martes, 27 de noviembre de 2012

Bitácora de un gato en París: La Ville-Lumière

Luego de terminar con un par de trabajos a presentar para un curso de la universidad, tras varias conversaciones sobre lo que esperábamos -mis compañeros latinos y yo- sobre los finales (¡sí! ¡ya casi estoy en finales!) y de saberme parte de un grupo plagado de franceses para una próxima exposición, por primera vez en lo que llevo en París sentí que todo había empezado a fluir. De eso, ayer. Hoy me levanté con la idea fija en mi cabeza de apresurarme un poco e ir a la biblioteca de Pompidou, leer y encontrar algunas teorías útiles para lo que tendrá que ser mi mémoire de M1, que para los peruanos vendría a ser algo así como una tesis para superar una maestría.
En realidad, ya hay en mi marcha cotidiana varias cosas que me resultan familiares, como ir al supermercado los sábados por la mañana, comprar algunas tardes un baguette, o pasarme los domingos mirando una película desparramado sobre mi cama post llamada a mi familia que se encuentra en Lima.
Hoy me levanté con la idea fija en mi cabeza de apresurarme un poco e ir a la biblioteca de Pompidou, así que, con esas, asistí a mi clase de  Industrie de la communication et mondialisation numérique y, al salir, me di cuenta que mi cuerpo solito se dirigía hacia la estación de metro más cercana, lo cual me pareció loquísimo, tanto como saber que hacía un frío espantoso y, pese a no estar tan abrigado, podía soportarlo sin sufrir. Así que me provocó caminar fumando un cigarro y escuchando vía reproductor mp3 mi más reciente lista de canciones toneras. Y entonces...



... Y entonces reí, porque sentí el paralelo y me gustó. Terminé mi cigarrillo y me subí a un bus rumbo a la estación Châtelet, pero me bajé antes, en una que está cerca a Notre Dame, porque me dieron ganas de caminar  un poco más. Cruzé entonces el Sena, con el atardecer a cuestas, ¡tan bello! con las luces reflejándose en sus aguas, y pensé: "¡Rayos! ¡estoy en París!", y volví a reir. Pasé luego por el Hôtel de Ville y me percaté que a estas alturas ya no necesito mapa ni pedirle referencias a alguien para pasear, al menos por esa zona.
Finalmente, llegué hasta el Centro Pompidou, contento, solo para volver a reír cuando me dijeron en la entrada que la biblioteca no abría los martes, así que saqué unas galletas (me ponen como loco las galletas de albaricoque) y me puse a caminar nuevamente por la Ciudad de la Luz. Y entonces...



... Y entonces reí por enésima vez, porque volví a sentír el paralelo y me encantó que fuera en medio de tanta arquitectura bella. "¡Qué bonita es esta ciudad!", me dije. "¡Qué bonita, MI ciudad!", sin reflexionarlo mucho. "¿Por qué el MI?", traté de volverlo a sacar, pero me fue complicado, y ¡voilà!... más risa, porque por primera vez en lo que llevo en París sentí que definitivamente todo había empezado a fluir. Por primera vez, me sentí parte de la ciudad y no un extraño que vaga por sus calles desesperado por entender hacia dónde es que está yendo (en todos los sentidos posibles). Al menos eso, por un rato... y bacán, porque...



... porque uno no siempre amanece con el mismo humor todos los días, y no todos los días son iguales (cuando se hace tangible un sueño), pues si bien hoy me levanté con la idea fija en mi cabeza de apresurarme un poco e ir a la biblioteca de Pompidou, mañana tal vez no tenga ganas de mover un solo dedo (bueno, nunca tanto), así que nada, a aprovechar los buenos ratos, ¿no?, y a seguir por esta senda llena de cosas extrañas que se vuelven cotidianas, y de cosas cotidianas que se vuelven extrañas. Por ejemplo...



... por ejemplo, no tener a alguién de confianza a quien poder ir a contarle estas cosas en vivo y en directo, pero hasta eso ya llegará con un poco de tiempo, pues la Ville-Lumière está llena de sorpresas y la verdad uno nunca sabe lo que se podrá encontrar más adelante.

PD: Necesito una amiga que me mime y me quiera ♫

No hay comentarios:

Publicar un comentario