosas que uno tiene que ver con sus propios ojos... y sufrirlo con su propio cuerpo, y cumplir sus sueños, para luego alcanzar otros, no sé si más grandes o pequeños, distintos, en todo caso... pero siempre avanzando. AÚN FALTA, esto recién empieza.

Brillante sobre el mic - Fito Páez

sábado, 27 de octubre de 2012

Bitácora de un gato en París: Frío extremo

Las hojas han caído, vencidas tras una batalla que no iban a poder ganar jamás... ni el hombre, que es hombre con toda su racionalidad, puede hasta el momento hacerle frente a un enemigo tan atroz. Bueno, al menos este hombre, tan poco acostumbrado a andar en ambientes tan fríos. "Y ni siquiera hemos estado aún bajo cero", me dice uno de mis dos compañeros de casa, Mariano. Cierto. "Apenas" andamos a cero grados centígrados, y viene lo peor dentro de unos meses. Caminamos por la avenida Saint Michel rumbo a la Catedral de Notre-Dame, donde hoy se realizó una procesión en homenaje al Señor de los Milagros, con todo y su anda, y su santo, y sus fieles. "Nunca fui a ninguna procesión en Lima y ahora se me da por ponerme religioso", pensaba mientras Mariano tomaba algunas fotos. Yo igual, clic por aquí, clic por allá. "Que se vea el fondo con la catedral". Ok. Luego de todo lo que pasó para que yo pudiera poner un pie en Francia (que ya contaré en algún momento... sí, estoy en París, daaaaa) empecé a creer que algo divino se paseaba por el cielo por donde se trasladó el avión que me trajo hasta un lugar tan lejano de Lima.  "Gracias", rezo para mis adentros. Si ÉL existe, seguro me escucha fuerte y claro, y sabe que no estoy siguiendo la procesión por puro nacionalismo, aunque, claro, todo lo que sea peruano aquí es "mon dieu!, c'est incroyable", como poder ver a dos chuckies bailando marinera frente a Notre-Dame.
"Esto en antropología es deslocalización", me cuenta mi compañero. "Se habla de una cultura deslocalizada cuando esta ha sido trasplantada en un contexto diferente al suyo". Mi rostro se entumece. El frío es una cosa increíble. "Realmente no salimos preparados para esto", le comento riéndome para no llorar. Pierdo el control de mi cara. Hablar se me hace difícil. Mis manos, con guantes, sufren, pese a tener abrigo. "Conozco unas brasseries muy cerca de aquí". Ok. "Vamos", le contesto a Mariano. Luego de unos minutos, y tras rajar de tanto cara pálida que se nos cruzaba vestido como si estuvieran veraneando en Punta Hermosa (bueno, nunca tanto), estamos frente a una tienda cerca de la Iglesia de San Séverin, frotándonos las manos y matándonos de risa por la forma que habíamos encontrado para paliar el frío: pararnos al lado de un grupo de pollos, lechones y patos que están siendo dorados, a fuego lento, en plena calle. "¿Son cochinillos?", comenta un grupo de turistas españolas al unísono. "Sí, ¡son cochinillos!". Y no sabemos si se refieren a los animales o a nosotros. En todo caso, "los cochinillos son los franceses, que no se bañan nunca", se me ocurre. "Vamos a la casa, ¿no?". Definitivamente. El clima está insoportable. 
Ya en el metro, algunos rayos de sol entran por la ventana. Me saco los guantes, confiado de que la luz solar se ha encargado de hacer un poco más humano el retorno hasta nuestro hogar, dulce hogar, pero al salir del vagón, "merde, c'est très mal". QUÉ FRÍO. "Hasta el Sol aquí te engaña". Creo que si existe el infierno, este no debe ser para nada caliente, sino algo parecido a París, heladísimo, con un montón de gente calata, sufiriendo por toda la eternidad.
En casa, cambio mi ropa de calle por una más confortable y, sobre todo, cálida, busco en Internet y encuentro la solución, por el momento, a la ausencia de calor: ¡calientito! Un poco de café, azúcar, agua... y ¡pisco! y el día se pone a 10 grados. Unas galletas, una llamada a Lima, y ya contamos 26, como suele ser en la Ciudad de los Reyes. "Y ni siquiera hemos estado aún bajo cero", recuerdo. Cierto, muy cierto.

