lunes, 28 de febrero de 2011

Una de Vallejo

Me gustó mucho la nota César Vallejo: Pobre, poeta y revolucionario publicada en público.es, así como el siguiente poema -cuyo nombre no ubiqué- de uno de los mejores vates peruanos de todos los tiempos:

Confianza en el anteojo, no en el ojo;
en la escalera, nunca en el peldaño;
en el ala, no en el ave
y en ti sólo, en ti sólo, en ti sólo.

Confianza en la maldad, no en el malvado;
en el vaso, mas nunca en el licor;
en el cadáver, no en el hombre
y en ti sólo, en ti sólo, en ti sólo.

Confianza en muchos, pero ya no en uno;
en el cauce, jamás en la corriente;
en los calzones, no en las piernas
y en ti sólo, en ti sólo, en ti sólo.

Confianza en la ventana, no en la puerta;
en la madre, mas no en los nueve meses;
en el destino, no en el dado de oro,
y en ti sólo, en ti sólo, en ti sólo.

All of my love - Led Zeppelin

domingo, 27 de febrero de 2011

Algunos sueños

Una vez soñé con la chica por la que le pedí a Dios antes que se la pidiera a Dios. Estaba en el otro extremo de la habitación. Entonces se me acercó y me miró con un verde destello sumamente conmovedor, luego tomó mi mano y me hizo percatarme que el latido de su corazón era bastante rápido. Me desperté con aquella imagen nítida dándome vueltas en la cabeza y con sus ojos hermosos señalándome el camino para verla. Siete horas después la conocí y -por eso- supe que se convertiría en una de las personas más especiales de mi mundo. Así fue.
Otra vez, como aquella, que todo pareció real, tuve la sensación de estar recostado en mi cama nuevamente junto a una ex novia. Simplemente estaba allí. Hasta ese instante no había conseguido dormir tranquilamente por un espacio de 30 días, pues el insomnio suele no darme treguas prolongadas. Durante mi alucinación inconsciente ella me abrazó, jugó con mi cabello y me susurró al oído calma. El resultado fue mucha paz y unas horas de descanso reparadoras.
Algo parecido me pasó anoche: tuve entre mis brazos a la mujer que -si puedo escribirlo así- en estos momentos me gusta. Ella estaba sobre mí, con su espalda reposando sobre mi pecho. No le veía a la cara, pero sabía que estaba sonriendo. Yo le besaba el cuello al tiempo en que mi respiración masajeaba levemente su nuca. Así nos quedamos dormidos. En la mañana, por un momento, creí que la encontraría a mi lado. Me costó unos segundos -larguísimos- darme cuenta que todo había sido una ilusión.

Sueños rotos - La Quinta Estación

jueves, 24 de febrero de 2011

¡A bailar!

“Tú nunca me llevas a bailar”, era una de sus frases recurrentes. Y tenía razón a medias. No me gustaba hacerlo, pero cuando se daba la oportunidad lo hacía porque sabía que eso le gustaba a ella, no siempre, pero lo intentaba. Entonces no me pasaba por la cabeza salir a tonear, es más, me parecía matador y hasta improductivo… me creía poco bueno para el asunto del zapateo, no tomaba y la idea de sociabilizar con gente extraña no me llamaba la atención. Hoy en día, en cambio, cada fin de semana estoy a la espera de alguna llamada que me diga en dónde la vamos a hacer (bueno, tampoco tanto). Y como moscas a la miel, la gente se une, empina el codo y la pasa bien.

Al gatito le gusta el chilcano y la cerveza.


Detestaba, entre otras cosas, el ir a la playa, las aceitunas, pedir en un restaurante algo que no fuera bistec a la plancha o escuchar la más canción del verano (tipo Tu angelito o Llamado de emergencia). Ahora el mar me atrae, una pizza sin oliva no run, me tomo la molestia de revisar toda la carta de un local antes de mandarme por algún plato que considere rico y -si bien me pone como loco oír una y otra vez la misma tonada- puedo matarme de risa cantando “por eso ven, ven, ven que yo me porto bien”. ¿Por qué pude cambiar esas cosas estando solo y no con ella? No lo sé. No lo entiendo, pero me imagino que está perfecto, pues nada como experimentar, entender que más vale tarde que nunca, saber de todo un poco y sobre eso elegir, ya que –como alguna vez leí- solo conoce el vino dulce aquél que ha probado antes el amargo y, definitivamente, hay que agarrarle el gusto a las cosas, con mayor razón si estas tienden a curar y a generar sonrisas.

