lunes, 29 de noviembre de 2010

Lo que más necesita...

"Él no es un héroe, es lo que esta ciudad necesita", le dijo -según recuerdo- Gordon a su hijo cuando este le preguntó por qué Batman huía, si no había hecho nada malo.
Hoy, después de casi un año de intentos infructuosos, pude ver por segunda vez El caballero de la noche. Que buena película, en verdad...
Tenía que poner lo de la frase porque me recuerda a otra, una de Miguel de Unamuno: "No des a nadie lo que te pida, sino lo que entiendes que necesita; y soporta luego la ingratitud". Eso es todo.

Tu necesitas - Aleks Syntek

viernes, 19 de noviembre de 2010

Try (just a little bit harder)

Janis es, como describirlo, una diosa, una maga capaz de llenar de euforia todo lo que la puede escuchar. Suelta mil sensaciones en cada melodía, aunque suele usársele –yo, al menos- para tapar la melancolía, para disfrazarla de grito y hacer de la música la mejor compañía, algo que fácilmente puede lograrse con –mi favorita- Kozmic blues.

Time keeps movin' on,
friends they turn away.
I keep movin' on
but I never found out why
I keep pushing so hard the dream,
I keep tryin' to make it right
through another lonely day…

Un 4 de octubre de 1970 se le escapó la vida. ¿Janis estaba loca? ¡A quién le importa! Dicen que fue heroína lo que acabó con ella, como también cuentan que en una noche de borrachera le rompió la cabeza al Rey Lagarto con una botella porque no le aguantó una obscenidad. Era la imagen de la rebeldía, de la mujer fuerte, y aún sobre eso, aseguraba que hacía el amor con 25 mil personas en el escenario y luego se volvía a casa sola.
Su voz es lo máximo. Transmite dureza y, al mismo tiempo, pueden sentirse mediante ella sus miedos, tristezas y su fragilidad. Y todo contagia. como en Maybe, Piece of my heart, Cry baby, o To love somebody. Todo conmueve.

PD: Que lástima no poder verla en vivo. Me encantaría tener la oportunidad de oirla cantar Trust me.

martes, 16 de noviembre de 2010

La felicidad según Pessoa

Talán, talán, talán… un fragmento del Libro del desasosiego de Fernando Pessoa:

No creo en voz alta en la felicidad de los animales, sino cuando me apetece hablar de ella como marco de un sentimiento que es la suposición derivada. Para ser feliz es necesario saber que se es feliz. No hay felicidad en dormir sin sueños, sino solamente en despertarse sabiendo que se ha dormido sin sueños.
La felicidad está fuera de la felicidad.
No hay felicidad sino con conocimiento. Pero el conocimiento de la felicidad es infeliz; porque saberse feliz es conocerse pasando por la felicidad, y teniendo, en seguida, que dejarla atrás. Saber es matar, en la felicidad como en todo. No saber, sin embargo, es no existir.
Solo el absoluto de Hegel ha conseguido, en las páginas, ser dos cosas al mismo tiempo. El no-ser y el ser no se funden y confunden en las sensaciones y razones de la vida: se excluyen, mediante una síntesis al revés.
¿Qué hacer? Aislar el momento como una cosa y ser feliz ahora, en el momento en que se siente la felicidad, sin pensar más que en lo que se siente, excluyendo lo demás, excluyéndolo todo. Enjaular al pensamiento en la sensación, (...) la clara sonrisa maternal de la tierra plena, el esplendor cerrado de las tinieblas altas, (...)
Es ésta mi creencia, esta tarde. Mañana por la mañana no será ésta, porque mañana por la mañana seré ya otro. ¿Qué creyente seré mañana? No lo sé, porque sería preciso estar allí para saberlo. Ni el Dios eterno en el que hoy creo la sabrá mañana ni hoy, porque hoy soy yo y mañana quizás ya no haya existido él nunca.

La felicidad - Enrique Bunbury

C'est tout

Siempre pensando
en poder o no poder
dejando para ayer
lo que nunca podrá
volver,
destrozando de noche
lo hecho durante el día,
o maldiciendo
señores
con una deuda
armada
a fuerza de melancolía.
Déjalo ser
piensa, actúa, sueña
que aunque no lo quieras creer
el prójimo
también tiene vida.

