Una noche del mes de junio del 2010 me la pasé genial siendo un extraño entre extraños. Recuerdo que dos días antes, una chica muy linda, bastante menor que yo, se colocó ante mí y me invitó a su fiesta de cumpleaños. Yo no la conocía nada, así que me pareció interesante la espontaneidad de la situación. Y fui, y la pasé bien, tanto que catalogué ese momento como "mi pequeña previa a París", porque en apenas unas horas toqué un poco del cielo que jamás me había permitido siquiera mirar y porque hice algo que nunca antes había efectuado: me dejé llevar.
Recuerdo que la chica se me acercó en un momento de la reunión y aplaudió mi soltura y no me dejó ir hasta que finalmente bailé un poco con ella. Luego de eso, salimos un par de veces. Debo admitir que la pasaba muy bien a su lado y que me encantaba hacerle bromas por la diferencia de nuestras edades y caminar kilómetros junto a ella solo para dejarla en la puerta de su casa, dulce, y despedirla con un beso en la mejilla prometiéndome ver alguna película de las miles que le recomendaba. Sin embargo, la relación se tornó un poco como el juego del gato y el ratón y ello me desanimó porque sentía -siento- que no estoy para perseguir a nadie, así que lo dejé ir: "solo amigos, eso estará bien... no voy a esforzarme por más".
Seguimos en contacto, separados por algunos distritos limeños, hasta que años más tarde, como había ocurrido aquél 2010, me invitó nuevamente a una fiesta suya de cumpleaños. Fui radiante, ligeramente decepcionado por algunos desencuentros amorosos intermedios, y la vi tan linda como antaño... y la vi más segura de sí misma... y la vi más madura... y la vi acompañada de un tipo que resultó ser su enamorado y que la apretó fuerte en el momento que nos notó conversando totalmente ajenos al resto de invitados.
Aquella noche terminé en Barranco viendo como ambos se divertían y besaban. Salí del Dragón y mientras me empujaba un sánguche Monstruo me tomé el tiempo de actualizar mi estado en el Facebook: "Una oportunidad perdida", escribí. "La dejé ir", pensé. "Quizá fui demasiado perfeccionista... quizá en su momento debí de haber entrado en su juego un poco".
Me subí a un taxi hecho un perdedor total. Camino a casa vi que alguien había comentado mi lamentable mensaje: "Puede que me haya pasado lo mismo, ¿hablamos?". Eran las tres de la mañana. Después de eso comencé a salir con una mujer de mi edad, de una belleza distinta a la de la chibola, mucho más cauta y difícil de interpretar. Y nuestras citas se prolongaron hasta el día en que supe que se me abrían las puertas de Francia.
Hasta que lo pierde - Jandy Feliz
jueves, 11 de julio de 2013
lunes, 8 de julio de 2013
Pégame tu vicio II (Doom, las chicas y PES vs FIFA)
Si Contra fue un salto alto en mi viciosa vida, Doom fue un salto con garrocha. Cuenta la leyenda que luego de que ID Software lanzara el recordado videojuego de disparos en primera persona, este se convirtió en leyenda. Yo mismo he revisado artículos en francés sobre el caso durante mi estancia en París, aconsejado por la profesora de mi curso de Videojuegos e industrias culturales. Resulta que este fue uno de los primeros games de computadora que brindaba la posibilidad de jugar en línea explotando las funcionalidades recién desarrolladas de la world wide web. Una cosa de locos que en mi caso me sorprendió con su versión número dos, una guerra contra enemigos siniestros que a menudo me causaba repulsión y, a la vez, interés. Por ello, para paliar el miedo a los escenarios oscuros y criaturas diabólicas me la pasaba superando los niveles al compás del Greatest hits II de Queen, cantando, disparando, hasta que alcancé un level tan elevado que pasaba el juego en modo Nightmare, el más difícil (bueno, nunca tanto).