Cuéntame - La Charanga Habanera

miércoles, 23 de febrero de 2011

Horas contadas

Anoche vi 127 horas… hace unos días hice lo mismo con Cisne Negro y El discurso del Rey y, francamente, me quedo con cualquiera de estas dos últimas para llevarse este domingo el Óscar a mejor película. Al margen de eso, me pereció un film bastante interesante… bastante realmente, más allá de que el argumento sea sencillo: un tipo aventurero (Aron Ralston) queda atrapado en una zona montañosa con poca agua, cero ayuda, un brazo menos y muchas ganas de sobrevivir.

(Más info sobre la cinta de Danny Boyle en El País).



Los temas que más me llamaron la atención de 127 horas fueron los relacionados al destino, la capacidad de enfrentarnos a la adversidad –paciencia mediante- y, a pesar de todo, la necesidad de apoyarnos en el resto.
El protagonista no esperaba ayuda porque ninguno de sus conocidos tenía idea de que él había ido a dar un paseo por Blue John Canyon. Entonces reflexiona: siempre hay una piedra aguardando por nosotros en alguna parte, es decir, un problema con el que necesariamente teníamos que toparnos para darnos cuenta de la forma en que hemos estado llevando nuestras vidas y así cambiar o seguir...
Ralston repara en que hasta ese instante había sido un tipo duro, inflexible, dispuesto a demostrarle al resto que no necesitaba a nadie para ir hacia el frente. A continuación se arrepiente y piensa en lo fácil que hubiera sido dejar una nota o haberle contestado el teléfono a su madre cuando se le presentó la oportunidad, pues uno nunca debe dar por sentado nada… porque hasta el más macho de los machos…

lunes, 21 de febrero de 2011

Soy leyenda

Se estremeció. Todas las noches sucedía lo mismo: empezaba a leer y a escuchar música. Luego pensaba en aislar la casa, y finalmente pensaba en las mujeres… Entonces encendía el proyector y veía una película, o comía mucho, o bebía mucho, o aumentaba el volumen de la música hasta lastimarse los oídos.

¿Se imaginan vivir en un mundo en el que no exista nadie más que uno? Tal es la maldición de Robert Neville al convertirse en el –supuestamente- único sobreviviente de una pandemia que transformó a todas las personas que había en la Tierra en vampiros sedientos de sangre.
La monótona forma en que transcurren los días deja al protagonista en una soledad tan aplastante que su cordura una y otra vez roza la locura, sobre todo, porque los recuerdos del pasado de su esposa y su hija no dejan de atormentarlo (la parte en la que encuentra un perro y la forma en que intenta salvarlo es de las mejores).
El libro Soy leyenda fue escrito por Richard Matheson en 1954 y adaptado a la pantalla grande en numerosas oportunidades. El año 2007 se estrenó una película en la que el buen Will Smith hace el papel de Neville, quien –como en la obra original- se encarga de matar a los vampiros que puede durante el día (cuando son más débiles) y de defenderse durante la noche.

(Spoiler tras el trailer de la cinta dirigida por Francis Lawrence).



La parte que más me llamó la atención de la novela de ciencia ficción escrita por Matheson fue el momento en el que Neville filosofa sobre quiénes eran los vampiros:

“La fuerza del vampiro reside en que nadie cree en él”.
Gracias, doctor Van Helsing, pensó Neville dejando a un lado su ejemplar de Drácula… En efecto. El libro era un compendio de supersticiones y convencionalismos simples, pero esa línea decía la verdad. Nadie había creído en ellos, ¿y cómo se podían luchar contra algo inverosímil? Así había sido… Los vampiros pertenecían a otra época, como los idilios de Summers o los melodramas de Stoker. Eran apenas unas líneas en la Enciclopedia Británica o quizás material para escritores o películas de mediana calidad. Una débil leyenda que se había transmitido de siglo en siglo.
Bueno, pues ahora era cierto.

