lunes, 23 de mayo de 2011

Los caramelos de la abuela

Muy temprano me sonreía, pícara, como si estuviera cometiendo una travesura que únicamente compartía conmigo. “Shhh, shhh”, me llamaba, y en su cuarto abría un cajón, y del cajón sacaba una bolsa negra, y de la bolsa negra unos caramelos “Menta chocolate”, que colocaba inmediatamente en mi mano. Todas las semanas, mi abuela le pedía un paquete de dulces a mi madre, y todas las semanas mi mamá le compraba su paquete de dulces. Muy temprano me sonreía, antes de salir apurado rumbo a mis clases en el BUP (mi cole), y trataba de endulzar mi día, de arranque, como para que no creyera por un segundo que me iba a ir mal.


Cosas buenas pasaron, cosas para el olvido también. Entré a la universidad (#sanmarquinoqueserespeta pe’) y la rutina de mi mamicha no cambió en nada: caramelos y más caramelos, a los que a veces les sumaba un chocolate estratégicamente hurtado de alguno de los escondites de mi papá. Mientras tanto, en San Marcos, pocos eran los que podían darse el lujo de almorzar un menú de cinco soles, por lo que las visitas a la cafetería —gratis, pero bajo la presión de una cola interminable y eterna— eran obligadas, así como la compra de alguna hamburguesa en el puesto de la tía veneno (poison, para los nostálgicos) ubicado en el cruce de las avenidas Universitaria y Venezuela, o un rico sachet de Tampico con sus galletas “de preferencia”, cuando se tenía que comer algo a la carrera.
A pesar que suelo comprar bastantes, yo no como tantos dulces o, mejor dicho, como el mejor chocolate del mundo, trato de buscar un momento ideal para disfrutar lo que tengo enfrente. Muchas veces me daba con la sorpresa de tener una cantidad relativamente grande de golosinas en mis bolsillos porque precisamente guardaba los caramelos que mi abuela me daba, así que lo que hacía era ofrecérselos a mis patas, quienes siempre me los recibían con gracia, contentísimos… de pronto, sin querer, me fui haciendo de una costumbre sobre la costumbre de la madre de mi madre, pues, como suele decir mi papá (parafraseando a SU papá): las cosas no son de quien las tiene, sino de quien las necesita.
Mi memoria no es muy buena respecto a este punto, pero cuando era niño no siempre podía tener todos los dulces que me hubiera gustado tener. A diferencia de una ex enamorada, que al contarle todo esto que les estoy escribiendo a ustedes me decía que ella siempre la engreían, o a diferencia de lo que me dijo hace unos días una amiga a la que estimo horrores, que me explicó que cuando infante a ella y a su hermana le compraban golosinas individualmente para que supieran lo que es de una y de otra, en mi casa me acostumbraron siempre a compartir lo que me cayera en las manos, sea poco o mucho. No sé si esto suene bien, pero recuerdo a mi padre abriendo un paquete de Sparkies sobre un plato hondo, y repartiendo su contenido entre mi hermano mayor y yo, color por color, para que entendiéramos que a ambos nos correspondía lo mismo y no discutiéramos por huevadas.
Con todo eso y con lo mucho que me gustaba —me gusta— tener a la mano algún dulce, cuando llegaba a la universidad y veía a alguno de mis compañeros renegar porque estaba pasando un mal día o preocupado porque no le iba como quisiera en algún curso, me desprendía de los caramelos que mi abuela me regalaba dándoselos y, ¡oh! genialidad, veía en su cara la misma sonrisa divina que mi mamicha me brindaba por las mañanas durante nuestro ritual de toda la vida.
Cada vez que puedo o, mejor dicho, cada vez que tengo la oportunidad, cuando me detengo un instante a comprar en un quiosco, intento pensar un poco en el resto y alucino que un chocolate o unas galletas podrían elevarle el ánimo a tal o cual persona. Es simple, no es caro, ¿por qué no? Difícilmente encuentro los “Menta chocolate”, pero cuando tengo esa suerte me mato de risa y los compro por miles, caso contrario, otra vaina y pa’lante. En fin, esa es la explicación de por qué ando siempre con harta golosina encima o por qué me alegro tanto cuando alguien tiene un gesto similar conmigo. Es simple, no es caro, ¿por qué no?

Maldita dulzura - Vetusta Morla

2 comentarios:

  1. "las cosas no son de quien las tiene, sino de quien las necesita". Sabiduría pura.

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  2. Sí, un éxito el viejito de mi viejito ;)

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