martes, 27 de noviembre de 2012

Bitácora de un gato en París: La Ville-Lumière

Luego de terminar con un par de trabajos a presentar para un curso de la universidad, tras varias conversaciones sobre lo que esperábamos -mis compañeros latinos y yo- sobre los finales (¡sí! ¡ya casi estoy en finales!) y de saberme parte de un grupo plagado de franceses para una próxima exposición, por primera vez en lo que llevo en París sentí que todo había empezado a fluir. De eso, ayer. Hoy me levanté con la idea fija en mi cabeza de apresurarme un poco e ir a la biblioteca de Pompidou, leer y encontrar algunas teorías útiles para lo que tendrá que ser mi mémoire de M1, que para los peruanos vendría a ser algo así como una tesis para superar una maestría.
En realidad, ya hay en mi marcha cotidiana varias cosas que me resultan familiares, como ir al supermercado los sábados por la mañana, comprar algunas tardes un baguette, o pasarme los domingos mirando una película desparramado sobre mi cama post llamada a mi familia que se encuentra en Lima.
Hoy me levanté con la idea fija en mi cabeza de apresurarme un poco e ir a la biblioteca de Pompidou, así que, con esas, asistí a mi clase de  Industrie de la communication et mondialisation numérique y, al salir, me di cuenta que mi cuerpo solito se dirigía hacia la estación de metro más cercana, lo cual me pareció loquísimo, tanto como saber que hacía un frío espantoso y, pese a no estar tan abrigado, podía soportarlo sin sufrir. Así que me provocó caminar fumando un cigarro y escuchando vía reproductor mp3 mi más reciente lista de canciones toneras. Y entonces...



... Y entonces reí, porque sentí el paralelo y me gustó. Terminé mi cigarrillo y me subí a un bus rumbo a la estación Châtelet, pero me bajé antes, en una que está cerca a Notre Dame, porque me dieron ganas de caminar  un poco más. Cruzé entonces el Sena, con el atardecer a cuestas, ¡tan bello! con las luces reflejándose en sus aguas, y pensé: "¡Rayos! ¡estoy en París!", y volví a reir. Pasé luego por el Hôtel de Ville y me percaté que a estas alturas ya no necesito mapa ni pedirle referencias a alguien para pasear, al menos por esa zona.
Finalmente, llegué hasta el Centro Pompidou, contento, solo para volver a reír cuando me dijeron en la entrada que la biblioteca no abría los martes, así que saqué unas galletas (me ponen como loco las galletas de albaricoque) y me puse a caminar nuevamente por la Ciudad de la Luz. Y entonces...



... Y entonces reí por enésima vez, porque volví a sentír el paralelo y me encantó que fuera en medio de tanta arquitectura bella. "¡Qué bonita es esta ciudad!", me dije. "¡Qué bonita, MI ciudad!", sin reflexionarlo mucho. "¿Por qué el MI?", traté de volverlo a sacar, pero me fue complicado, y ¡voilà!... más risa, porque por primera vez en lo que llevo en París sentí que definitivamente todo había empezado a fluir. Por primera vez, me sentí parte de la ciudad y no un extraño que vaga por sus calles desesperado por entender hacia dónde es que está yendo (en todos los sentidos posibles). Al menos eso, por un rato... y bacán, porque...



... porque uno no siempre amanece con el mismo humor todos los días, y no todos los días son iguales (cuando se hace tangible un sueño), pues si bien hoy me levanté con la idea fija en mi cabeza de apresurarme un poco e ir a la biblioteca de Pompidou, mañana tal vez no tenga ganas de mover un solo dedo (bueno, nunca tanto), así que nada, a aprovechar los buenos ratos, ¿no?, y a seguir por esta senda llena de cosas extrañas que se vuelven cotidianas, y de cosas cotidianas que se vuelven extrañas. Por ejemplo...



... por ejemplo, no tener a alguién de confianza a quien poder ir a contarle estas cosas en vivo y en directo, pero hasta eso ya llegará con un poco de tiempo, pues la Ville-Lumière está llena de sorpresas y la verdad uno nunca sabe lo que se podrá encontrar más adelante.

PD: Necesito una amiga que me mime y me quiera ♫

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Bitácora de un gato en París: Mi nuevo barrio (II)

Hace más de un mes que tengo un lugar en donde vivir. Saint-Maur-des-Fossés es tranquilo. Si bien mi casa queda en una zona alejada de París centro, se ubica muy cerca de una estación de metro, Saint-Maur-Créteil y, al mismo tiempo, de una zona comercial en la que no falta su típica brasserie, su infaltable bureau de tabac, una panadería como Dios manda, supermercados varios, una tienda donde venden manga (yeah!) y hasta un McDonald's, aunque mejor que esto es un kebab que vende un rico y grasoso sándwich griego a cinco euros, que trae carne en cantidades descomunales, papas fritas y cremas al gusto (entre ellas una que es color rojo intenso y que al comer es como tener el infierno en la boca).
Debo confesar que nunca me había provocado conocer más que los 20 metros a la redonda que rodean mi casa parisina, parte por el poco tiempo que he tenido por las clases de mi maestría y porque tenía mucho cuidado en no salir al saber que día a día la temperatura está bajando de una forma descomunal, y yo no aguanto mucho el frío... o, bueno, no lo aguantaba. Lo que sí hay, por mucho, es humedad, aunque de eso ya tengo algo de experiencia tras haber vivido un tiempo en una de las zonas de Lima más húmedas que recuerdo: Magdalena del Mar.