Como olvidar - Olga Tañón

lunes, 15 de noviembre de 2010

Líneas cruzadas

La suerte no existe. Lo que existen son dos líneas no paralelas que en algún momento se cruzan. Así me explicó alguna vez un profesor en qué consistía la fortuna. Joven. Creía, como hoy, que las cosas pasan por algo, y que no importaba si era suerte, dos líneas no paralelas, destino o Dios lo que te dirigía a momentos gratos (o ingratos), sino la propia experiencia de pasar por ellos.
Dios ha de ser, ¿cómo dudarlo? Una vez, hace poco más de 12 años, caminaba por las calles de Los Olivos con la moral por el suelo: nos gritaron a mis compañeros y a mí porque no habíamos tenido una buena performance practicando la danza que presentaríamos en el concurso de baile que año a año organiza mi colegio, El Buen Pastor (mejor conocido como BUP). El evento era al día siguiente, así que mi profesor nos puteó duro y parejo, y nosotros, resignados, apenas y pudimos darle crédito a nuestra propia falta de nivel.
Era importante para mí. Iba a ser la primera vez que participaba en una actividad parecida, así que lo que pasó me bajó la moral sobremanera. Caminé. Ya era de noche. Caminé. Empezó a llover. Caminé y miré hacia el cielo, llorando, diciendo en voz alta que era un idiota y que “por favor, si estás allí permíteme verla, solo un instante, porque es la única cosa que en este momento podría devolverme el ánimo y la confianza”. Como si las dos líneas se cruzaran apenas una milésima de segundo después de soltar al viento mis palabras, escuché que alguien me llamaba. Era ella, la chica de ojos verdes, espléndida.

-¿Cómo estás?
-Ahora estoy bien.
-¿Qué pasó?
-Bueno, el profe nos llamó la atención porque no hicimos una buena práctica sobre el escenario en el que vamos a bailar mañana.
-Anímate. Seguro les va a ir bien.

Después de unos minutos más de conversa, abandoné la escena como si fuera Don Lockwood. La jornada siguiente la hicimos tan bien que disputamos las finales del concurso. Nunca me olvido de lo que pasó entonces porque, a pesar que el de arriba me ha dado muchos más motivos para creer en él, aquella suerte instantánea me la procuró viéndome con el corazón en la mano. Supongo que cuando la solicitud proviene de ahí no hay razón para dudar de que lo que se pide no va a ocurrir.

God only knows - The Beach Boys

domingo, 14 de noviembre de 2010

Take it easy

Será producto del cansancio
o de una balada
que no escapa
y se queda como tú
en mi cabeza,
pero estos tiempos están llenos
de eso que pensamos
habíamos dejado atrás:
valor.
Así que no cuestan las dudas,
menos palabras de rabia
que osen desenterrar
un pasado embustero.
Así que siento esta insolencia
de no volverte a incordiar
con ese cuídate mucho
con sabor a despedida.
Así que mejor lo resumo:
Tú aquí.
Yo aquí.
¿Acaso no nos merecemos
al menos un abrazo?

Luz de día - Enanitos Verdes

sábado, 13 de noviembre de 2010

El gato de Alexandra

El gato de Alexandra se escapó. Se encontró a otro que le dijo: la vida aquí afuera es más vida que la tuya… engreído, prisionero, no sabes nada. Haces lo que quieres. Comes lo que quieres. Vas a donde quieres.
El gato de Alexandra le preguntó al minino su nombre. Él le contestó que hoy se llamaba Micho y mañana, tal vez, Leopoldo o Lacho. Que no importaban los nombres. Que más divertido era solamente dejarse llevar.
El gato de Alexandra pensó que entonces ya no quería un nombre. Por un tiempo lo llenaron las calles de su ciudad natal. Hacía lo que quería. Comía lo que quería. Iba a donde quería. Un día se llamaba Rudy, otro Melenudo, porque decidió simplemente dejarse llevar.
El gato de Alexandra subió a un camión y se despidió de su villa.
Chau villa.
Lo siguiente que vio fue un reloj enorme que rascaba el cielo, luego una torre inmensa y una muralla interminable. No se dio cuenta cuando exactamente, pero al tiempo se sintió triste: ya no sabía que nombre ponerse, qué hacer, qué comer, a dónde ir. Quiso volver, mas no pudo, así que lloró.
Lágrimas de gato.
El gato de Alexandra extrañaba a Alexandra. No a Marina o a Clotilda. No a Juana o a Josefina. El gato de Alexandra extrañaba a Alexandra porque era Alexandra.
Cuando menos esperanzas tuvo, en lugar de ver la luz sintió que todo se ponía oscuro. Lo cogieron del cuello y lo metieron en un saco. Tuvo miedo. “Es el del cartel. Tiene recompensa”, alcanzó a oír, pero no entendió qué significaba eso porque era un minino, no una persona. Miau. Miau.
El gato de Alexandra abrió los ojos y vio a Alexandra. Alexandra lo apachurró con la calidez que él recordaba, y lo volvió a apachurrar, una, dos, tres veces más. Que felicidad. A ella no le importaba quien había sido antes, solo que era él. A él ya no le gustó más llamarse Rodolfo o Menudo. A él ya no le interesaba llamarse Tigre o Duque, porque Alexandra estaba a su lado como siempre debió de haber sido.
Suerte de felino, tal vez fue el destino.

