miércoles, 31 de octubre de 2012

¿Éxito?

Se dice que siempre hay que mirar "arriba" para "avanzar", para "progresar". Yo pienso, humildemente, que es mejor mirar hacia adentro. Sí, a tu fibra más íntima, esa que habita en ti y cohabita el que todo lo puede. Como hasta ahora, procede de acuerdo a este sentimiento. Probablemente no te llenará de cosas materiales, de eso a lo que la gente llama "éxito", pero sí te afianzará como ser humano sencillo y valioso para tu gente, esa que te quiere bien, para que tus viejos, tus hermanos, tus amigos leales y francos nos sintamos orgullosos de ti. Feliz cumpleaños hijo de mi vida. Pásala lo mejor que puedas, siempre firme y fiel a tu feeling. Te quiero.

Además de hacerme sentir el ser más afortunado del mundo, mi padre y toda su sabiduría me hicieron pensar, hace unos días, el 7 de octubre, para ser exactos, en algo que había estado dando vueltas en mi cabeza sin que pudiera darle un sentido más terreno: ¿qué significa tener éxito? ¿Alguien lo sabe? ¿Qué es para ti ser exitoso? ¿Tener un carro, una casa, un traje de lujo? ¿Tener EL puesto de trabajo, la novia más hermosa del mundo? Bueno, Yo pienso, humildemente, que el éxito depende de cada uno, depende de si uno es feliz o no, y listo. Creo que se puede tener mucho en la vida: el carro, la casa, el traje de lujo, el puesto de trabajo, la novia preciosa, pero si no se es feliz no se tiene nada.
Una vez, mi hermana me dijo algo muy cierto, algo que es la bandera con la que obramos los miembros de mi familia: "Nuestros padres nos han criado para una única cosa: para que seamos felices".
Todos le tenemos miedo al fracaso, por A o B motivos, creyendo que al fracasar uno se puede alejar de esa idea de "éxito" que se tiene clavada en la mente... pero el fracaso no es nada, es solo una parte de la vida, una muy importante, desde luego, porque enseña y te hace ver, de bruces, qué cosas son realmente importantes... ¿Es esto lo que realmente quería? ¿Estoy en el camino de encontrar aquello que me hace sentir feliz? Lo malo no es caer, lo malo es caer sin estilo, por las webas, sin aprovechar al máximo aquello que se nos coloca adelante. Entonces, uno es exitoso en la medida que sea consecuente consigo mismo, con sus ideales, con sus sueños, con la gente que rodea. Al final de la vida, el más exitoso entonces no es el que se va sabiendo que consiguió el carro, la casa, el traje de lujo, el puesto de trabajo, o la novia preciosa, sino el que puede sonreír y sentirse satisfecho por todo lo que no dejó de hacer e hizo.
Bueno, eso... cantemos al amor.