Mis padres empezaban a preocuparse: "Este niño pasa más tiempo en la PC que en la calle jugando al fútbol", decían, mientras los amigos de mis hermanos me fastidiaban cuando intentaba patear un balón: "Control + A", me gritaban. Ok. Pero ese interés por entenderlo todo de las computadoras hizo (hace) que hoy en día sea lo suficientemente bueno como para instalar un sistema operativo. Ok. Circle of death era (es) mi mapa favorito de Doom 2, en particular por su música: ¡una salsa!
Llegado a este plano, debo hacer una confesión: si al inicio del juego hubieran dado a elegir entre un personaje masculino y otro femenino, seguramente hubiera elegido el segundo, ¿por qué? no tengo ni idea, pero siempre que se daba esa posibilidad, lo hacía, como ocurría con al arcade de GI-Joe, en el que elegía a Scarlett -y que pudimos disfrutar mis primos, mi hermano y yo gracias a una máquina estratégicamente colocada en un club de invierno en Chaclacayo al que solían llevarnos de niños-, o como ocurría -caso más grave- con el primer Mario Kart de Super Nintendo, el mejor de todos, en el que Peach terminaba guiñándome un ojo.
Otro regalo de la computadora fue el X-Wing, en el que el usuario se convertía en un piloto rebelde dentro del universo de Star Wars, y especialmente FIFA 94, que me enganchó por su gameplay, bastante distinto a los juegos tradicionales de fútbol que por entonces se veían en el mercado del vicio (sea legal o pirata). Desde entonces, siempre he creído superior a los FIFA sobre los Pro Evolution Soccer, que por tierras incaicas llegó en sus primeras versiones como Winning Eleven. Uno muy especial, por ejemplo, fue la versión 2008 del mismo: ¡Ah!, ¡qué buen Barcelona teníamos por entonces! con Ronaldinho de personaje carismático, un Messi reluciente y un Samuel Eto'o endiablado.
Mis padres empezaban a preocuparse: "Este niño pasa más tiempo en la PC que en la calle jugando al fútbol", decían, mientras los amigos de mis hermanos me fastidiaban cuando intentaba patear un balón: "Control + A", me gritaban. Ok. Pero ese interés por entenderlo todo de las computadoras hizo (hace) que hoy en día sea lo suficientemente bueno como para instalar un sistema operativo. Ok. Circle of death era (es) mi mapa favorito de Doom 2, en particular por su música: ¡una salsa!
Llegado a este plano, debo hacer una confesión: si al inicio del juego hubieran dado a elegir entre un personaje masculino y otro femenino, seguramente hubiera elegido el segundo, ¿por qué? no tengo ni idea, pero siempre que se daba esa posibilidad, lo hacía, como ocurría con al arcade de GI-Joe, en el que elegía a Scarlett -y que pudimos disfrutar mis primos, mi hermano y yo gracias a una máquina estratégicamente colocada en un club de invierno en Chaclacayo al que solían llevarnos de niños-, o como ocurría -caso más grave- con el primer Mario Kart de Super Nintendo, el mejor de todos, en el que Peach terminaba guiñándome un ojo.
Otro regalo de la computadora fue el X-Wing, en el que el usuario se convertía en un piloto rebelde dentro del universo de Star Wars, y especialmente FIFA 94, que me enganchó por su gameplay, bastante distinto a los juegos tradicionales de fútbol que por entonces se veían en el mercado del vicio (sea legal o pirata). Desde entonces, siempre he creído superior a los FIFA sobre los Pro Evolution Soccer, que por tierras incaicas llegó en sus primeras versiones como Winning Eleven. Uno muy especial, por ejemplo, fue la versión 2008 del mismo: ¡Ah!, ¡qué buen Barcelona teníamos por entonces! con Ronaldinho de personaje carismático, un Messi reluciente y un Samuel Eto'o endiablado.
domingo, 7 de julio de 2013
Pégame tu vicio I (Mario, Contra y hacks peruchos)
Cuando me engancho a un videojuego no hay nada en el mundo que me quite la atención del mismo, salvo, claro está, su finalización decorosa. Es un poco extraño, pero me es imposible definir las razones que me han llevado a desarrollar tal afición, en cambio, lo que si puedo señalar es el momento en que esta empezó y fue cuando tenía cinco años. Culpo de esto a mi señor padre, pues fue él quien me presentó uno de los juegos más populares de todos los tiempos: Mario Bros. Así, bajo su tutela, aprendí a saltar en diagonal, a matar a los "patos" (koopa troopas) y a salvar a la princesa. Fue mágico. Mientras tanto, él se la pasaba de lo lindo con un juego de carros llamado Road Fighter.
