Me dicen gato, pero no me gustan los felinos, aunque este tenía algo particular. Me encontraba recostado sobre mi cama el fin de semana pasado, jugando, para variar, con mi psp, cuando de pronto escuché un sonido minino que parecía llamarme. Era intenso, así que todos en mi casa lo notaron también.
El techo. Una gata. Chilcano ladraba con ganas de convertirla en croqueta. Uno de mis hermanos se espantó un poco porque pensó que podría estar enferma y pegarnos algo. Yo la miré. Ella me miró. Fue amor a primera vista (bueno, tampoco tanto), así que me subí sobre una silla y al acercármele, en lugar de correr, el animalito se aproximó y prácticamente se me lanzó encima, facilitándome el proceso de rescate.
Pelaje plomo con algunos tonos blancos, cola con punta negra, ojos amarillos y actitud de perro que camina a tu diestra y espera cariño sin discreción: me gustó cuidarla por un tiempo, pero mi papá (que detesta a los mininos) y el miedo a que le pudiera tener un round a solas con mi fiel can (que la veía como el enemigo a tragar) me obligaron a buscarle un hogar suplente rápidamente, así que nuestra relación duró solo un día y medio.
Llámenme loco, pero mientras la tuve conmigo sentía que ella me había escogido para cuidarla. Dos veces la llevamos a su casa original (en donde no la querían) y dos veces terminó sobre mi techo, maullando y esperando que la acogiera en mi cuarto, lejos de los ladridos de Chilcano y cerca al calorcito que le regalaba mi laptop. Su agradecimiento lo expresó con ronroneos. Su tamaño minúsculo le daba adorabilidad. Por su bien, repito, fue mejor dejarla en adopción... en fin, ahora quiero un poco más a los gatos, pienso, siempre y cuando me inspiren la misma sensación de fragilidad que esa micha.
Gata fiera - Trebol Clan (XD)
miércoles, 15 de junio de 2011
domingo, 12 de junio de 2011
You've got a friend in me
...
Todos moriremos en algún momento. Saberlo es una cosa, entenderlo, es otra y aceptarlo, aún más complicado. Hace un tiempo le diagnosticaron cáncer a mi perro, Chilcano, luego le hicieron más pruebas y el panorama fue mucho más esperanzador, sin embargo, con el correr de los días se confirmó su mal y hace unos instantes, en mi casa, discutimos sobre si lo mejor es someterlo a una quimioterapia o dejarlo así, tal como está, que viva lo que tenga que vivir sin pasar por el trauma de un tratamiento tan agresivo... Honestamente, no sé qué postura adoptar. Es realmente complicado tomar una decisión, sabiendo que fuera cual fuera, el resultado final no será positivo.
Todos moriremos en algún momento. Saberlo es una cosa, entenderlo, es otra y aceptarlo, aún más complicado. Hace un tiempo le diagnosticaron cáncer a mi perro, Chilcano, luego le hicieron más pruebas y el panorama fue mucho más esperanzador, sin embargo, con el correr de los días se confirmó su mal y hace unos instantes, en mi casa, discutimos sobre si lo mejor es someterlo a una quimioterapia o dejarlo así, tal como está, que viva lo que tenga que vivir sin pasar por el trauma de un tratamiento tan agresivo... Honestamente, no sé qué postura adoptar. Es realmente complicado tomar una decisión, sabiendo que fuera cual fuera, el resultado final no será positivo.
martes, 7 de junio de 2011
Ay, ¡política!
Realmente nunca me ha gustado la política.
Cuando en el trabajo me pedían escribir artículos sobre política casi siempre hacía una mueca y me decía a mí mismo “bueno, chamba es chamba”, y, una vez frente a la computadora, dejaba que el análisis en mis textos lo hicieran las personas a las que entrevistaba, respiraba y agradecía que mi condición de periodista me cerrara en esas circunstancias la oportunidad de brindar algún punto de vista.