Pa pa pa - Los Prisioneros

martes, 30 de octubre de 2012

Bitácora de un gato en París: De como el anillo fue ahogado en el Orodruin

Cuando estaba en quinto de secundaria y alguien me preguntaba qué era lo que quería estudiar al salir del colegio yo siempre respondía: "No tengo ni idea, lo único que sé es que después de estudiar lo que llegue a estudiar me gustaría irme a hacer un posgrado a Francia". Bacán. Esto es algo que muy pocas personas sabían, por lo que, cuando el resto se enteró de que vendría a París a hacer una maestría, muchos creyeron que venía persiguiendo a un muerto que, ahora más que nunca, es nada más que un fantasma. Pensaban que mi interés por llegar a este país europeo había nacido de mi relación con una chica con la que había convivido cerca de cinco años y con la que llegué a estar casi siete, y que terminó conmigo cuando su vida, precisamente en este país europeo, creo yo, estaba mejorando, mientras yo me moría por darle el alcance, sin suerte... a despecho de todo ello, y aunque ya no sea tan importante, dado el paralelo, toca ponerle algunas flores en su tumba, pues además de todas las cosas que había soñado con hacer al llegar, entre ellas escribir algún texto mirando la Torre Eiffel o ir a visitar a la Gioconda (cosa que aún no hago), hace tres años, en plena resaca producto del cariño no correspondido, me hice una promesa: para enterrar un gran amor, antes hay que hacerle un gran funeral.
El día en que terminó conmigo fue el día más triste de mi vida. Nunca antes me había sentido tan mal: arrastraba una depresión producto de la impaciencia por no saber si iba a poder verla y las pocas posibilidades de darle el alcance en Francia... "Daría lo que fuera por verte", me había dicho unos días antes, sin racionalizar lo que eso realmente significa. Yo le había pedido no comunicarnos por un par de semanas porque cada vez que conversábamos mis nervios se disparaban y tenía miedo de "molestarla" con alguno de mis achaques. "Sí, está perfecto eso", me dijo entonces. "Vas a ver, como yo, que lo mejor es estar solo... que ya es hora de que me dejes ir. Vamos, déjame ir". Bueno. Rompía el trato, vía Yahoo messenger.
-¿Por qué no me dijiste que tú y yo ya no estábamos juntos? Me vengo a enterar por tu hermana...
-Yo no le he dicho eso... solo que nos estamos dando un tiempo...
-¿Y por qué entonces ella cree eso?
-Porque entiende, como yo, que si me estás pidiendo que te deje ir y que crees que es mejor estar solo, que esto no va a durar mucho... además, porque me dijiste que tú y yo nunca íbamos a ser felices juntos.
-No, no es eso... tú y yo, en estos momentos, no podemos ser felices juntos.
-Eso no fue lo que dijiste. Mira, de verdad, quedamos en algo... la idea era de que yo no te molestara...
-Daría lo que fuera por verte.
-No te entiendo, me dices una cosa y luego otra.
-Te extraño. Estuve revisando unas cosas de tu blog. Me gusta hacerlo, porque es como si me estuvieras hablando. Yo cierro los ojos y pienso que estás aquí, conmigo.
-Por favor, me estás matando. Mis manos están temblando. Hace unos días yo era el malo, una basura.
-No, tú eres una buena persona.
-No te entiendo. Mis manos...
-Sí, tienes razón: yo siempre lo arruino todo. Soy una bestia...
-Tengo que seguir trabajando... en verdad...
-Soy una bestia.
Días después fui yo quien rompió el trato: a través de una comunicación, Campus France (ya expliqué lo que es, tsss) me anunció que cualquier tipo de postulación aquél año, 2010, era improcedente. "Mi última esperanza rota", le escribí en un correo, y ella: "Tenemos que conversar". Ok.