Cierta Navidad Papá Noel llegó con un Maxplay y la alegría en mis ojos se tradujo posteriormente en miles de horas de ocio. Con esas, ir al Campo Ferial Polvos Azules, ubicado a la espalda del Palacio de Gobierno (hoy, alameda Chabuca Granda) era mi más grande vacilón, pues miles de cartuchos para el bicho ese aparecían interminablemente colgados en los cientos de estantes del infinito centro comercial. Y un día mi viejita me compró uno amarillo, con la cara de un par de tipos duros en la cubierta: Contra. Y entonces, el acabose, tanto, que incluso solía levantarme a las seis de la mañana para entrar furtivamente a la cocina de mi casa, donde se encontraba uno de los dos televisores que teníamos (el otro estaba en el cuarto de mis padres). Del juego, aprendí a pasarlo completo, desde el inicio, sin trampas, hasta que de un tiempo a otro simplemente lo dejé de lado.
Cuando el Super Nintendo entró al mercado peruano marcó una revolución. Garajes, comedores, jardines y talleres fueron empleados para abarcar la demanda de miles de infantes y adolescentes gustosos de saciar sus apetitos de juego. "Vicio", era la palabra más usada para referirse al lugar donde se podía alquilar desde 15 minutos hasta lo que te diera la gana de tiempo para jugar, y "vicioso" era aquél que alquilaba. No era, sin duda, una actividad bien vista por los adultos, pues supuestamente hacía perder tiempo, desconcentraba y había quien señalaba que era cosa del diablo y que provocaba reacciones malignas en los niños, desde convulsiones hasta malcriadez.
La primera vez que vi un juego de Super Nintendo fue en un vicio que quedaba a una cuadra de mi casa: Street Fighter. Al poco tiempo, nadie me ganaba (menos si elegía a Ken). Me convertí así en el típico jugador a quien todos quieren vencer, el "espeso", al que odian por vicioso y porque -según las reglas- no soltaba el mando nunca al ser imbatible. Mientras ello ocurría en la poca infancia que recuerdo de mi vida y el inicio de mi adolescencia (Top gear, ¡yeah!), en el Perú pasaba algo más grande: las galerías de Wilson se consolidaban como emporios de lo informático y Polvos Azules era trasladado a otro lugar más amigable, luego del gran incendio de 1993. El mundo pirata en el país se extendía y aparecían los primeros hacks "made in Perú" basados en videojuegos. El primero, una actualización del Super Soccer con equipos peruanos, que le dio pase a otro muchísimo más popular y aplaudido: el Soccer Exitante, hack del International Superstar Soccer, que causaba gracia por su presentación, ya que esta incluía la recordada frase de Monchi la Pataclaun: "¡Horrible, oye!". Y, como no, el Descentralizado 1995, hack del Soccer Shootout, que empezaba con el video del famoso puñetazo que le propinó Nunes a Kopriva en un partido entre Universitario y Alianza Lima.
Cierta Navidad Papá Noel llegó con un Maxplay y la alegría en mis ojos se tradujo posteriormente en miles de horas de ocio. Con esas, ir al Campo Ferial Polvos Azules, ubicado a la espalda del Palacio de Gobierno (hoy, alameda Chabuca Granda) era mi más grande vacilón, pues miles de cartuchos para el bicho ese aparecían interminablemente colgados en los cientos de estantes del infinito centro comercial. Y un día mi viejita me compró uno amarillo, con la cara de un par de tipos duros en la cubierta: Contra. Y entonces, el acabose, tanto, que incluso solía levantarme a las seis de la mañana para entrar furtivamente a la cocina de mi casa, donde se encontraba uno de los dos televisores que teníamos (el otro estaba en el cuarto de mis padres). Del juego, aprendí a pasarlo completo, desde el inicio, sin trampas, hasta que de un tiempo a otro simplemente lo dejé de lado.