París es agresiva con el nuevo. Lo trata mal. Lo hace echar de menos su patria.
La verdad es que yo sabía que me iba a sentir solo y que iba extrañar abrazar. Eso estaba en lo posible. Es una pena, porque me gustaría tener más puntos de vista, pero la referencia más notable que tengo de alguien en Francia es la de una ex enamorada llamándome, a menudo, para decirme que estaba harta de esta ciudad, algo que duró, por lo menos, unos cinco meses, lo cual podría parecer exagerado... pero uno nunca sabe, todo es relativo... Si bien al llegar aquí entendía que mis circunstancias iban a ser distintas, por la forma en que lo hice, ahora sé, a ciencia cierta, como es que funciona esto de sentirse un extranjero en París.
En realidad la reacción latina es bastante lógica si se entiende como es que son nuestras culturas, mucho más ligadas a la familia y a los amigos, menos individualistas que la europea. Espero que esto se entienda... veamos: imagínense encontrarse en su tierra natal (para mayores referencias culturales, Perú) y no tener trabajo, solo gastos... de casa, comida, escuela... jodido, ¿no? pero, en "casa", un latino de nivel socio-económico y educativo promedio puede paliar ello sabiéndose conocedor de su ambiente, con un freelo o apoyándose, precisamente, en su familia o amigos. Hay formas de recursearse. Ahora, llegamos a una ciudad nueva, con un idioma distinto y costumbres distintas, yo diría, agotadoras. La misma imagen: no trabajo, porque la mayoría -sino todos- los que llegamos aquí lo hacemos a expensas de vivir una época de nuestros ahorros o de una pequeña pensión mensual. Entonces, al inicio hay solo gastos y se corre en carrera contra el tiempo, que avanza hacia un momento en el que te podrían sacar a patadas por falta de visa. A eso se le puede sumar el poco margen de error que uno debe tener en clase, el pánico a cometer un error, a no ser comprendido, y la necesidad de enfrentar los cursos, precisamente, en una lengua extraña y con el miedo natural al fracaso. No familia. No amigos.
Hace un par de días decidí no hacerle caso al frío o a la incertidumbre y caminar, caminar y caminar. Prendí un cigarro (que fue EL cigarro) y al adentrarme en mi barrio lo que encontré fue un conjunto de parques inmensos, hojas cayendo de los árboles, una vista al río espectacular y bancas en las que alucinaba tener conversaciones interesantes con gente interesante. Sentado en una de ellas me vino a la cabeza la reflexión que hace unos instantes expuse y la certeza de que todo lo que me está ocurriendo me está enseñando muchas cosas valiosas, porque he aprendido a apreciar mucho de mucho y todo de todo. Además, en definitiva, este país tiene cosas maravillosas en cada esquina, cosas que sorprenden y por las que vale la pena avanzar siempre, como la Torre Eiffel o la Mona Lisa.


Mejorar con el idioma francés, conocer personas a las que uno pueda llamar "amigos", conseguir una chamba, acostumbrarse a las costumbres locales... todo ello cuesta tiempo y esfuerzo. Definitivamente Roma no se construyó en un día, ni París se quedará sin franceses de la noche a la mañana (para llenarse de latinos e ingleses :). Mientras tanto, lo que hay que hacer, como todo en la vida, es disfrutar los pequeños y grandes momentos de alegría y aprender de cada lágrima suelta en plaza, pues todo enseña.
Desde luego, ahora mismo estoy tomando té (inglés, ¡ja!) con leche (a la inglesa, ¡ja!) y sin azúcar, tras acabarme una sopa verde (así se llama) que cualquier peruano atiborraría de sal o enjuiciaría, seguramente, por su "falta de sabor". Mañana planeo desayunar unos crêpes con miel de fleurs y almorzar en el resto universitario donde, en un día regular, sirven couscous como guarnición acompañado de zanahorias sancochadas y un pollo au poivre, todo bastante bajo en condimentos.
Poco a poco, tiempo al tiempo. Como siempre, paciencia y buen humor.