Realmente nunca me ha gustado la política, incluso, me gusta menos que la economía.
Nunca me veía hablando de ella, tratando de convencer a alguien que vote de tal o cual forma, es más, hasta antes de las últimas elecciones presidenciales, debo confesar, cada vez que había tenido alguna cédula de sufragio la miraba de reojo y terminaba llenándola de pikachús y garabatos. Nunca me convenció algún candidato y, por ende, siempre preferí no mancharme las manos o entrarle a eso del mal menor.
Realmente nunca me ha gustado la política… pero lamentablemente, hay momentos en los que uno simplemente no puede —no DEBE— ser indiferente a lo que ocurre alrededor, al margen de los problemas personales que se puedan tener (Mafalda dixit: "Lo urgente no deja tiempo para lo importante").
Yo voté por Humala en segunda vuelta, después de haberlo hecho en primera por Toledo. Honestamente no me pareció que el cholo hubiera hecho un mal gobierno cuando tuvo la oportunidad de llegar al poder. Era una sensación que tenía, reforzada con algunas estadísticas y por la oscura imagen de eventualmente ver en Palacio a Keiko, Castañeda, PPK, o al mismísimo Humala.
Fin de la primera vuelta… la renegada de rigor, y luego el siguiente mapa:

Lima no es el Perú. Hay que pensar un poco… ¿Quiénes hicieron posible que Keiko y Humala llegaran a segunda vuelta? Me lo respondió Rafael Roncagliolo, ex secretario técnico del Acuerdo Nacional (suplemento DEMO n°6):
Se debe tener en cuenta no a los estratos A y B de la capital, sino también al interior del país. En las últimas votaciones hubieron dos elecciones: Lima, y sus estratos A y B, han votado por candidatos que perdieron, en tanto, el resto del país votó por dos candidatos que ganaron, pero que para los otros no los representan y les hacen pensar que el pueblo es bruto y que no existe la democracia. Creo que las perspectivas son importantes: si uno tiene un buen departamento y su expectativa de mejora económica es afectada se puede decir “bueno, tal vez la situación mejore”, pero si se es pobre la cuestión es otra. La paciencia y la pobreza son incompatibles y, por eso, no te pueden decir “espérate que te va a chorrear”. La paciencia es una cualidad que tiene que ver con un cierto nivel de bienestar.
Y entonces lo resolví, sin dudas: mi voto tendría que ser antikeiko, por una cuestión moral, porque tengo memoria, porque me da asco lo que Fujimori representa, porque me daba —me da— vergüenza ajena la forma en que los medios de comunicación se regalaban (y defendían sus propios intereses argumentando transparencia) y por un innumerable etcétera que me dejó en un segundo periodo de incertidumbre: ¿viciar? ¿Humala? Lo definí luego, apoyándome en la popular frase de Steven Levitsky, profesor de la Universidad de Harvard (PuntoEdu n°206): “Se puede tener dudas de Humala, pero de Keiko tenemos pruebas”. Era imprescindible evitar a toda costa que Fujimori llegara a ser presidenta (rodeada de toda esa gente infame que también rodeó al dictador de su padre).
Yo voté por Humala en segunda vuelta. Si eso me hace ignorante o resentido social, bueno, entonces soy ambas cosas.
Yo voté por Humala en segunda vuelta, sin miedo, porque preferí darle el beneficio de la duda y, admito, quiero creer en él y en su muy buen equipo técnico, y porque más allá de todas las cosas malas que se le achacan, traté de ponerme un instante en el lugar de todas aquellas personas que no tienen ni idea si al día siguiente tendrán algo que comer y que nunca han tenido algo que perder.