Puntualmente porque tiene relación directa con el hecho de ser minoría, lo cual es mmm... interesante. Al final, a diferencia de la película del 2007, en la que Smith muere tras lograr dar con una cura para la enfermedad que acabó con la humanidad y convertirse así en “leyenda”, Neville es ajusticiado frente a una gran multitud de vampiros para quienes él era el monstruo, el tipo que los asesinaba sin que ellos se dieran cuenta, la maldad que pronto se apagaría y se convertiría en leyenda, en un ser que para el futuro de la nueva raza tal vez solo habría existido en algún libro o a manera de superstición.

domingo, 20 de febrero de 2011

Segunda cuadratura

Cogí esta hojita de brezo
el otoño ha muerto, recuérdalo
no nos veremos ya sobre la tierra.
Olor del tiempo hojita de brezo
y recuerda que te espero.
Apollinaire

[Bajo la luna brillante, todo está cool. Bajo un cielo ondulado, todo está nice]. Con una partitura partida y una postura indefinible, así me quedé ante tu discurso (que bien parecía una catilinaria), así me encontré con mi futuro desdén y melancolía. Si tan solo me hubieras mirado distinto. Si tan solo me hubiera comportado a la altura. Si tan solo hubiéramos tenido el valor. Si tan solo… si tan solo… si tan solo… y mil veces si tan solo.
Sutil en su esplín, pero notorio en su amargura. Cuando piensa en el momento en que la magia fue todo disparate. Cuando siente que el viejo olor a emoción fuerte se va a quedar clavado en el más vil de los olvidos: baúl viejo, lleno de imposibles y de memorias vacías. La relación que existe entre pena y alegría es una delgada paz, tan frágil de quebrar como un vaso con whisky y mucho más diáfana que un amor sincero.

La incertidumbre se hizo pecado.

Había perdido. Buscó su orgullo en el bolsillo, ahí se encontraba, silencioso, inhibido, casi inmutable ante la desazón de verlo rendido; ni siquiera él quería mirarle a los ojos. Lo dejó entonces descansar y le preguntó a su conciencia si fue suya la culpa, pero no le contestó nada, mas sin notarlo, poco a poco se dejó llevar por el miedo.
Sonrió. El escalofrío paralizaba su cuerpo. Por un instante se sintió morir, pero el dolor, gracioso, rotundo, le hizo saber que aún estaba con vida. No le importó haber dado mares, tampoco el no haber recibido un beso sincero.
Miró a un lado. La vio irse. Cogió el recuerdo, única herencia que de ella le quedaba. Le perforó el pecho sin darle momento alguno para defenderse.
Sonrió, porque aún sabiendo que le había traicionado, él la quería. Comprendió entonces que ya nada importaba, que la luna había dejado de ser romántica, que nunca más sentiría la calidez de su cuerpo o jugaría con sus cabellos, que el no oírla sería silencio absoluto aún entre un centenar de gente.
Miró a un lado. Solo quedó el paisaje triste, el suave sonido del mar, la firmeza de haberse rendido nuevamente. De pronto, dio un paso al frente. Cayó al vacío de sus traumas y antiguos amores inconclusos.
Sin embargo, flota el enigma del tiempo compartido, el desgarrador abrazo de una esperanza nívea y, por supuesto, ese dolor gracioso y rotundo le favorecerá, será su bandera a marchar en un campo totalmente nuevo; su experiencia: su gracia a posteriori porque, después de todo, la luna siempre brilla, aunque no pueda vérsele; y los corazones siempre se buscan, aunque jamás se encuentren.

Justo cuando empecé
a ver, a pensar, a creer
el silencio creció
la distancia mató.
Ya no veré, no pensaré, ni creeré.
Soñaré.

Lima, 26 de abril de 2001

Siguiendo la luna - Los Fabulosos Cadillacs

viernes, 18 de febrero de 2011

No quiere decir

Me topé con esta canción de Luis Alberto Spinetta:



Y luego escribí esto:

Una cosa u otra

Distancia no quiere decir desamor,
ni aburrimiento, ni odio.
Distancia puede llegar a ser protección.
Las cosas son y no,
según tú, yo u ellos.
Puede que sean mariposas
o ángeles multicolores.
Puede que sean rosas
o papeles vivos de dulces aromas.
Los días de oficina, cárceles grises.
Una caminata, el cortejo que se queda corto.
La noche aquella (que bailó la Luna)
una luz de claridad.
Aún con todo,
pienso, piensas, piensan,
en una explicación u otra,
pues distancia es distinta para todos.
Puede convertirse en extrañar,
en impaciencia u olvido,
y yo, tú o ellos,
en fantasmas que en algún momento llegaron
y partieron sin dejar rastros,
ni de sangre, ni de cariño,
ni de lamentos o buenos recuerdos.
Esa estrella que nos vio
está aún allí, mi vida
no la veo, ni tú, ni ellos,
pero está, como esa felicidad que escondiste
adentro
y que ahora mismo
vale poco menos que todos los te quiero
que me dabas,
que me dabas sin sentirlos.