Cuando el Super Nintendo entró al mercado peruano marcó una revolución. Garajes, comedores, jardines y talleres fueron empleados para abarcar la demanda de miles de infantes y adolescentes gustosos de saciar sus apetitos de juego. "Vicio", era la palabra más usada para referirse al lugar donde se podía alquilar desde 15 minutos hasta lo que te diera la gana de tiempo para jugar, y "vicioso" era aquél que alquilaba. No era, sin duda, una actividad bien vista por los adultos, pues supuestamente hacía perder tiempo, desconcentraba y había quien señalaba que era cosa del diablo y que provocaba reacciones malignas en los niños, desde convulsiones hasta malcriadez.
La primera vez que vi un juego de Super Nintendo fue en un vicio que quedaba a una cuadra de mi casa: Street Fighter. Al poco tiempo, nadie me ganaba (menos si elegía a Ken). Me convertí así en el típico jugador a quien todos quieren vencer, el "espeso", al que odian por vicioso y porque -según las reglas- no soltaba el mando nunca al ser imbatible. Mientras ello ocurría en la poca infancia que recuerdo de mi vida y el inicio de mi adolescencia (Top gear, ¡yeah!), en el Perú pasaba algo más grande: las galerías de Wilson se consolidaban como emporios de lo informático y Polvos Azules era trasladado a otro lugar más amigable, luego del gran incendio de 1993. El mundo pirata en el país se extendía y aparecían los primeros hacks "made in Perú" basados en videojuegos. El primero, una actualización del Super Soccer con equipos peruanos, que le dio pase a otro muchísimo más popular y aplaudido: el Soccer Exitante, hack del International Superstar Soccer, que causaba gracia por su presentación, ya que esta incluía la recordada frase de Monchi la Pataclaun: "¡Horrible, oye!". Y, como no, el Descentralizado 1995, hack del Soccer Shootout, que empezaba con el video del famoso puñetazo que le propinó Nunes a Kopriva en un partido entre Universitario y Alianza Lima.
viernes, 5 de julio de 2013
No me verás en el subte
La llave que yo tengo puede abrir tan solo el corazón de los extraños. Las almas que no tienen dónde ir se vuelven a reunir en subterráneo ♫
Ella te quiere. Era el resumen que uno de mis mejores amigos solía decirme respecto a mi relación con una chica que me gustaba y que a menudo me trataba como a un can. Ante su argumento yo reaccionaba diciendo lo que aún creo: "Tu puedes decirle a alguien 'te quiero', pero si no eres capaz de demostrarlo ese sentimiento no vale nada, pues son las acciones las que pueden cuantificar el tamaño del cariño. Te doy este caramelo porque te quiero... eso es algo. Soy capaz de escucharte y luego de cambiar una actitud mía porque te quiero... eso también es algo. El simple hecho de querer no posee ningún valor per se".
Anoche fue lo mismo, como si el tiempo no se hubiera movido por más de diez años: "Una señal, un simple gesto puede salvar una relación, sea en el presente o en el futuro", le dije, y él contestó: "Te haría bien aprender a identificar que las señales, en ocasiones, no son las que tú crees que son. El budismo dice 'a veces las señales se pueden confundir, así que no nos debemos guiar de la realidad aparente'. A veces no hay señales porque la gente tiene el derecho a no darlas". "Entonces, sobre eso, uno está también en su derecho de decir 'no me esfuerzo nunca más por esta relación', y se acabó el asunto, ya que una relación es dar y recibir, si no hay de ello, pues a otra cosa...". "Lo que yo he aprendido es a no esperar más de lo que las otras personas (seguras de sí) saben que pueden dar. No hay más. Así no me hago daño yo y no se hace daño la otra persona. Por eso es chévere compartir con alguien -con una chica- que esté segura de lo que es". "Tú alguna vez me dijiste que ella lloró al escuchar Historia de las sillas, una canción que sabía era mi favorita de Silvio Rodríguez... esa es una señal, por ejemplo, de lo que sentía, y solo por eso en este momento creo que algún día podríamos volver a ser amigos. Sabes, solo por eso me encantaría hablar con ella". "No te preocupes, eso ya ocurrirá en su momento, cuando tenga que ser".