Extranjero - Enrique Bunbury

martes, 20 de noviembre de 2012

Bitácora de un gato en París: Mi nuevo barrio

Llegar a París fue difícil: Los papeleos, la coordinación, las despedidas. Una vez aquí, los primeros días fueron espectaculares, yendo y viniendo de un lado a otro de la ciudad, visitando los lugares más emblemáticos (los que se podían ver sin pagar mucho) o aprendiendo a utilizar el metro. Al pasar las primeras páginas del viaje, lo que quedaba era ponerme al tanto de la universidad que me iba a acoger (esto ya lo dejaré para otra entrada) y, en especial, encontrar un lugar en donde vivir, pues hasta entonces estaba quedándome en casa de unos amigos de mi hermana.
Si llegar a París fue difícil, conseguir una casa en París fue aterrador, una tarea digna de un capítulo de Misión imposible. Incluso ahora mismo no sé muy bien como funciona este asunto, pero cuando tuve que enfrentármele, lo primero que hice fue revisar cuanta página en Internet tuviera a la mano. Esto ya lo había hecho en Lima, pero in situ podría ir a visitar cada lugar y así tener un contacto directo con la fuente. Sin embargo, al cabo de unos días, nadie contestaba mis correos o llamadas, o todo estaba copado o, simplemente, no entendía lo que me decían por teléfono debido a mi poco practicado francés. Por si fuera poco, me estrellé ante una oferta de locaciones y colocaciones (esto es, como decir, "busco roomate") cuyo precio se disparaba por los cielos.
Fue un alivio recibir un correo de Igor, un compatriota que conocí en Lima a través de Campus France, contándome que se encontraba ya en París y que tenía la intención de compartir un ambiente conmigo. Excelente. Así que apenas nos juntamos, fuimos de casa en casa, de depa en depa, de cuarto en cuarto, de arrondissement en arrondissement, yendo y viniendo, esta vez, no en plan turismo, sino en una carrera desesperada en contra del tiempo: Igor se alojaba en un hotel, por lo que cada día gastaba mucho dinero. Yo, en cambio, tenía que dejar lo más pronto posible el lugar en donde me estaba alojando porque nunca me ha gustado incomodar o pecar de fresco.
Entonces, porque iban a llegar unos familiares de visita, los amigos de mi hermana me dijeron que no podían seguirme teniendo en su hogar. Fue duro. Sentí que me quedaba sin opciones. Aquél día, Igor y yo fuimos a ver un departamento en París 12. Todo parecía muy correcto hasta que entramos a él con la casera y vimos que no tenía un solo mueble dentro. Al salir, intenté ponerme en contacto con otro arrendador, pero solo escuché por el auricular de un teléfono público su voz a través del contestador automático. Grité, renegué con ajos y cebollas -recuerdo- aprovechando la limitada acústica de la cabina en la que me encontraba, y casi lloro de frustración. En tanto, en mi cabeza, la voz de una pequeña niña, hija de los amigos de mi hermana, retumbaba como disparo de cañón: "Ojalá y nunca te vayas", me había dicho 24 horas antes, poco después de leerle un cuento, y antes de dejarla dormida sobre su cama.
En el colmo de nuestra desesperación, pensamos que podíamos alquilar, aunque sea de forma provisional, cualquier lugar sin amoblar y meternos allí para, al menos, tener un techo que nos soporte.
Olvidándome de todos mis problemas, decidí entonces caminar a un lado del Senna y así disfrutar por un momento de París, la París a la que había deseado tanto llegar, así que, crêpe en mano, paseé por los alrededores de Saint Michel. Al cabo de unos minutos, mientras pensaba en todo lo que había dejado atrás para llegar a Francia y lo importante que hubiera sido en ese momento contar con gente de confianza, recibí una de las primeras muestras de fraternidad que he tenido en este país extraño: una francesa-colombiana que había conocido algunos días antes me llamó para saber cómo estaba. Fue lindo y preciso. Al día siguiente, a Igor y a mí se nos uniría un tercer peruano: Mariano, y poco más de 48 horas después, firmábamos un contrato para vivir en un departamento en Saint-Maur-des-Fossés (que sería para París algo así como Chaclacayo para Lima): 30 metros cuadrados de alegría y esperanza, con baño, cocina... todo equipado. Y así nos instalamos.