Lo cierto es que, con el líder de Gana Perú como virtual presidente, últimamente todo el mundo —llámese Lima, para los que le encanta creer que la capital es el centro de nuestro país— habla sobre la economía, las inversiones, los capitales extranjeros, la caída de la BVL (que en este momento tengo entendido ya se encuentra estable), pero qué hay de aquello que para muchos no es importante y que se ganó tras conocerse los últimos resultados de la ONPE: la dignidad de toda una nación. Creo que el dinero es importante, pero definitivamente no lo es todo, como lo señala Jerónimo Centurión, columnista de Diario 16:
Las inversiones son importantes, sin duda. Manejar la economía del país con prudencia es indispensable. Pero también lo es la moral, la solidaridad. Por más importante que sea la economía, ésta no puede ser la protagonista de nuestra felicidad. Quizás la base, pero no la esencia. Nos aproximaremos a ese concepto llamado felicidad en la medida en que actuemos conforme nuestros principios, valores o sueños. Y si esos sueños solo tienen en cuenta lo económico, significa que algo no anda bien.
Podría pensar que no voy a tener trabajo, que el Perú se va a ir al diablo o que es mejor correr, irse al extranjero. Personalmente yo tengo el deseo de irme a estudiar a Francia, crecer profesionalmente y luego volver a aportar lo que pueda. Supongo que esa es la mejor forma de hacer realmente patria. A los pesimistas, a los intolerantes… bueno, como le escribí a un amigo: el que no ayuda, estorba; no hay peor lucha que la que no se hace.
Realmente nunca me ha gustado la política, tampoco la economía, pero si hay algo que me gusta menos es la falta de compromiso. Sobre lo ocurrido ya no se puede cambiar nada, así que solo queda –por las dudas– ser vigilantes y pelearla por salir adelante.
PD: Una cosa graciosa vía perufail.com para paliar la pesada coyuntura XD: Color sin leyenda.
Por qué no se van - Los Prisioneros
Cuando en el trabajo me pedían escribir artículos sobre política casi siempre hacía una mueca y me decía a mí mismo “bueno, chamba es chamba”, y, una vez frente a la computadora, dejaba que el análisis en mis textos lo hicieran las personas a las que entrevistaba, respiraba y agradecía que mi condición de periodista me cerrara en esas circunstancias la oportunidad de brindar algún punto de vista.
Realmente nunca me ha gustado la política, incluso, me gusta menos que la economía.
Nunca me veía hablando de ella, tratando de convencer a alguien que vote de tal o cual forma, es más, hasta antes de las últimas elecciones presidenciales, debo confesar, cada vez que había tenido alguna cédula de sufragio la miraba de reojo y terminaba llenándola de pikachús y garabatos. Nunca me convenció algún candidato y, por ende, siempre preferí no mancharme las manos o entrarle a eso del mal menor.
Realmente nunca me ha gustado la política… pero lamentablemente, hay momentos en los que uno simplemente no puede —no DEBE— ser indiferente a lo que ocurre alrededor, al margen de los problemas personales que se puedan tener (Mafalda dixit: "Lo urgente no deja tiempo para lo importante").
Yo voté por Humala en segunda vuelta, después de haberlo hecho en primera por Toledo. Honestamente no me pareció que el cholo hubiera hecho un mal gobierno cuando tuvo la oportunidad de llegar al poder. Era una sensación que tenía, reforzada con algunas estadísticas y por la oscura imagen de eventualmente ver en Palacio a Keiko, Castañeda, PPK, o al mismísimo Humala.
Fin de la primera vuelta… la renegada de rigor, y luego el siguiente mapa:

Lima no es el Perú. Hay que pensar un poco… ¿Quiénes hicieron posible que Keiko y Humala llegaran a segunda vuelta? Me lo respondió Rafael Roncagliolo, ex secretario técnico del Acuerdo Nacional (suplemento DEMO n°6):
Se debe tener en cuenta no a los estratos A y B de la capital, sino también al interior del país. En las últimas votaciones hubieron dos elecciones: Lima, y sus estratos A y B, han votado por candidatos que perdieron, en tanto, el resto del país votó por dos candidatos que ganaron, pero que para los otros no los representan y les hacen pensar que el pueblo es bruto y que no existe la democracia. Creo que las perspectivas son importantes: si uno tiene un buen departamento y su expectativa de mejora económica es afectada se puede decir “bueno, tal vez la situación mejore”, pero si se es pobre la cuestión es otra. La paciencia y la pobreza son incompatibles y, por eso, no te pueden decir “espérate que te va a chorrear”. La paciencia es una cualidad que tiene que ver con un cierto nivel de bienestar.