Yo recuerdo tu piel, yo recuerdo tu voz como las estaciones. Yo te ví reir, ya no llores. No me verás. No me hablarás. No me verás. No me verás ♫
Ella te quiere. Era el resumen que uno de mis mejores amigos solía decirme respecto a mi relación con una chica que me gustaba y que a menudo me trataba como a un can. Ante su argumento yo reaccionaba diciendo lo que aún creo: "Tu puedes decirle a alguien 'te quiero', pero si no eres capaz de demostrarlo ese sentimiento no vale nada, pues son las acciones las que pueden cuantificar el tamaño del cariño. Te doy este caramelo porque te quiero... eso es algo. Soy capaz de escucharte y luego de cambiar una actitud mía porque te quiero... eso también es algo. El simple hecho de querer no posee ningún valor per se".
Anoche fue lo mismo, como si el tiempo no se hubiera movido por más de diez años: "Una señal, un simple gesto puede salvar una relación, sea en el presente o en el futuro", le dije, y él contestó: "Te haría bien aprender a identificar que las señales, en ocasiones, no son las que tú crees que son. El budismo dice 'a veces las señales se pueden confundir, así que no nos debemos guiar de la realidad aparente'. A veces no hay señales porque la gente tiene el derecho a no darlas". "Entonces, sobre eso, uno está también en su derecho de decir 'no me esfuerzo nunca más por esta relación', y se acabó el asunto, ya que una relación es dar y recibir, si no hay de ello, pues a otra cosa...". "Lo que yo he aprendido es a no esperar más de lo que las otras personas (seguras de sí) saben que pueden dar. No hay más. Así no me hago daño yo y no se hace daño la otra persona. Por eso es chévere compartir con alguien -con una chica- que esté segura de lo que es". "Tú alguna vez me dijiste que ella lloró al escuchar Historia de las sillas, una canción que sabía era mi favorita de Silvio Rodríguez... esa es una señal, por ejemplo, de lo que sentía, y solo por eso en este momento creo que algún día podríamos volver a ser amigos. Sabes, solo por eso me encantaría hablar con ella". "No te preocupes, eso ya ocurrirá en su momento, cuando tenga que ser".
Yo recuerdo tu piel, yo recuerdo tu voz como las estaciones. Yo te ví reir, ya no llores. No me verás. No me hablarás. No me verás. No me verás ♫
miércoles, 3 de julio de 2013
Como diría Antonio Tabucchi...
Tiene usted un fuerte superego, señor Pereira, y ese superego está combatiendo con su nuevo yo hegemónico. Está usted en conflicto consigo mismo en esa batalla que se está desarrollando en su alma. Tendría que abandonar a su superego. Tendría que dejar que se fuera a su destino como si fuera un desecho. ¿Y qué quedaría de mí?, preguntó Pereira, yo soy lo que soy, con mis recuerdos, con mi vida pasada, la memoria de Coimbra y de mi mujer, una vida transcurrida como cronista de un gran periódico, ¿qué quedaría de mí? La elaboración del luto, dijo el doctor Cardoso, es una expresión freudiana, perdóneme, soy sincrético, y he pescado un poco de aquí, otro poco de allá, pero usted necesita elaborar el luto, necesita decir adiós a su vida pasada, necesita vivir en el presente. Un hombre no puede vivir como usted, señor Pereira, pensando solo en el pasado. ¿Y mis recuerdos?, preguntó Pereira, ¿y todo lo que he vivido? Serían tan solo memoria, respondió el doctor Cardoso, y no invadirían de forma tan avallasadora su presente. Usted vive proyectado en el pasado. Usted está aquí como si estuviera en Coimbra hace treinta años y su mujer estuviera todavía viva. Si continúa así terminará convirtiéndose en una especie de fetichista de sus recuerdos. Quizá se pondría a hablar con la fotografía de su esposa. Pereira se limpió la boca con la servilleta, bajó el tono de voz y dijo: Ya lo hago, doctor Cardoso. El doctor Cardoso sonrió.