Recuerdo que fue un sábado, temprano. Ella no prendió la cámara del Skype, yo sí. "Que sea rápido, dime lo que ya sabemos me vas a decir", le dije aguantando el dolor. "Bueno, sí", contestó. "Tu y yo nunca vamos a ser felices juntos". ¿Total?
Infinidad de veces la había perdonado cuando estábamos en Lima. Cuántas veces me había hecho el duro y, al verla llorar, mi corazón se estrujaba tanto, que lo que venían eran abrazos, y luego llanto, pidiéndole no dejarme llegar a un extremo en el que tuviera que fingir frialdad. Y entonces lloré, y su voz no mostró ningún signo de alteración. Entonces me dijo que ella sí se merecía haber llegado hasta Francia y que, por el contrario, yo cosechaba pena por el hecho de no haberla sabido tratar nunca, que ella había querido terminar conmigo mucho tiempo atrás y que prácticamente yo había sido la causa de todos sus males, que ella se había hecho sola, que nadie la había ayudado a alcanzar sus sueños. Mientras me destruía, mi mente recordaba todo: ¡en cuántas oportunidades había llegado a mi casa, disgustada e impotente, porque su relación con sus padres no era nada buena! Atrás quedaba la propuesta de mi madre, de haberla hecho vivir con nuestra familia... todas las veces que la empujaba a mejorar... como si mi paso por ella no hubiera hecho nada en su vida, cuando siempre le decía que mi objetivo era hacerla feliz, lograr que no dependiera de mí, jamás, porque "uno nunca sabe lo que puede pasar", pese a que tenía la certeza de que me iba a dejar cuando ya no me necesitara, cuando hubiera solucionado todos sus problemas y fuera independiente. Y también, como golpes en la sien, aquellas llamadas en las que me aseguraba llorando que había sido un error irse sin mí y yo, en lugar de decirle alguna estupidez, como "sí, vuelve", le pedía paciencia porque estaba haciendo todo por irle a dar el alcance, que la quería y que fuera fuerte por todas sus metas. Yo lo sabía: yo había sido un poco de agua en medio del desierto para ella, no un jugo de frutas en una ciudad tranquila, un trampolín de piscina... aunque siempre creyera que, en algún momento, mis actos lograrían que se comprometiera de la misma forma que yo, a pensar en mi familia como la suya... en nuestro futuro como el suyo, pero no... nunca fue así, siempre fue "te quiero porque te necesito", nada más. "Daría lo que fuera por verte", me había dicho días antes. Ella tenía alternativas, podía haber vuelto, de haberlo querido... yo había hecho todo lo que estaba en mis manos para alcanzarla, no tenía más opción que resignarme.
El día en que terminó conmigo fue el día más triste de mi vida. Yo quería buscar el edificio más alto de Perú y lanzarme de él, pero una llamada, la de una de mis amigas más queridas, Vania, me devolvió la razón e inició el lento camino para salir de mi depresión. "Tienes muchos motivos para quedarte aún en Lima. Si piensas que no, entonces anda, ve y lánzate desde un piso lo bastante alto". Y así fue. Después de llorar sin parar por un tiempo largo, me detuve y ¡Oh, claridad! Y disfruté Lima, como nunca antes lo había hecho, y crecí, y aprendí mil y un cosas. Y recordé que no era por nadie más que por mí que quería llegar hasta París, que quería escribir algún texto mirando la Torre Eiffel o ir a visitar a la Gioconda (cosa que aún no hago).
El día en que terminó conmigo fue el día más triste de mi vida. No tengo memoria de un día más horrible, y menos mal. Ese día ya no tenía puesto el anillo que solía usar en mi anular izquierdo hasta unas semanas atrás y prometí llegar a Francia radiante. Una vez aquí, iba a arrojar ese objeto, lo iba a hundir en el Sena. No lo iba a dejar caer. Lo iba a lanzar.