Burning down the house -  Talking Heads

lunes, 19 de noviembre de 2012

Conejo Alejo

Vive rápido Conejo, siempre pensando en terminar lo más pronto posible lo que está haciendo para pasar a lo siguiente, porque lo siguiente está planificado al detalle.
Es hora de comer. Come rápido, porque luego hay que ir a beber agua del río.
Es hora de ir a beber agua del río. Bebe rápido, porque luego hay que ir a recolectar zanahorias.
Piensa solo en el futuro y jamás disfruta el presente.
Es hora de ir a recolectar zanahorias. Las busca rápido, porque luego hay que ir a afilarse los dientes.
Es hora de afilarse los dientes. Los afila rápido, porque luego hay que cenar.
Es hora de cenar. Cena rápido, porque luego hay que acostarse y dormir.
Mañana será un nuevo día… uno más para vivirlo igualito al anterior.
Cuando los conejos están felices, brincan y dan vueltas exageradamente.
Conejo no brinca ni da vueltas. “Ya las daré cuando termine lo que esté haciendo y tenga más tiempo”, se repite mientras come o bebe agua del río, mientras recolecta zanahorias, se afila los dientes o cena. Y siempre, antes de quedarse dormido, piensa que le gustaría contar con algún motivo para brincar y dar vueltas.
“Después de todo, siempre hay un mañana”. Filosofía de Conejo.
Un día, mientras recolectaba algunas zanahorias y pensaba en que tenía que hacerlo rápido para ir a afilarse los dientes y luego correr a cenar, Conejo fue interceptado por un lobo feroz. Al ver al carnívoro, partió en carrera sin pensar hacia dónde estaba yendo. En su camino, sobrepasó a una tortuga, a un par de ardillas, a una serpiente, a un ciervo e incluso a un loro que se disponía a alzar vuelo. Se desplazó tan rápido y tan lejos que, cuando se percató que había dejado atrás al lobo, se detuvo sin saber donde se encontraba.
“¡Esto no se parece en nada a mi barrio!”. Conejo perdido.
Por varias horas, Conejo caminó de un lado a otro buscando la ruta que lo regresara a su hogar. Durante ese tiempo, no pensó en que era hora de comer, beber agua del río, recolectar zanahorias, afilarse los dientes, cenar o dormir.
Por varias horas, Conejo siguió caminando de un lado a otro buscando la ruta que lo regresara a su hogar, hasta que sintió hambre y se dio cuenta que no había ninguna zanahoria a la vista.
“¿Y ahora?”, pensó. De pronto, vio un campo lleno de cereales y recordó que alguna vez había escuchado de la boca de un amigo roedor que el sabor del arroz era especialmente bueno en primavera, pero como su dieta siempre había sido estricta, basada en zanahorias, zanahorias y más zanahorias, nunca le había parecido buena idea darle una oportunidad a ese alimento.
Conejo tuvo que comer arroz. Le pareció la comida más rica del mundo.
“¿Será porque estamos en primavera?”. Alegría de Conejo. Y al fin tuvo un motivo para brincar y dar vueltas. Y así lo hizo.
Como alegría llama optimismo, y optimismo, buena suerte, después de algunos minutos, Conejo pudo reconocer algunos paisajes familiares en el camino que seguía. “¡Este es la ruta para llegar a mi barrio!”. Y tuvo una nueva sesión de brincos y vueltas que terminaron cuando advirtió que el color del cielo tenía tonos particularmente hermosos en aquél instante. “¡Vaya atardecer más bello!”, exclamó en idioma de conejo. Y entonces le provocó dar aún más brincos y vueltas.
Luego de su imprevista jornada, Conejo pensó que a veces una experiencia límite nos hace dar cuenta de lo vivos que estamos y también entendió que es mejor no esperar que algo malo nos pase para cambiar aquello que pueda estar mal, pues si el lobo lo hubiera alcanzado y se lo hubiera comido, se hubiera ido al cielo conejil sin saber cuál era el sabor del arroz o que ver el atardecer era como tener cada día una linda revelación.
Conejo lamentó entonces haber perdido tanto tiempo pensando solo en el futuro cuando en el presente podía descubrir muchas cosas nuevas, tanto malas como buenas: “Solo es cuestión de disfrutar el momento y de saber encontrar el tiempo para hacer todo aquello que de verdad nos gusta, sin dejar de lado lo importante, pues las zanahorias, el arroz, la lechuga o la coliflor no se recogen solos”.
Un consejo, hasta de Conejo, siempre es bueno si se brinda de corazón.

Saint-Maur-des-Fossés, 18 de noviembre de 2012

PD: Creo que en la próxima entrega animalesca voy a tocar un tema que me trae como loco hace tiempo: ¿por qué el lobo siempre es el malo del cuento? Eso. Ideas, sugerencias... 