Y entonces lo resolví, sin dudas: mi voto tendría que ser antikeiko, por una cuestión moral, porque tengo memoria, porque me da asco lo que Fujimori representa, porque me daba —me da— vergüenza ajena la forma en que los medios de comunicación se regalaban (y defendían sus propios intereses argumentando transparencia) y por un innumerable etcétera que me dejó en un segundo periodo de incertidumbre: ¿viciar? ¿Humala? Lo definí luego, apoyándome en la popular frase de Steven Levitsky, profesor de la Universidad de Harvard (PuntoEdu n°206): “Se puede tener dudas de Humala, pero de Keiko tenemos pruebas”. Era imprescindible evitar a toda costa que Fujimori llegara a ser presidenta (rodeada de toda esa gente infame que también rodeó al dictador de su padre).
Yo voté por Humala en segunda vuelta. Si eso me hace ignorante o resentido social, bueno, entonces soy ambas cosas.
Yo voté por Humala en segunda vuelta, sin miedo, porque preferí darle el beneficio de la duda y, admito, quiero creer en él y en su muy buen equipo técnico, y porque más allá de todas las cosas malas que se le achacan, traté de ponerme un instante en el lugar de todas aquellas personas que no tienen ni idea si al día siguiente tendrán algo que comer y que nunca han tenido algo que perder.
Lo cierto es que, con el líder de Gana Perú como virtual presidente, últimamente todo el mundo —llámese Lima, para los que le encanta creer que la capital es el centro de nuestro país— habla sobre la economía, las inversiones, los capitales extranjeros, la caída de la BVL (que en este momento tengo entendido ya se encuentra estable), pero qué hay de aquello que para muchos no es importante y que se ganó tras conocerse los últimos resultados de la ONPE: la dignidad de toda una nación. Creo que el dinero es importante, pero definitivamente no lo es todo, como lo señala Jerónimo Centurión, columnista de Diario 16:
Las inversiones son importantes, sin duda. Manejar la economía del país con prudencia es indispensable. Pero también lo es la moral, la solidaridad. Por más importante que sea la economía, ésta no puede ser la protagonista de nuestra felicidad. Quizás la base, pero no la esencia. Nos aproximaremos a ese concepto llamado felicidad en la medida en que actuemos conforme nuestros principios, valores o sueños. Y si esos sueños solo tienen en cuenta lo económico, significa que algo no anda bien.
Podría pensar que no voy a tener trabajo, que el Perú se va a ir al diablo o que es mejor correr, irse al extranjero. Personalmente yo tengo el deseo de irme a estudiar a Francia, crecer profesionalmente y luego volver a aportar lo que pueda. Supongo que esa es la mejor forma de hacer realmente patria. A los pesimistas, a los intolerantes… bueno, como le escribí a un amigo: el que no ayuda, estorba; no hay peor lucha que la que no se hace.
Realmente nunca me ha gustado la política, tampoco la economía, pero si hay algo que me gusta menos es la falta de compromiso. Sobre lo ocurrido ya no se puede cambiar nada, así que solo queda –por las dudas– ser vigilantes y pelearla por salir adelante.
PD: Una cosa graciosa vía perufail.com para paliar la pesada coyuntura XD: Color sin leyenda.