Una semana después de llegar a París no la estaba pasando bien. Aún no conseguía casa, en un par de días tenía que salir del lugar en donde me estaba alojando y la burocracia francesa no me permitía avanzar en ningún trámite que hiciera más confortable mi estadía. Luego de ir de un lado a otro, visitando sin suerte prospectos de cuartos, con quien se convertiría en uno de mis compañeros de departamento, Igor, terminé desconsolado en el Bulevar Saint Michel, dándome cuenta que, salvo las primeras 48 horas de mi llegada, no me había detenido a pasear por ningún lado, así que decidí olvidarme de todo, comprar un crêpe, y llegar hasta un lado del Sena, sentarme frente a él un instante y disfrutarlo. Y entonces me acordé que traía conmigo el aro (en realidad, terminaron siendo dos). Si el anillo único solo podía ser destruido en el Orodruin, el que alguna vez brilló feliz en mi mano solo podía ser ahogado en un lugar en el mundo (bueno, nunca tanto :D). Así lo hice. Mientras tanto, escribía algunas de las cosas que pasaban por mi cabeza en aquél momento.
Veinticuatro horas después, a Igor y a mí se nos uniría Mariano en la búsqueda de la casa prometida. En un momento, Mariano, que empezaba a empaparse de todo lo que significaba tomar el metro en París, me pidió mi plano de estaciones. Al abrirlo, un pequeño pedazo de papel salió volando y terminó en los rieles por donde segundos después pasaría el RER línea B de la estación Saint Michel-Notre Dame. Así tuvo que ser. Así fue. Digamos que el último recuerdo terminó siendo arrollado por un tren.
¿La extraño? Yo la amé.  La quería porque ella era ella, con nombres y apellidos. Deseaba tener hijos con ella, un perro, un depa, un carro... no me imaginaba un futuro en el que ella no estuviera presente, pero en el peor momento de mi vida no estuvo, mas sí mis familiares y amigos más leales, gente a la que le debo todo. Pero, ¿la extraño? Honestamente no tengo ni idea de lo que haría si en algún momento me la cruzo. Alguna vez supe que había vuelto a Lima por unos días, pero ni papas. Quizá ya esté casada, tenga hijos, un perro, un depa, un carro, viva en París o en Atenas... quizá sea feliz de corazón y no un ente que vive por vivir, que tiene al lado a alguien a quien quiere de veras y no crea quererlo por costumbre y/o necesidad, pero "uno nunca sabe lo que puede pasar". No siempre nos cruzamos con personas como la chica del helado. No todos pueden admitir su egoísmo o que su necesidad de buscar la dicha, que es algo justo, acabara destruyendo la de otro.
Si el día en que terminó conmigo me hubiera dicho que quería ser libre, que yo ya no podía hacerla feliz a la distancia y que agradecía todo lo que había hecho por ella, independientemente de los malos ratos, y no las excusas que soltó, tirándome la culpa por su desgracia -para, a su vez, creerse menos culpable por su accionar- y haciéndome sentir el ser más horrible del mundo (en el colmo de mi depresión, que no me permitía plantear ningún tipo de defensa), otro sería el cantar y hasta me hubiera tomado la molestia de ponerme en contacto con ella (después de todo, creo en los finales felices), pero el perdón es algo curioso que solo se le brinda a quienes admiten haber cometido una falta. Y la confianza, ufff... es algo que se gana con acciones, no con palabras, no con decir "daría lo que fuera por verte", sino apareciéndose, en el momento justo, en la puerta de la casa del ser querido vistiendo una sonrisa, así se haya tenido que bajar de la Luna.