Tiempo al tiempo - Fito Páez

sábado, 17 de noviembre de 2012

Aubade

La víspera del festival tuyo 
fue una amalgama
de inciertos y desdichas, 
fraguada en tiempos
y en espacios abiertos. 
Estaciones sin calma, desordenadas, 
como si su conclusión fuera cosa 
de jamás dar la cara. 
Queriendo un cariño frenar, 
otro rodeo el patíbulo
de sus besos, 
y apareciste
inmaculada
en magna epifanía 
sufriendo un destino de tristes dudas 
que de repente se volvieron 
canto y optimismo. 
Pude contar las líneas en tus manos, 
los gestos innecesarios,
las calmas
que culminaron en tormentas. 
Pude respirar del calor de tu confianza, 
del soplo de los sueños compartidos, 
del aliento de las tormentas 
que terminaron en calmas. 
Y una noche se cruzaron
los fantasmas 
que andaban dormidos. 
Y una noche, 
que duró veinte años 
o veinte días 
o veinte horas 
o veinte minutos, 
o tal vez, segundos… 
se revocaron la confianza 
y la certidumbre. 
Y una noche, 
que duró una noche, solo eso, 
fuimos nuestros hogares, 
con sus rutinas y sosiegos, 
nuestros puntos de llegada, 
la confirmación de todo aquello 
que nos hacía falta, 
un tesoro sin tierra encima, 
un corazón descubierto,
débil y poderoso, 
de cara al cielo. 
Con su mañana, el día 
dejó partir al silencio
de oscuridad clandestina, 
y como una melodía que acaba, 
tal como hace la vida, 
el festival concluyó fragante, 
rematado sin escrúpulo alguno. 
Lo que quedó exenta de gloria 
fue la resaca del pasado, 
un recuerdo sin nombre, 
una sonrisa que finge orgullo y otra 
que se derrite de esperanza.

París, 16 de noviembre de 2012

Aubade - Stray Ghost

viernes, 16 de noviembre de 2012

Para soñar

En tu cielo me reuniré, y en tus labios me perderé para soñar… ♫



Buena, ¿no?

lunes, 12 de noviembre de 2012

Bitácora de un gato en París: Torre Eiffel

Mi primera vista de París fue a través de la ventana de un avión. Fue magnífico: llegué golpe de las nueve de la mañana de un 12 de setiembre del 2012. Hacía sol aquél día y en lo alto parecía que podía agarrar el astro con mis manos. De pronto, vi como la ciudad aparecía ante mis ojos y dije: "gracias". Y lo que mis ojos hicieron, como si tuvieran voluntad propia, fue buscar el pico más alto... y lo que ubicaron fue la Torre Eiffel: "Ya estaré, en breve, escribiendo algo a sus pies", aluciné mientras limpiaba algunas lágrimas. Era más fuerte que yo, definitivamente.


Lo que vino luego fue un largo paseo por París teniendo como guía a mi hermana, Claudia, hasta que, en un momento, me preguntó si quería ver la torre. "Desde luego", y una vez llegamos, volví a emocionarme, como si estuviera soñando despierto, y quedé perplejo ante lo imponente de su tamaño. "¿Subimos?". NO. Debo admitir que me dio miedo, del que limita, porque, por si no lo mencioné antes, le tengo terror a las alturas, y ya desde el suelo, viendo hacia arriba, el vértigo insano me mataba las ganas de trepar y ver la ciudad desde lo alto. "Bueno, tienes un año, por lo menos, para animarte a subir". Ok. Ni loco.


Desde niño siempre soñé con ver la Torre Eiffel y a la Mona Lisa. No lo sabía, pero la torre parisina es el monumento más visitado del mundo, tampoco que hay dos formas de subirla: a pie y con ascensor, aunque de la primera manera solo se tiene acceso hasta la segunda planta (son tres en total). Hasta ahí todo bien.
Ya cuando adulto, se convirtió en el símbolo de mi sueño de viajar a Europa, de allí que haya sido tan importante poder haber llegado hasta ella y que, incluso, mi lugar favorito en París tenga una vista privilegiada de todo su alto, pues verla me recuerda lo duro que es pelear por un sueño y lo genial que es poder hacerlo realidad.
Pero tenía que animarme a ascender... y, como dicen: "a mal paso darle prisa" (bueno, nunca tanto), así que aprovechando la llegada de una amiga de mi hermano, Pilar, a esta ciudad y sus ganas de trepar por el gigante de hierro, finalmente subí. En total, fueron mil 665 escalones, según tengo entendido, los que superamos para llegar hasta la segunda planta, un recorrido sumamente emocionante -y altamente recomendable- si lo que se quiere es hacer turismo, ver en todo su esplendor a la Ciudad de la Luz y, de paso, como yo, desafiar a la acrofobia. Ya otro día me tocará llegar hasta el último piso. Ok. De todas maneras.

Paris Tour Eiffel - Jacques Helian

jueves, 8 de noviembre de 2012

Bitácora de un gato en París: Un abrazo

Hace un par de semanas, la nostalgia me pegó de lleno y tuve un bajón anímico. Lo que se me ocurrió fue comprarme unas galletas, arroparme lo máximo posible, e ir al que es, hasta el momento, mi lugar favorito en París: un spot bastante tranquilo, frente a la Torre Eiffel, al lado del Sena, y un poco alejado de la innumerable cantidad de turistas que hay por la zona. Allí, olvidándome de todo, hice algo que solía hacer en mi cuarto, en Lima, cuando me sentía mal: cantar. Así que cargué mi lista de canciones toneras y, al rato, como mandado a socorrerme, el sol salió. De vuelta en mi casa parisina, preparé arroz con leche. Todo bien.