Frío - Enrique Bunbury

martes, 23 de octubre de 2012

Me

Todas las ovejas, entre ellas, se llaman Me, y los carneros, Bob. Me hubiera querido nacer negra, ser distinta, llamarse Lanolin, pero tuvo que conformarse en seguir al resto del rebaño hasta que un día, cansada de aceptar la ruta establecida por Oso, el perro ovejero local, se detuvo en plena caminata e intentó sentar las bases de lo que creía sería una revolución entre las suyas: no hacerle caso al can y seguir su instinto. “Meee”, le dijo entonces Me, su prima hermana, “nuestra costumbre es seguir al perro”. “Meee”, le increpó el resto, “así hemos vivido siempre, ¿por qué cambiar?”.
Nada tan difícil como decidirse[1].
Me no se siente satisfecha.
Me quiere saber qué hay más allá de la colina por donde todas las tardes ve ocultarse al Sol.
Meee… ¿Tal vez un rebaño con muchas ovejas negras?
Habrá que descubrirlo.
Una tarde, como otras tantas que habían llegado igual: caminando, pastando, Me burló la seguridad impecable de Oso con una falsa alarma de lobo feroz. Aprovechando la histeria colectiva —que es fácil de encender cuando se recuerda a un enemigo común— partió en carrera buscando lo desconocido, tratando de llegar a donde ninguna otra oveja —que al menos conociera— había llegado jamás.
Me llegó a lo alto de la colina por donde todas las tardes veía ocultarse al Sol y lo que sus ojos vieron fue un valle tan pequeño o extenso como en el que solía pastar bajo la guía de Oso. Se sintió un poco decepcionada, porque no era lo que esperaba, y al mismo tiempo orgullosa, porque entendía que si no hubiera llegado hasta la cima un día, jamás hubiera sabido con certeza que era lo que allí había, y a la duda  —como solía decir la humana que año a año la trasquilaba— no es buena tenerla de esposo.
Meee… ¿y qué hay más allá?
Habrá que descubrirlo.
Caminante no hay camino, se hace camino al andar[2].
Me siguió marchando. Cruzó uno, dos prados. Cruzó uno, dos bosques. El cansancio le hizo quedarse dormida y, cuando despertó, tras una dulce y reparadora siesta, se sorprendió al notar a su lado un animal moteado, mucho más grande que ella, que resultó ser una vaca.
-¿Cómo te llamas?
-Connie —respondió la vaca.
- ¿Estás perdida?
-No, estoy comiendo.
-¿Sabes qué encontraré si sigo caminando de frente?
-No.
-¿No te interesa saber qué hay más allá?
-No.
A Me le inquietaban las respuestas de la vaca. Le dio la impresión de que era igual a todas las ovejas que había conocido, solo que más grande y moteada, sin embargo, al ver su rostro de frustración, Connie le explicó que no tenía ganas de irse de aventuras, pues cuando joven los humanos la habían llevado de un lugar hacia otro. “Concursos”, les llamaban. Y ella, después de tanto viaje, se terminó dando cuenta de que nada le gustaba más que comer y reposar, así que, seguramente, iba a hacer eso así su dueño la terminara convirtiendo en hamburguesa.
Meee… Cada quién tiene su modo de ser feliz. Lo importante es descubrirlo.
Estando siempre dispuestos a ser felices, es inevitable no serlo alguna vez[3].
Me siguió marchando. Cruzó uno, dos ríos. Cruzó uno, dos valles, distintos a los que ya conocía. Llegó hasta un lugar extraño en el que los árboles parecían ser de piedra y cobijaban a manadas enteras de humanos.
-¿Qué eres? —le interrogó un gato que se identificó de inmediato como Melenudo.
-Una oveja.
-¡Qué cosa rara!
-¿Y qué estás haciendo en esta ciudad?
-La cruzo —Me aprendió que el lugar raro en donde se encontraba era una ciudad— Quiero ver qué hay más allá.
-¿Vienes de muy lejos?
-Sí, desde un valle lleno de ovejas llamadas Me resguardadas por un perro llamado Oso.
-¿Acaso sabes dónde está mi dueña, Alexandra?
Melenudo le contó a Me que antes vivía con una humana, pero que, pese a que era muy feliz con ella, un día le dio la gana de salir de casa. Si bien al comienzo le gustó mucho perderse, luego extrañó mucho a su ama y, por ello mismo, estaba triste porque no conseguía regresar a su hogar.
-Lo siento, no la he visto.
Me pensó que no es bueno abandonar lo que uno quiere, menos por puro capricho.
Meee… yo tengo una razón poderosa para seguir adelante.
Los objetivos son los ingredientes que dan propósito a nuestra vida.
Me llegó a lo alto de una colina similar a la colina por donde todas las tardes solía ver ocultarse al Sol y lo que sus ojos vieron fue un valle tan pequeño o extenso como en el que solía pastar bajo la guía de Oso, solo que esta vez no se sintió decepcionada porque, para su alegría, sobre el llano se encontraba andando un rebaño repleto de ovejas, cada una negra, como el tipo de oveja que ella hubiera querido ser. Al llegar ante ellas, le preguntó a cada una su nombre. Todas respondieron lo mismo: “Beeee”, excepto una que, si bien se llamaba Be, siempre había querido nacer blanca, como ella, y tener por nombre Rolanda.
Pese a que su encuentro con las ovejas negras no fue tan maravilloso como siempre había imaginado que sería, Me se me sintió contenta de saber que lejos, muy lejos de su valle natal, existía un rebaño repleto de ovejas negras y porque al menos lo había podido ver en persona (o en oveja, para ser exactos).
Después de conversar largo y tendido y, tras convertirse en buenas amigas, Me y Be entendieron que bastaba ser como eran, que sus sonrisas no le debían nada a sus cuerpos o a sus nombres y que más importante era serle siempre fiel a sus objetivos y su forma de ser felices.
Me es feliz viajando.
Be no sabe aún qué es lo que le hace sentirse feliz, pero es cuestión de averiguarlo.
Un recorrido de cinco mil kilómetros empieza con un paso.
-¿Y sabes qué hay más allá de esa colina? —le preguntó Be a Me.
Meee… habrá que subir hasta ella y verlo.
¡Qué cosa tan extraña es la felicidad! Nadie sabe por dónde ni cómo ni cuándo llega, y llega por caminos invisibles, a veces cuando ya no se le aguarda[4].

París, 22 de octubre de 2012

[1] Napoleón
[2] Antonio Machado
[3] Blaise Pascal
[4] Henrik Johan Ibsen

Willie Nelson - On the road again