Trampolín - El Gran Combo

lunes, 29 de octubre de 2012

Hay sueños

Hay sueños que terminan con las ganas de dormir, que despiertan y te aprietan el corazón hasta poderlos liberar (entendiendo por "hasta poderlos liberar" como su realización).
Hay sueños que no nos dejan dormir, sin duda, que no acaban hasta que nos les enfrentamos con los ojos abiertos... hay sueños altos, como torres de acero; inmensos, como ríos maravillosos... sueños que van esperando venir, y que vienen esperando no irse jamás.
Hay sueños que llevan a otros sueños, como líneas de tren... sueños como los que teníamos cuando niños y que eran simples, como patear una pelota de fútbol; como los que tenemos ahora, ya adultos, como una primavera o, mejor, como una estación sin nombre, que hemos conocido desde siempre.
Hay sueños que nunca se cansan y otros que se agotan a los diez minutos de carrera; otros, que se divierten con nosotros, escapándose, escondiéndose; y algunos, que deberían ser los más comunes, que se nos aparecen con el alma desnuda y el cuerpo transparente... y nos sonríen desde su esencia infinita.

París, 13 de setiembre de 2012

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No importa que dolor oprima el pecho. Cuando un sueño es sueño, es solo eso; y al volverse realidad, pues es realidad y no hay vuelta que darle. Una cosa es soñar y otra tocar el sueño, sin pensar en lo que se hace. Sobre esto queda la certeza de haber podido con el reto y entonces se puede avanzar a lo siguiente, que es otro sueño, más simple o complejo, según sea el caso. Hay que agarrarle el gusto a las cosas. Uno es carne y el tiempo corrompe la carne. El alma queda, sonriente o triste. Y la fuerza es fuerza real si se le usa para avanzar, seguir y ser feliz. 

París, 18 de setiembre de 2012 

PD: Una de las cosas que siempre había soñado con hacer apenas pisara suelo francés era escribir algo, lo que sea, sin pensar, mirando sentado desde una banca la Torre Eiffel... bueno... voilà!