Hoy la nostalgia toco un nervio más profundo. La semana pasada estuve mal, con un dolor de garganta horrible que no me dejaba consumir nada sólido. Ayer, amanecí con dolor de estómago, y me asusté al pensar que podría ser mi gastritis, pasándome factura por todo el tiempo transcurrido sin prestarle atención. Decidí no ir a la universidad, quedarme en casa y ver una película y ahí sentí la pegada. Estaba virtualmente solo. Bueno, es algo obvio, pero una cosa es saberlo y otra sentirlo. De pronto, estaba allí, vacío, con la imperiosa necesidad de contar con alguien... de abrazar.
No tengo amigos aún con los que pueda abrirme en un porcentaje alto. Viviendo en Lima, rodeado de gente que habla mi idioma, en 28 años me costó muchísimo hacerme de personas así... así que aquí, al otro lado del charco, no tengo ni idea de cuanto vaya a costar, en tiempo, esfuerzo y suerte (porque conocer tipos y tipas chéveres es también cosa del destino). Situación siguiente: me provocó levantar el teléfono y llamar a mi país natal, a alguno de mis amigos... pero preferí aguantarme, ser fuerte y guardar el ticket de molestarlos para un momento más importante, porque, valgan verdades, la diferencia de horarios es una verdadera porquería.
Escucho a veces a Igor y a Mariano, ambos con novias en Lima, conversar con ellas. Supongo que esa situación debe ser mucho más complicada, porque hay alguien que les espera a kilómetros de distancia. Alguna vez, con un vino de por medio, les dije que yo había dejado una vida en donde casi lo tenía todo por otra, en París, en la que era la última rueda del coche. Trabajo, familia, amigos, todo por un sueño que tenía/tengo que vivir con mi cuerpo y que es parte de un sueño muy grande, algo imperioso a ver con mis ojos para saber, a ciencia cierta, qué es lo que más quiero en la vida. Pero, al margen de ello, si había un momento para embarcarme en esta aventura, ese momento es el que estoy viviendo, porque, a diferencia de ellos, no dejaba flaca o hijos, o deudas en Perú... pero qué difícil debe ser sentir que necesitas un abrazo y saber que la persona a la que más quieres en el mundo está en otro continente y que ni siquiera tienes a alguien a quien le tienes un poco de confianza para paliar esa situación o, al menos, contarle, de corazón, que extrañas sentir eso... aunque eso de extrañar es una cosa loca, y lo extraño puede llegar a ser algo cotidiano y viceversa.

Esta tarde vi llover - Armando Manzanero / Fito Páez

miércoles, 7 de noviembre de 2012

Linda

lindo, da.
(Del lat. legitĭmus, completo, perfecto).
1. adj. Hermoso, bello, grato a la vista.
2. adj. Perfecto, primoroso y exquisito.
3. m. coloq. Hombre afeminado, que presume de hermoso y cuida demasiado de su compostura y aseo.


Vaya que estás linda, como si la amalgama de sentimientos que atrapaste te hubiera dado un aire menos formal, más festivo... y, como en fiesta, la que eres baila, baila sin excusas ni vergüenzas  Estás linda, lo notas. Sabes que más grato a la vista es un espíritu libre que la perfecta masa en la que se esconden tantas sonrisas fingidas... y, como en plaza, paseas un corazón osado. Vaya que estás linda. Se te nota la alegría en la cara: una primorosa seguridad en lo que eres, lo que tienes; una exquisita balada de sueños alcanzados... y, como ayer, reinventas motivos para pegar la vuelta... y luego te alejas.

París, 4 de noviembre de 2012

Linda - Miguel Bosé / Malú

lunes, 5 de noviembre de 2012

Después de la guerra

A Jotamario Arbeláez, colombiano él, me lo recomendó un amigo. No lo conocía. Ahora sí. Es divertido, fresco y, cuando debe, serio y romántico. Vale. Disfrútenlo.

Después de la Guerra - Jotamario Arbeláez

un día
después de la guerra
si hay guerra
si después de la guerra hay un día
te tomaré en mis brazos
un día después de la guerra
si hay guerra
si después de la guerra hay un día
si después de la guerra tengo brazos
y te haré con amor el amor
un día después de la guerra
si hay guerra
si después de la guerra hay un día
si después de la guerra hay amor
y si hay con qué hacer el amor

PD: Manos - Jotamario Arbeláez

Me gusta más la izquierda,
la del reloj,
la de la argolla de oro.
La otra mano es más blanca
y más directa. Como que está más cerca de sus actos.
Me he fijado en las líneas de la suerte
y en cada una el trazo es diferente.
Por lo poco que sé de quiromancia
adivino que es frágil, enfermiza,
con un tic de maldad.
En lo que toca
deja huellas de polen. O de polvo
para ser menos líricos.
Para ser más concisos, periodísticos.