PD: Sostiene Pereira, capítulo 20.
Decir adiós - Amén
PD: Sostiene Pereira, capítulo 20.
Decir adiós - Amén
martes, 25 de junio de 2013
I want to ride my bicycle ♫
Cuando niño tuve que renunciar a la posibilidad de aprender a montar bicicleta. Mi padre, que como yo carga encima algunos traumas inconfesables, jamás me iba a comprar una y mis amigos de barrio más cercanos no contaban con alguna, así hice de tripas corazón y en lugar de pedalear me dediqué a mejorar mi técnica en los videojuegos.
Mientras mi hermana fue adiestrada en el arte de utilizar una bici por un tío, mi hermano aprendió a ir en dos ruedas de manera autodidacta -lo mismo le pasó con la natación y los carros. Yo, en cambio, solo me contentaba con ser paseado por mis amigos o alguno de mis familiares, algo que me encantaba porque de copiloto podía disfrutar del viaje sin prestarle atención a los vehículos y a los transeúntes que se pudieran cruzar en nuestro camino. Era divertido, pero siempre sentí que faltaba algo. En revancha, la única vez que intenté ser el conductor de mi propio destino biciclero no pude con mi incapacidad para mantener el equilibrio y, desde luego, con la nula coordinación que hasta el día de hoy ha evitado que pueda coger -como dios manda- una guitarra. Por ello, terminé estampándome contra un árbol y con varias heridas en el brazo y las rodillas.
Luego crecí y nadie me preguntó entonces si sabía montar o no una bicicleta, mas sí: "¿Sabes conducir (un auto)?", a lo que yo contestaba con el clásico y tonto chiste: "No sé ni manejar mi vida, menos voy a saber manejar un carro", pero la respuesta debió haber sido siempre: "No sé ni manejar bicicleta. Punto". Quizá sean dos cosas totalmente distintas, pero, para ser sinceros, ustedes comprenderán mi ignorancia, de eso no tengo la más mínima idea.
Nunca me llamó la atención y no fue hasta que mi -ya no tan- reciente actitud de probarlo todo empezó a desarrollarse que consideré darle una oportunidad al niño que nunca fui y aprender a manipular uno de esos bichos de dos ruedas. Fue mi buena amiga Ángela la que me incrustó la idea de hacerlo, cierto día en la Universidad Católica, cuando aún trabajábamos juntos y éramos asiduos concurrentes al Mirador del Centro de Lima junto a la ex a la que no sé si llamar ex. "Un día hay que enseñarle", dijeron ambas, y yo feliz porque las estimaba horrores, por la confianza y porque, honestamente, sabía que podía caerme sin salir muy herido ya que mi cuerpo era más grande que cuando chuckie. Sin embargo, la ex, que siempre me hablaba de lo genial que era montar bicicleta, terminó conmigo antes de demostrármelo y Ángela cambió de chamba. Así, el interés -el mío- se diluyó como hielo en el agua, pese -incluso- de saber a una de mis mejores patas, Vania Almendra, ferviente admiradora del aparato ese y participante de cuanta actividad le incluya, como carreras de calatos y cosas parecidas. En foto siempre se le ve sonriente sobre una bicicleta. "¿Acaso sabe algo que yo no sé? ¿de qué demonios me estoy perdiendo?", pienso ahora.
A diferencia de lo que ocurre en Lima, en el que bicicletear es un deporte de alto riesgo, en París -me cuentan- hay mucho más respeto por el ciclista y se puede salir a pedalear sin miedo al atropello y a irse pa' la Habana, es decir, ir y no volver más. Con esas, hay incluso un sistema de alquiles de bicicletas que cuenta con mil 200 estaciones en toda la ciudad y sus alrededores, es decir, con un montón.