Je ne regrette rien - Edith Piaf

domingo, 28 de octubre de 2012

Bitácora de un gato en París: Lo que fue llegar

Le llamé. La acosé. Habíamos quedado en salir, pero al final, como ya parecía ser habitual, terminó por cancelarme y dejarme colgado. Aquella noche me sentí atroz, ¿qué podía estar haciendo mal? Veamos: funcionaba en el trabajo, de mi casa a él, de él a mi casa. Los fines de semana ya no tenía ganas de salir y lo único que me mantenía emocionado era el saber que tal día o tal otro tenía una pichanga. Respecto a las mujeres, diablos, que acababan de plantarme. Y entonces, como no había hecho en semanas, se me ocurrió revisar mi cuenta en Campus France (que es, grosso modo, la mano de la Embajada de Francia que coordina la postulación de los peruanos a las universidades de dicho país). La verdad no sabía por qué lo hacía: mi pesimismo respecto a ese tema era algo que ya había llegado a un límite insospechado, por más que pensara que ya era el momento de partir, porque, dejándome de cojudeces, salvo mi familia, no creía que tuviera algo que me aferrara sobremanera al Perú. Y entonces...


Y entonces lo vi... Y la choteada de la chica con la que había quedado en salir fue más que un recuerdo inútil, así como mi relación amor-odio con tantas otras con las que había salido en los últimos tres años. Y lloré. Y grité. Y mi hermano, que duerme al lado, me preguntó qué pasaba y le conté. Y se alegró, como lo hizo también mi madre, a quien desperté (eran las 11:30 p.m. aproximadamente del 5 de julio pasado). Y todo me pareció tener sentido entonces: el tiempo invertido, la experiencia acumulada, el final de mis clases de francés, el no tener novia, el haber podido vivir en Lima todo aquello que me dio la gana, la experiencia acumulada (sí, lo vuelvo a señalar), etcétera, etc., etc.
En agosto ya no tenía trabajo y me encontraba preparándolo todo. "Aún hay que esperar que me den la visa", le decía a todos los que me preguntaban por lo ocurrido y se abalanzaban sobre mí para felicitarme. AÚN FALTA. Cita el 22 de agosto. Respuesta el 4 de setiembre. Como tenía que matricularme en la universidad el 14, me aseguré en comprar el pasaje para llegar el 12 a París, saliendo de Lima el 11 de setiembre (sí, 11 de setiembre). AÚN FALTA. En el camino, agradecí infinitamente el cariño que mucha, mucha gente me mostraba... ante ello, me daba cuenta, más que nunca de lo importante que es no dejar de hacer nada de lo que uno quiere y que, en definitiva, sí tenía muchas cosas que agradecerle a Lima... gente a la que me hubiera gustado meter en la maleta.
AÚN FALTA. El 4 de setiembre fui a "recoger" mi pasaporte a la Embajada de Francia con la respuesta, con la visa o sin ella... en la ventanilla designada, una chica me pidió mi nombre: "¿Grimaldo? A ver...". Segundos terribles. "¿Grimaldo? Lo siento, pero no se te ha aprobado la visa". Horror. Impotencia. Pero el 14 tengo que estar para matricularme... "Lo siento, es decisión del cónsul". Pena.
Aquél día recibí innumerables llamadas de gente a la expectativa. Todos reaccionaban diciéndome que no me desesperara, que batallara hasta quemar el último cartucho, y la verdad, yo no quería saber nada del asunto, solo dormir, llorar y dormir. Al día siguiente reaccioné: pedí una cita en Campus France que me dieron para ese mismo día, y otra para volver a pasar mis papeles por la Embajada, que me dieron para el día siguiente. AÚN FALTA. En Campus France revisaron mis documentos y me dijeron que no entendían por qué me habían negado la visa. Mmmm... Al día siguiente, volví a hacer mi cola en la Embajada y, poco después de entrar a la sala de espera, la misma chica que me había dado días atrás la desalentadora noticia me llamó a un lado: "Sr. Grimaldo, ¿no?" Sí, claro. "Lo he estado tratando de contactar. He hablado con el cónsul. Le vamos a dar la visa". Francamente no entendía lo que pasaba, pero genial. Así que un día antes de tomar el avión que lo trajo hasta París, un feliz y temeroso Diego Grimaldo, estaba recogiendo un documento que tenía su foto y el permiso de un país para quedarse en él por un año. No hubo mucho tiempo para despedidas. Fue todo muy rápido, yo diría hasta violento. Lo interesante de ello fue que, sin evaluarlo mucho, mi corazón, alma, o razón, como sea, me trajeron las ganas de ver a un grupo de personas, a las que les pude decir "chau, hasta luego". A ellas las traje conmigo, de alguna forma. Y la verdad es gracioso como todo parecía haber confabulado para que se resolviera y viniera a París en el momento en el que yo sentía que tenía que venir... y volví a creer en eso del destino, construido con nuestra propia determinación y con algo de suerte... en Dios (a mi estilo, claro está). "Mira que fuerte es tu destino", recuerdo que me dijo por entonces una de mis amigas más especiales, a quien tuve la suerte de ver poco antes de partir de Lima. "Allá debe de estar esperándote el amor de tu vida". No sé si tanto así, pero como la oveja, creo que hay cosas que uno tiene que ver con sus propios ojos... y sufrirlo con su propio cuerpo, y cumplir sus sueños, para luego alcanzar otros, no sé si más grandes o pequeños, distintos, en todo caso... pero siempre avanzando. AÚN FALTA, esto recién empieza.