Por qué no se van - Los Prisioneros
lunes, 6 de junio de 2011
De solo a bien acompañado
Era bastante difícil que el portero se percatara de quién era de una sección u otra, así que, de vez en cuando, aprovechábamos que las clases de informática estaban en otro local, lejos de la sede principal del colegio, y salíamos junto con nuestros compañeros del “D” caminando, por la entrada, y nos escapábamos a jugar Super Nintendo o a tirarnos la pera en la casa de alguno de nuestros patas. Una vez, mientras tomábamos un cuba libre baratísimo —comprado a chancha y céntimos— nos acordamos que nuestra tutora debía darnos unas entradas ese mismo día (para un concurso folclórico), así que terquísismos decidimos volver… y volvimos a pasar, por la entrada, con los que regresaban del “D”, y una vez dentro a nuestro salón, y en nuestro salón la sorpresa de aquellos que se habían quedado. Recuerdo que tocaba matemáticas y el profesor de turno justo estaba pasando notas, así que ni cuenta se dio para suerte nuestra… el corazón latía rápido porque sabía que había cometido una fechoría, una travesura adolescente, quizá la peor que hicimos como grupo. Hoy en día, la mayoría bordea los 30, tomar es algo cotidiano (bueno, tampoco tanto XD) y la amistad aún nos une, como si no hubiera pasado mucho tiempo.

El “E”, tal como terminó la promoción de El Buen Pastor (BUP) de 1998, se formó dos años antes, luego de que los administradores de nuestro centro educativo creyeran conveniente chocolatear a los cinco salones que iban a formar su cuarto de secundaria.
Llegado a este punto, tengo que admitir algo: hasta entonces yo sentía que tenía compañeros. Claro está, confiaba en ellos, pero no, por ejemplo, lo suficiente como para contarles qué chica me gustaba o si tenía algún rollo en casa. No. Yo era más bien un chibolo frío, un tanto confundido por andar en medio de gente a la que sentía mayor y un millón de veces más sociable que yo (trastorno producto de pisar primero de primaria a los cuatro años); y dispuesto a enfrentar la vida y sus problemas solo, porque pensaba que eso da experiencia y fortaleza, que eso marca la personalidad.
De pronto, me vi rodeado de gente que me invitaba a salir, que se me acercaba a contarme qué había hecho el fin de semana o que me animaba si me veía algo alicaído (gajes de ser un romántico monse). De pronto, me vi formando parte de un grupo al que nosotros mismos y el resto de secciones empezó a denominar como “los gones” (denle la interpretación que crean conveniente), sobrenombre por el que aún se nos conoce y que fue fundamental para sentirnos identificados unos con otros, como "E", más allá de ser miembros de la misma promoción. Honestamente, creo que el cambio fue bueno y lo agradezco: aprendí que uno nunca está solo así quiera estar solo y me hice con un puñado de personas invaluables, que jamás fallan, que terminaron por conocerme mejor que nadie.
Ellos son así - Alejandro Sanz

El “E”, tal como terminó la promoción de El Buen Pastor (BUP) de 1998, se formó dos años antes, luego de que los administradores de nuestro centro educativo creyeran conveniente chocolatear a los cinco salones que iban a formar su cuarto de secundaria.
Llegado a este punto, tengo que admitir algo: hasta entonces yo sentía que tenía compañeros. Claro está, confiaba en ellos, pero no, por ejemplo, lo suficiente como para contarles qué chica me gustaba o si tenía algún rollo en casa. No. Yo era más bien un chibolo frío, un tanto confundido por andar en medio de gente a la que sentía mayor y un millón de veces más sociable que yo (trastorno producto de pisar primero de primaria a los cuatro años); y dispuesto a enfrentar la vida y sus problemas solo, porque pensaba que eso da experiencia y fortaleza, que eso marca la personalidad.