Lima, 08 de noviembre de 2010

Delilah - Queen

viernes, 12 de noviembre de 2010

Crímenes perfectos

Entré tarde. Desde afuera escuchaba El salmón y cuando puse un pie frente al escenario me encontré con una imagen francamente formidable. Calamaro estaba cerquísima. El concierto me daba la impresión de ser más una reunión de amigos que se encuentran en un bar a escuchar a alguna banda en vivo, súper íntimo. Bacán.
Lo siguiente fue Mi enfermedad, de cuando era parte de una banda (bandaza): Los Rodríguez, posteriormente luces y una consecutiva interpretación de temas prestados, como No woman, no cry o Gracias a la vida.
Debo admitir que no soy muy hincha de Calamaro. Fito, Charly, son más santos de mi devoción, pero cuando se escucha una canción como Crímenes perfectos o Paloma, uno no puede hacer más que rendirse o exclamar Cinco minutos más, para luego empujarte una dosis de Comida china.
Uno no quiere que Calamaro se vaya, como bien lo explica mi queridísimo Ángel Hugo Pilares, aunque, en definitiva, nadie nunca se va del todo, como señala el propio Andrés en Los chicos:

Muchos amigos se fueron antes que yo,
y me dejaron solo, por eso si el invierno hace frío,
también bajo al infierno un poco.
Supongo que nadie se va del todo,
espero que exista algún lugar,
donde los chicos escuchen mis canciones,
aunque no los escuche opinar.

De Los Rodríguez, no hay nada como Sin documentos o Para no olvidar. De la cosecha de Calamaro solista, me quedo con Donde manda marinero (que no tocó anoche), Flaca, Te quiero igual o Estadio Azteca.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Esperanza

esperanza.
1. f. Estado del ánimo en el cual se nos presenta como posible lo que deseamos.
2. f. Mat. Valor medio de una variable aleatoria o de una distribución de probabilidad.
3. f. Rel. En la doctrina cristiana, virtud teologal por la que se espera que Dios dé los bienes que ha prometido.
~ de vida.
1. f. Tiempo medio que le queda por vivir a un individuo de una población biológica determinada. Para los recién nacidos coincide con la duración media de la vida en dicha población.
alimentarse alguien de ~s.
1. loc. verb. Esperar, con poco fundamento, que se conseguirá lo deseado o pretendido.
dar ~, o ~s, a alguien.
1. locs. verbs. Darle a entender que puede lograr lo que solicita o desea.
llenar algo la ~.
1. loc. verb. Corresponder el efecto o suceso a lo que se esperaba.
qué ~s.
1. loc. interj. Cuba, Méx. y Ven. U. para indicar la improbabilidad de que se logre o suceda algo.


Yo no sé como se maneja una bicicleta, pero creo saber el funcionamiento de una esperanza: nunca fallece. Por momentos se apaga, pero solo para guardar fuerza y explotar toda su brillantez en el horizonte. Por ratos se mantiene distante, inalcanzable, pero cuando se almacena en el corazón más sincero y este contribuye a que el brazo llegue y el puño la aprisione (para luego dejarla libre), la esperanza se vuelve realidad alegre y luego nace nuevamente, más coqueta, más grande, DISTINTA, porque, repito, no muere y en lo posible evoluciona, a veces con un "te quiero", otras con un "hola" sincero.