Brillante sobre el mic - Fito Páez

sábado, 27 de octubre de 2012

Bitácora de un gato en París: Frío extremo

Las hojas han caído, vencidas tras una batalla que no iban a poder ganar jamás... ni el hombre, que es hombre con toda su racionalidad, puede hasta el momento hacerle frente a un enemigo tan atroz. Bueno, al menos este hombre, tan poco acostumbrado a andar en ambientes tan fríos. "Y ni siquiera hemos estado aún bajo cero", me dice uno de mis dos compañeros de casa, Mariano. Cierto. "Apenas" andamos a cero grados centígrados, y viene lo peor dentro de unos meses. Caminamos por la avenida Saint Michel rumbo a la Catedral de Notre-Dame, donde hoy se realizó una procesión en homenaje al Señor de los Milagros, con todo y su anda, y su santo, y sus fieles. "Nunca fui a ninguna procesión en Lima y ahora se me da por ponerme religioso", pensaba mientras Mariano tomaba algunas fotos. Yo igual, clic por aquí, clic por allá. "Que se vea el fondo con la catedral". Ok. Luego de todo lo que pasó para que yo pudiera poner un pie en Francia (que ya contaré en algún momento... sí, estoy en París, daaaaa) empecé a creer que algo divino se paseaba por el cielo por donde se trasladó el avión que me trajo hasta un lugar tan lejano de Lima.  "Gracias", rezo para mis adentros. Si ÉL existe, seguro me escucha fuerte y claro, y sabe que no estoy siguiendo la procesión por puro nacionalismo, aunque, claro, todo lo que sea peruano aquí es "mon dieu!, c'est incroyable", como poder ver a dos chuckies bailando marinera frente a Notre-Dame.
"Esto en antropología es deslocalización", me cuenta mi compañero. "Se habla de una cultura deslocalizada cuando esta ha sido trasplantada en un contexto diferente al suyo". Mi rostro se entumece. El frío es una cosa increíble. "Realmente no salimos preparados para esto", le comento riéndome para no llorar. Pierdo el control de mi cara. Hablar se me hace difícil. Mis manos, con guantes, sufren, pese a tener abrigo. "Conozco unas brasseries muy cerca de aquí". Ok. "Vamos", le contesto a Mariano. Luego de unos minutos, y tras rajar de tanto cara pálida que se nos cruzaba vestido como si estuvieran veraneando en Punta Hermosa (bueno, nunca tanto), estamos frente a una tienda cerca de la Iglesia de San Séverin, frotándonos las manos y matándonos de risa por la forma que habíamos encontrado para paliar el frío: pararnos al lado de un grupo de pollos, lechones y patos que están siendo dorados, a fuego lento, en plena calle. "¿Son cochinillos?", comenta un grupo de turistas españolas al unísono. "Sí, ¡son cochinillos!". Y no sabemos si se refieren a los animales o a nosotros. En todo caso, "los cochinillos son los franceses, que no se bañan nunca", se me ocurre. "Vamos a la casa, ¿no?". Definitivamente. El clima está insoportable. 
Ya en el metro, algunos rayos de sol entran por la ventana. Me saco los guantes, confiado de que la luz solar se ha encargado de hacer un poco más humano el retorno hasta nuestro hogar, dulce hogar, pero al salir del vagón, "merde, c'est très mal". QUÉ FRÍO. "Hasta el Sol aquí te engaña". Creo que si existe el infierno, este no debe ser para nada caliente, sino algo parecido a París, heladísimo, con un montón de gente calata, sufiriendo por toda la eternidad.
En casa, cambio mi ropa de calle por una más confortable y, sobre todo, cálida, busco en Internet y encuentro la solución, por el momento, a la ausencia de calor: ¡calientito! Un poco de café, azúcar, agua... y ¡pisco! y el día se pone a 10 grados. Unas galletas, una llamada a Lima, y ya contamos 26, como suele ser en la Ciudad de los Reyes. "Y ni siquiera hemos estado aún bajo cero", recuerdo. Cierto, muy cierto.