De pronto, me vi rodeado de gente que me invitaba a salir, que se me acercaba a contarme qué había hecho el fin de semana o que me animaba si me veía algo alicaído (gajes de ser un romántico monse). De pronto, me vi formando parte de un grupo al que nosotros mismos y el resto de secciones empezó a denominar como “los gones” (denle la interpretación que crean conveniente), sobrenombre por el que aún se nos conoce y que fue fundamental para sentirnos identificados unos con otros, como "E", más allá de ser miembros de la misma promoción. Honestamente, creo que el cambio fue bueno y lo agradezco: aprendí que uno nunca está solo así quiera estar solo y me hice con un puñado de personas invaluables, que jamás fallan, que terminaron por conocerme mejor que nadie.
Ellos son así - Alejandro Sanz
viernes, 3 de junio de 2011
Como una chica y un muchacho
Cuando está realmente tranquilo -y feliz- mi papá suele cantar. Ayer fue el cumpleaños de mi madre. Ambos estaban tan contentos que de verdad, cuando los veía, me era imposible no creer en eso de que el amor puede durar años y años o ser eterno... Bueno, él cantaba: "como una chica y un muchacho que se abrazan de nuevo y caminan al sol (oh,oh)... Ella le dará un caramelo y enredando su pelo le dirá yo te quiero".
-¿Y si te consigues a otro, que sea mejor marido y te dé mejores regalos? -le dijo mi papá.
-¿Para qué? -contestó mi madre- ¿Y si me sale igual o incluso peor? No, no me conviene arriesgarme después de tantos años juntos.
Y luego sonrieron, cómplices, mirándose tiernamente. "Cuanta confianza", pensé yo, al tiempo que me reía y veía riendo también a mis dos hermanos (y a Chilcano tratando de gorrear algo de comida). Creo que soy muy afortunado pues, como me dijo alguna vez una amiga, Ángela P., está claro que mi familia es el tesoro más grande que tengo (y que puedo compartir, a su vez, con la gente que me estima, me quiere y se lo merece). Mi suerte se manifestó al haber podido crecer en medio de tanto cariño.
-¿Y si te consigues a otro, que sea mejor marido y te dé mejores regalos? -le dijo mi papá.
-¿Para qué? -contestó mi madre- ¿Y si me sale igual o incluso peor? No, no me conviene arriesgarme después de tantos años juntos.
Y luego sonrieron, cómplices, mirándose tiernamente. "Cuanta confianza", pensé yo, al tiempo que me reía y veía riendo también a mis dos hermanos (y a Chilcano tratando de gorrear algo de comida). Creo que soy muy afortunado pues, como me dijo alguna vez una amiga, Ángela P., está claro que mi familia es el tesoro más grande que tengo (y que puedo compartir, a su vez, con la gente que me estima, me quiere y se lo merece). Mi suerte se manifestó al haber podido crecer en medio de tanto cariño.
martes, 24 de mayo de 2011
Decálogo del buen minino

1- Caza ratones y evita a las ratas.
2- Gato que se respeta siempre busca calorcito: si solea, se duerme al filo de la ventana, como todo buen aventurero; si hace frío se esconde bajo las frazadas.
3- Elude las trampas, ya que a la larga puedes salir herido.
4- Los techos son lugares interesantes para perder algunas vidas, pero no hay nada como la tranquilidad de una casa junto al abrazo de una linda patrona.
5- No importa que tan alta sea una caída, terminar de pie es siempre una obligación.
6- Maullan que un gesto vale más que mil ronroneos, sin embargo, a menudo es más importante decir miau que regalar una madeja de lana.
7- No le busques más de cuatro pies a la gata.
8- Vale la pena tropezarse con una que otra espina con tal de saborear al final un buen pescado.
9- A diferencia de lo que ocurre con los perros, ignorar a tus dueños te traerá muchas satisfacciones: entre menos caso les hagas, más querrán estar contigo.
10- Huye de las personas que demuestren tenerle más amor al seco que al gato.
PD: Gracias a mis estimados Julia G., Ángel Hugo y Daniel M. por las ideas, la paciencia y su buena vibra.