Lima, 01 de junio de 2002

Color esperanza - Diego Torres

miércoles, 3 de noviembre de 2010

La carta ajena

Disculpen la expresión, pero me estuvieron hinchando las pelotas con este tema hace poco, así que… será.
Tengo una carta dentro de mi agenda. La tengo conmigo desde hace 120 meses. Mi amiguísima Johanna me dijo alguna vez que los dueños de las cartas son sus destinatarios, no sus remitentes, y bajo esa lógica, la he mantenido conmigo esperando la oportunidad idónea para entregársela a su propietaria.
Un día como estos de noviembre. Un día hace cerca de doce años conocí de corazón a alguien que había salido de mi sistema tiempo atrás. Apenas estuvimos cara a cara nos sentimos de lo más cómodos… contándonos, reflexionando juntos, haciendo travesuras de chibolos y diciendo las estupideces que uno puede soltar a sus quince… todo a partir de su curiosidad, la cual la dejó alerta ante un descuido mío y con el acceso fácil a una tarjeta que me había escrito quien unos días más tarde sería mi primera enamorada.
“Se nota que le gustas”, me dijo la chica. “La cuestión es un poco más complicada que esa”, le contesté. Y así empezó una relación que vista desde afuera era hasta cómica (por razones que no puedo detallar), pero que para mí resultó ser salvadora: era la primera vez que podía conversar tan fluidamente y en confianza con una mujer, pues hasta entonces no había conocido a alguna que fuera menor que yo o que, al menos, tuviera mi misma edad y no me tratara como un niño idiota.
Recuerdo que se mofó de las medias verdes que llevaba puestas (por razones que no puedo detallar) y que hizo el intento de fumarse uno de los Marlboro light que por pose guardaba dentro de mi billetera (verla toser como loca fue divertidísimo). Al poco tiempo éramos los mejores amigos y yo, estúpidamente, empecé a sentir algo más por ella, algo que juré matar en caso no fuera correspondido… aunque parecía, juro que parecía que sí… en todo momento intenté poner por delante el bienestar de nuestra buena relación y la traté como siempre.
Sus padres me llamaban “hijo”. Su hermano saltaba de alegría cada vez que me veía llegar hasta su hogar. Grabada en mi memoria la imagen de ella aderezada diciéndome desde su balcón “ahora mismo te abro la puerta, espérame un rato” y la forma en que se sonrojó cuando, tras leerle las cartas (¿?), le aconsejé vencer el miedo y arriesgarse si es que creía que aquél que le gustaba valía la pena.
En cierta ocasión me presentó a unas amigas y creo que ese fue el momento en el que se jodió el Perú, o en que se terminó de joder, en todo caso (por razones que no puedo detallar). “La verdad es que no eres tan alto”, me dijo una, recontra espesa. “No son tan bonitos tus ojos”, “Eres muy flaco”. Luego las llamadas empezaron a ser cada vez más escasas. Luego yo era el único que nos buscaba. Luego ya no me pidió nunca más ir a verla y así, fin. Parafraseando a Sabina, demoré en aprender a olvidarla cerca de dos años y cuando me la volví a encontrar estando con novia me preguntó desde cuándo, y yo: “desde hace quince meses”. “Vaya, es justo el tiempo en que dejaste de intentar ponerte en contacto conmigo”. Seguro que sí.
Por su culpa me hice con el anillo del mal. Por su culpa nunca vi el brillo en los ojos de la mujer que más posibilidades tenía en convertirse en el amor de mi vida (sí, desde luego... bueno, tampoco tanto). Gracias a ella aprendí a ser mucho más sociable (pese a ser irónicamente la protagonista del evento que me hizo dar cuenta de ciertos retrocesos en dicha materia). Gracias a ella aprendí a no perseguir a nadie, a no dejarme tratar como un can, aunque esto último no lo haya aplicado del todo durante los pasados doce meses (cosas del Orinoco).
La carta es lindísima. Espero que en algún momento llegue a sus manos. Espero que, si eso ocurre, lo tome a bien y no se infle de orgullo, pues ya no somos los niños de entonces. Quien sabe, quizá podría devolvernos aquella amistad que alguna vez se perdió -espero yo- por inmadurez, mas no por malicia.

Como hemos cambiado - Presuntos Implicados