Describiré sus manos dedo a dedo
pero en otra ocasión.

En pie de guerra - Joaquín sabina

domingo, 4 de noviembre de 2012

Bitácora de un gato en París: Mona Lisa

Con una sonrisa de medio la'o, la Mona Lisa estaba más accesible que nunca. Primer domingo de noviembre. Si hay algo bueno que tiene este país es su onda cultural. Todos los primeros domingos de cada mes la entrada a muchos de sus museos es gratis. Gracias a ello, un virtual patealatas como yo puede darse el lujo de ingresar a uno de los lugares más increíbles que hay (al menos una vez cada cuatro semanas): el Louvre.
Como lo comenté en un post anterior, uno de mis sueños era ver a la Mona Lisa en vivo y en directo. Entonces, check. Sueño cumplido. Y no costó mucho. En realidad, nada... bueno, un poco... despertarme temprano, esperar a mis compañeros de depa, y salir, llegar al museo a las 9 de la mañana y listo (ah, y como unos 15 años de espera, más o menos).


Felizmente no había mucha gente a la hora en que llegamos. Si bien nos confundimos un poco al entrar, porque no sabíamos por donde hacer cola, terminamos ingresando por la Porte des Lions, algo que ya de por sí me ponía de buen humor y auguraba una buena jornada (dado el paralelo con mi chapa). Minutos después, sin darnos cuenta, ya estábamos frente a la dama. Yo, feliz, creyendo que no estaba allí, sonriendo como ella. Mis amigos: Igor, que ya la había visto, orgulloso por su condición de guía; y Mariano, buscando cómo hacerse una fotografía.

Sonríe 
sonríe
sonríe mucho
que nada se arregla 
con lágrimas
sino con optimismo
Sonríe
sonríe
sonríe mucho
que alegría llama 
más alegría
y la sombra 
no alcanza
aquello que brilla 
con luz propia.

Eso. Quedé encantado con la zona de pinturas francesas y el sector de esculturas griegas. En este último nos esperaba una vieja huésped, también ilustre: La Venus de Milo. Bacán. Yo, triplemente feliz, no cabía en mi medio cuerpo. 
Tras cerca de cuatro horas de visita, nos fuimos a buscar algo para almorzar. Un poco de pan con algún embutido y de vuelta a la acción. Terminamos aprovechando el día cayendo de cabeza en otro de mis postergados: Pompidou, aunque nada como el Louvre.
Cambio y fuera.

Mona Lisa - Nino Bravo

viernes, 2 de noviembre de 2012

Bitácora de un gato en París: Banca manca

Ayer veía con mis roomates un reportaje hecho en Perú sobre lo abusivos que son los bancos en nuestro país cobrando intereses y la forma terrible en la que despellejan a quien pueden con eso de los créditos y los préstamos. Y bueno... todo mal. Aquí en Francia no sé como es la cosa (aún), pero lo que sí sé, porque lo estoy sufriendo en carne propia, es lo extremadamente lento que puede llegar a ser hacer una simple transacción (al menos en el banco en el que actualmente tengo depositado mi dinero).
Discúlpenme el medio berrinche...
Bueno, todo empezó hace como un mes cuando Igor y yo decidimos que era imprescindible entrar a formar parte del sistema financiero francés. "No sabes lo sencillo que fue", recuerdo que me dijo él una tarde cuando, documentos en mano, me mostraba el fruto de aquella decisión. "La chica que me abrió la cuenta me dijo que podías ir tú también, como coarrendatario del departamento que alquilamos". Ok. No hay problema. El banco nos lo habían recomendado los asesores estudiantiles de la Ciudad Universitaria de París. Por algo sería. Había una agencia cerca del hotel que él ya estaba dejando. Bacán.
Fui. No fue ningún problema abrir la cuenta, aunque me pareció raro que al cerrar el trámite no me dieran instantáneamente la famosa Carte Bleue. En el Perú, lo más parecido a ese bicho sería una tarjeta de débito, la cuál, por cierto, te dan presentando un documento de identidad y... nada más. Si al cabo de tres meses la cuenta no tiene plata (no la mueves), chau, la pierdes. En Francia tienes que presentar, además del pasaporte (que sería mi documento de identidad), una prueba de que vives en donde dices vivir, que en mi caso fue el contrato de vivienda (lo más gracioso es que, en muchos casos, no puedes firmar un contrato de vivienda ni nada parecido si no tienes cuenta en un banco... lo que hace del asunto de conseguir casa un círculo vicioso imposible de convertir en "llegué a la meta", pero de eso otro día).
Para recoger la Carte Bleue tuve que ir nuevamente a la misma agencia (no te la mandan a tu casa) y firmar algunos documentos más. Unos días después, en el correo de mi casa tenía un sobre con el código secreto y un segundo envío con una carta de un alto directivo del banco y... un tercer envío con una carta de la chica que me abrió la cuenta, que, desde ese momento, se convertía en mi "asesora de servicio". Elegante.
Primera joda: no puedo cambiar el código de seguridad con el que saco dinero del cajero. Si me diera la gana de hacerlo tendría que pagar un extra, algo así como 35 euros. Eso lo averigüe el día que fui a hacerme un depósito de 30 euros -para saber cómo se hacía- a una agencia X, no en la que abrí mi cuenta (que llamaremos desde ahora Y). En ese mismo momento, la segunda joda, más que joda, curiosidad: me llamó la atención que, en lugar de ventanillas, hubiera un escritorio atendido por una chica. "Gusta hacer un depósito". Desde luego. "Tiene que llenar esto". Un papel con mis datos personales, número de cuenta, cantidad del depósito (poner que dejaba el total en dos billetes de 10 y dos de cinco, ?). Luego de llenarlo, la señorita metió la plata en un sobre y me indicó que todo estaba listo. Una vez entré a mi estado de cuenta vía Internet, vi que la transacción, efectivamente, estaba en el sistema, pero figuraba como "en trámite". Al día siguiente, salía ya como "aprobada". Conclusión: lo del sobre no era un detalle visual: al parecer X tenía que mandar el dinero -en efectivo- a Y, e Y tenía que aprobar lo ocurrido. Ya se imaginarán lo que fue recibir una transferencia medianamente fuerte desde Perú.
Me imaginé entonces que en la agencia en la que abrí mi cuenta tenían una pequeña bóveda con mis iniciales en dónde se guardaban celosamente mis bienes.
Algo así:


Tercera joda: ayer descubrí que solo puedo sacar 160 euros por semana del cajero (en el Perú el máximo son 1500 soles por día, unos 420 euros). Hoy tenía que pagarle a la casera, así que decidí retirar algo de efectivo vía agencia. Fui nuevamente a X y allí me dijeron "no, si gusta sacar dinero tiene que ir a una agencia más grande". Como justamente había una en la estación de trenes que le seguía a la de mi casa, fui  (llamémosle Z). Llegué. Vi que había algo parecido a una ventanilla en Z. Excelente. Al encontrarme frente a la persona que atendía le dije que quería sacar dinero. "¿Tiene chequera?". Esperaba que me hiciera un cheque a mi mismo. No. "Entonces tiene que comunicarse con su asesora y ella tiene que enviarnos un correo, una vez lo recibamos, ahí le daríamos el dinero". Merde. Resulta que no puedo tener acceso a mi propio capital porque tengo que pedirle permiso a alguien cada vez que lo quiera mover.
Solución: le pedí prestado dinero a uno de mis roomates. De aquí en adelante voy a tener que sacar el máximo permitido por semana y calcular, porque no me da la gana de llamar a mi asesora para hacer algo que debería ser más sencillo.

Welcome to the jungle - Guns and Roses

jueves, 1 de noviembre de 2012

Funeral blues

Pero que cosa tan interesante...

Funeral blues - W.H. Auden

Detengan los relojes
desconecten el teléfono
denle un hueso al perro
para que no ladre.
Callen los pianos y con ese
tamborileo sordo
saquen el féretro...
Acérquense los dolientes
que los aviones
sobrevuelen quejumbrosos
y escriban en el cielo
el mensaje...
él ha muerto.

Pongan moños negros
en los níveos cuellos de las palomas
que los policías usen guantes
de algodón negro

Él era mi norte mi sur
mi este y oeste
mi semana de trabajo y mi
domingo de descanso
mi mediodía, mi medianoche
mi conversación, mi canción

Creí que el amor perduraría
por siempre.
Estaba equivocado.

No precisamos estrellas ahora...
Apáguenlas todas
envuelvan la Luna
desarmen el Sol
desagüen el océano y
talen los bosques
porque de ahora en adelante
nada servirá.

PD: If I could tell you - W.H. Auden

Time will say nothing but I told you so,
Time only knows the price we have to pay;
If I could tell you I would let you know.

If we should weep when clowns put on their show,
If we should stumble when musicians play,
Time will say nothing but I told you so.

There are no fortunes to be told, although,
Because I love you more than I can say,
If I could tell you I would let you know.

The winds must come from somewhere when they blow,
There must be reasons why the leaves decay;
Time will say nothing but I told you so.

Perhaps the roses really want to grow,
The vision seriously intends to stay;
If I could tell you I would let you know.

Suppose all the lions get up and go,
And all the brooks and soldiers run away;
Will Time say nothing but I told you so?
If I could tell you I would let you know.

All dead, all dead - Queen