Monsieur chat - Dionysos
lunes, 23 de mayo de 2011
Los caramelos de la abuela
Muy temprano me sonreía, pícara, como si estuviera cometiendo una travesura que únicamente compartía conmigo. “Shhh, shhh”, me llamaba, y en su cuarto abría un cajón, y del cajón sacaba una bolsa negra, y de la bolsa negra unos caramelos “Menta chocolate”, que colocaba inmediatamente en mi mano. Todas las semanas, mi abuela le pedía un paquete de dulces a mi madre, y todas las semanas mi mamá le compraba su paquete de dulces. Muy temprano me sonreía, antes de salir apurado rumbo a mis clases en el BUP (mi cole), y trataba de endulzar mi día, de arranque, como para que no creyera por un segundo que me iba a ir mal.

Cosas buenas pasaron, cosas para el olvido también. Entré a la universidad (#sanmarquinoqueserespeta pe’) y la rutina de mi mamicha no cambió en nada: caramelos y más caramelos, a los que a veces les sumaba un chocolate estratégicamente hurtado de alguno de los escondites de mi papá. Mientras tanto, en San Marcos, pocos eran los que podían darse el lujo de almorzar un menú de cinco soles, por lo que las visitas a la cafetería —gratis, pero bajo la presión de una cola interminable y eterna— eran obligadas, así como la compra de alguna hamburguesa en el puesto de la tía veneno (poison, para los nostálgicos) ubicado en el cruce de las avenidas Universitaria y Venezuela, o un rico sachet de Tampico con sus galletas “de preferencia”, cuando se tenía que comer algo a la carrera.
A pesar que suelo comprar bastantes, yo no como tantos dulces o, mejor dicho, como el mejor chocolate del mundo, trato de buscar un momento ideal para disfrutar lo que tengo enfrente. Muchas veces me daba con la sorpresa de tener una cantidad relativamente grande de golosinas en mis bolsillos porque precisamente guardaba los caramelos que mi abuela me daba, así que lo que hacía era ofrecérselos a mis patas, quienes siempre me los recibían con gracia, contentísimos… de pronto, sin querer, me fui haciendo de una costumbre sobre la costumbre de la madre de mi madre, pues, como suele decir mi papá (parafraseando a SU papá): las cosas no son de quien las tiene, sino de quien las necesita.
Mi memoria no es muy buena respecto a este punto, pero cuando era niño no siempre podía tener todos los dulces que me hubiera gustado tener. A diferencia de una ex enamorada, que al contarle todo esto que les estoy escribiendo a ustedes me decía que ella siempre la engreían, o a diferencia de lo que me dijo hace unos días una amiga a la que estimo horrores, que me explicó que cuando infante a ella y a su hermana le compraban golosinas individualmente para que supieran lo que es de una y de otra, en mi casa me acostumbraron siempre a compartir lo que me cayera en las manos, sea poco o mucho. No sé si esto suene bien, pero recuerdo a mi padre abriendo un paquete de Sparkies sobre un plato hondo, y repartiendo su contenido entre mi hermano mayor y yo, color por color, para que entendiéramos que a ambos nos correspondía lo mismo y no discutiéramos por huevadas.
Con todo eso y con lo mucho que me gustaba —me gusta— tener a la mano algún dulce, cuando llegaba a la universidad y veía a alguno de mis compañeros renegar porque estaba pasando un mal día o preocupado porque no le iba como quisiera en algún curso, me desprendía de los caramelos que mi abuela me regalaba dándoselos y, ¡oh! genialidad, veía en su cara la misma sonrisa divina que mi mamicha me brindaba por las mañanas durante nuestro ritual de toda la vida.
Cada vez que puedo o, mejor dicho, cada vez que tengo la oportunidad, cuando me detengo un instante a comprar en un quiosco, intento pensar un poco en el resto y alucino que un chocolate o unas galletas podrían elevarle el ánimo a tal o cual persona. Es simple, no es caro, ¿por qué no? Difícilmente encuentro los “Menta chocolate”, pero cuando tengo esa suerte me mato de risa y los compro por miles, caso contrario, otra vaina y pa’lante. En fin, esa es la explicación de por qué ando siempre con harta golosina encima o por qué me alegro tanto cuando alguien tiene un gesto similar conmigo. Es simple, no es caro, ¿por qué no?