Frío - Enrique Bunbury

martes, 23 de octubre de 2012

Me

Todas las ovejas, entre ellas, se llaman Me, y los carneros, Bob. Me hubiera querido nacer negra, ser distinta, llamarse Lanolin, pero tuvo que conformarse en seguir al resto del rebaño hasta que un día, cansada de aceptar la ruta establecida por Oso, el perro ovejero local, se detuvo en plena caminata e intentó sentar las bases de lo que creía sería una revolución entre las suyas: no hacerle caso al can y seguir su instinto. “Meee”, le dijo entonces Me, su prima hermana, “nuestra costumbre es seguir al perro”. “Meee”, le increpó el resto, “así hemos vivido siempre, ¿por qué cambiar?”.
Nada tan difícil como decidirse[1].
Me no se siente satisfecha.
Me quiere saber qué hay más allá de la colina por donde todas las tardes ve ocultarse al Sol.
Meee… ¿Tal vez un rebaño con muchas ovejas negras?
Habrá que descubrirlo.
Una tarde, como otras tantas que habían llegado igual: caminando, pastando, Me burló la seguridad impecable de Oso con una falsa alarma de lobo feroz. Aprovechando la histeria colectiva —que es fácil de encender cuando se recuerda a un enemigo común— partió en carrera buscando lo desconocido, tratando de llegar a donde ninguna otra oveja —que al menos conociera— había llegado jamás.
Me llegó a lo alto de la colina por donde todas las tardes veía ocultarse al Sol y lo que sus ojos vieron fue un valle tan pequeño o extenso como en el que solía pastar bajo la guía de Oso. Se sintió un poco decepcionada, porque no era lo que esperaba, y al mismo tiempo orgullosa, porque entendía que si no hubiera llegado hasta la cima un día, jamás hubiera sabido con certeza que era lo que allí había, y a la duda  —como solía decir la humana que año a año la trasquilaba— no es buena tenerla de esposo.
Meee… ¿y qué hay más allá?
Habrá que descubrirlo.
Caminante no hay camino, se hace camino al andar[2].
Me siguió marchando. Cruzó uno, dos prados. Cruzó uno, dos bosques. El cansancio le hizo quedarse dormida y, cuando despertó, tras una dulce y reparadora siesta, se sorprendió al notar a su lado un animal moteado, mucho más grande que ella, que resultó ser una vaca.
-¿Cómo te llamas?
-Connie —respondió la vaca.
- ¿Estás perdida?
-No, estoy comiendo.
-¿Sabes qué encontraré si sigo caminando de frente?
-No.
-¿No te interesa saber qué hay más allá?
-No.
A Me le inquietaban las respuestas de la vaca. Le dio la impresión de que era igual a todas las ovejas que había conocido, solo que más grande y moteada, sin embargo, al ver su rostro de frustración, Connie le explicó que no tenía ganas de irse de aventuras, pues cuando joven los humanos la habían llevado de un lugar hacia otro. “Concursos”, les llamaban. Y ella, después de tanto viaje, se terminó dando cuenta de que nada le gustaba más que comer y reposar, así que, seguramente, iba a hacer eso así su dueño la terminara convirtiendo en hamburguesa.
Meee… Cada quién tiene su modo de ser feliz. Lo importante es descubrirlo.
Estando siempre dispuestos a ser felices, es inevitable no serlo alguna vez[3].
Me siguió marchando. Cruzó uno, dos ríos. Cruzó uno, dos valles, distintos a los que ya conocía. Llegó hasta un lugar extraño en el que los árboles parecían ser de piedra y cobijaban a manadas enteras de humanos.
-¿Qué eres? —le interrogó un gato que se identificó de inmediato como Melenudo.
-Una oveja.
-¡Qué cosa rara!
-¿Y qué estás haciendo en esta ciudad?
-La cruzo —Me aprendió que el lugar raro en donde se encontraba era una ciudad— Quiero ver qué hay más allá.
-¿Vienes de muy lejos?
-Sí, desde un valle lleno de ovejas llamadas Me resguardadas por un perro llamado Oso.
-¿Acaso sabes dónde está mi dueña, Alexandra?
Melenudo le contó a Me que antes vivía con una humana, pero que, pese a que era muy feliz con ella, un día le dio la gana de salir de casa. Si bien al comienzo le gustó mucho perderse, luego extrañó mucho a su ama y, por ello mismo, estaba triste porque no conseguía regresar a su hogar.
-Lo siento, no la he visto.
Me pensó que no es bueno abandonar lo que uno quiere, menos por puro capricho.
Meee… yo tengo una razón poderosa para seguir adelante.
Los objetivos son los ingredientes que dan propósito a nuestra vida.
Me llegó a lo alto de una colina similar a la colina por donde todas las tardes solía ver ocultarse al Sol y lo que sus ojos vieron fue un valle tan pequeño o extenso como en el que solía pastar bajo la guía de Oso, solo que esta vez no se sintió decepcionada porque, para su alegría, sobre el llano se encontraba andando un rebaño repleto de ovejas, cada una negra, como el tipo de oveja que ella hubiera querido ser. Al llegar ante ellas, le preguntó a cada una su nombre. Todas respondieron lo mismo: “Beeee”, excepto una que, si bien se llamaba Be, siempre había querido nacer blanca, como ella, y tener por nombre Rolanda.
Pese a que su encuentro con las ovejas negras no fue tan maravilloso como siempre había imaginado que sería, Me se me sintió contenta de saber que lejos, muy lejos de su valle natal, existía un rebaño repleto de ovejas negras y porque al menos lo había podido ver en persona (o en oveja, para ser exactos).
Después de conversar largo y tendido y, tras convertirse en buenas amigas, Me y Be entendieron que bastaba ser como eran, que sus sonrisas no le debían nada a sus cuerpos o a sus nombres y que más importante era serle siempre fiel a sus objetivos y su forma de ser felices.
Me es feliz viajando.
Be no sabe aún qué es lo que le hace sentirse feliz, pero es cuestión de averiguarlo.
Un recorrido de cinco mil kilómetros empieza con un paso.
-¿Y sabes qué hay más allá de esa colina? —le preguntó Be a Me.
Meee… habrá que subir hasta ella y verlo.
¡Qué cosa tan extraña es la felicidad! Nadie sabe por dónde ni cómo ni cuándo llega, y llega por caminos invisibles, a veces cuando ya no se le aguarda[4].

París, 22 de octubre de 2012

[1] Napoleón
[2] Antonio Machado
[3] Blaise Pascal
[4] Henrik Johan Ibsen

Willie Nelson - On the road again