Maldita dulzura - Vetusta Morla

Cosas buenas pasaron, cosas para el olvido también. Entré a la universidad (#sanmarquinoqueserespeta pe’) y la rutina de mi mamicha no cambió en nada: caramelos y más caramelos, a los que a veces les sumaba un chocolate estratégicamente hurtado de alguno de los escondites de mi papá. Mientras tanto, en San Marcos, pocos eran los que podían darse el lujo de almorzar un menú de cinco soles, por lo que las visitas a la cafetería —gratis, pero bajo la presión de una cola interminable y eterna— eran obligadas, así como la compra de alguna hamburguesa en el puesto de la tía veneno (poison, para los nostálgicos) ubicado en el cruce de las avenidas Universitaria y Venezuela, o un rico sachet de Tampico con sus galletas “de preferencia”, cuando se tenía que comer algo a la carrera.
A pesar que suelo comprar bastantes, yo no como tantos dulces o, mejor dicho, como el mejor chocolate del mundo, trato de buscar un momento ideal para disfrutar lo que tengo enfrente. Muchas veces me daba con la sorpresa de tener una cantidad relativamente grande de golosinas en mis bolsillos porque precisamente guardaba los caramelos que mi abuela me daba, así que lo que hacía era ofrecérselos a mis patas, quienes siempre me los recibían con gracia, contentísimos… de pronto, sin querer, me fui haciendo de una costumbre sobre la costumbre de la madre de mi madre, pues, como suele decir mi papá (parafraseando a SU papá): las cosas no son de quien las tiene, sino de quien las necesita.
Mi memoria no es muy buena respecto a este punto, pero cuando era niño no siempre podía tener todos los dulces que me hubiera gustado tener. A diferencia de una ex enamorada, que al contarle todo esto que les estoy escribiendo a ustedes me decía que ella siempre la engreían, o a diferencia de lo que me dijo hace unos días una amiga a la que estimo horrores, que me explicó que cuando infante a ella y a su hermana le compraban golosinas individualmente para que supieran lo que es de una y de otra, en mi casa me acostumbraron siempre a compartir lo que me cayera en las manos, sea poco o mucho. No sé si esto suene bien, pero recuerdo a mi padre abriendo un paquete de Sparkies sobre un plato hondo, y repartiendo su contenido entre mi hermano mayor y yo, color por color, para que entendiéramos que a ambos nos correspondía lo mismo y no discutiéramos por huevadas.
Con todo eso y con lo mucho que me gustaba —me gusta— tener a la mano algún dulce, cuando llegaba a la universidad y veía a alguno de mis compañeros renegar porque estaba pasando un mal día o preocupado porque no le iba como quisiera en algún curso, me desprendía de los caramelos que mi abuela me regalaba dándoselos y, ¡oh! genialidad, veía en su cara la misma sonrisa divina que mi mamicha me brindaba por las mañanas durante nuestro ritual de toda la vida.
Cada vez que puedo o, mejor dicho, cada vez que tengo la oportunidad, cuando me detengo un instante a comprar en un quiosco, intento pensar un poco en el resto y alucino que un chocolate o unas galletas podrían elevarle el ánimo a tal o cual persona. Es simple, no es caro, ¿por qué no? Difícilmente encuentro los “Menta chocolate”, pero cuando tengo esa suerte me mato de risa y los compro por miles, caso contrario, otra vaina y pa’lante. En fin, esa es la explicación de por qué ando siempre con harta golosina encima o por qué me alegro tanto cuando alguien tiene un gesto similar conmigo. Es simple, no es caro, ¿por qué no?
Maldita dulzura - Vetusta Morla
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