Luego de saber todo esto, el ánimo por aprender a montar bici regresó y con más fuerza después de que un par de amigas lo volvieran a remover. En Italia, hace unos días, mi madrina me preguntó por qué es que no sabía conducir (auto) y yo, tras contestarle con mi chiste de rutina ("No sé ni manejar mi vida, bla bla bla"), le prometí primero aprender a montar un velocípedo (sí, así se dice también bicicleta :P). Personalmente, creo que nunca es tarde para instruirse en algo y sería una buena forma de dejar atrás una vieja deuda conmigo mismo, así que habrá que intentarlo.
PD: Colofón (bastante triste, por cierto... así que ¡alerta!)... ¿Por qué es que mi padre no quería que montara una bici? Me lo comentaron recientemente en Italia... su hermana... y la cosa va así: Resulta que ambos tenían una tía muy apreciada que cierto día perdió a su padre. Veinticuatro horas después de su entierro, que resultó ser en una localidad bastante rural, su hijo mayor falleció atropellado tratando de devolver una bicicleta en un pueblo cercano. Todo un drama que me hace, ahora, comprender por que mi papá era tan cerrado respecto al hecho de que mis hermanos o yo andáramos en bicicleta. Años más tarde, si no me equivoco, esa misma tía, agobiada por un tipo de cáncer, pasaría sus últimos días en casa de mis abuelos. Mi papá siempre cuenta esto último (mas no lo primero) recordando lo duro que es ver sufrir a un ser querido, sobre todo, con dolores que nadie en esta vida debería tener.
Mientras mi hermana fue adiestrada en el arte de utilizar una bici por un tío, mi hermano aprendió a ir en dos ruedas de manera autodidacta -lo mismo le pasó con la natación y los carros. Yo, en cambio, solo me contentaba con ser paseado por mis amigos o alguno de mis familiares, algo que me encantaba porque de copiloto podía disfrutar del viaje sin prestarle atención a los vehículos y a los transeúntes que se pudieran cruzar en nuestro camino. Era divertido, pero siempre sentí que faltaba algo. En revancha, la única vez que intenté ser el conductor de mi propio destino biciclero no pude con mi incapacidad para mantener el equilibrio y, desde luego, con la nula coordinación que hasta el día de hoy ha evitado que pueda coger -como dios manda- una guitarra. Por ello, terminé estampándome contra un árbol y con varias heridas en el brazo y las rodillas.
Luego crecí y nadie me preguntó entonces si sabía montar o no una bicicleta, mas sí: "¿Sabes conducir (un auto)?", a lo que yo contestaba con el clásico y tonto chiste: "No sé ni manejar mi vida, menos voy a saber manejar un carro", pero la respuesta debió haber sido siempre: "No sé ni manejar bicicleta. Punto". Quizá sean dos cosas totalmente distintas, pero, para ser sinceros, ustedes comprenderán mi ignorancia, de eso no tengo la más mínima idea.
Nunca me llamó la atención y no fue hasta que mi -ya no tan- reciente actitud de probarlo todo empezó a desarrollarse que consideré darle una oportunidad al niño que nunca fui y aprender a manipular uno de esos bichos de dos ruedas. Fue mi buena amiga Ángela la que me incrustó la idea de hacerlo, cierto día en la Universidad Católica, cuando aún trabajábamos juntos y éramos asiduos concurrentes al Mirador del Centro de Lima junto a la ex a la que no sé si llamar ex. "Un día hay que enseñarle", dijeron ambas, y yo feliz porque las estimaba horrores, por la confianza y porque, honestamente, sabía que podía caerme sin salir muy herido ya que mi cuerpo era más grande que cuando chuckie. Sin embargo, la ex, que siempre me hablaba de lo genial que era montar bicicleta, terminó conmigo antes de demostrármelo y Ángela cambió de chamba. Así, el interés -el mío- se diluyó como hielo en el agua, pese -incluso- de saber a una de mis mejores patas, Vania Almendra, ferviente admiradora del aparato ese y participante de cuanta actividad le incluya, como carreras de calatos y cosas parecidas. En foto siempre se le ve sonriente sobre una bicicleta. "¿Acaso sabe algo que yo no sé? ¿de qué demonios me estoy perdiendo?", pienso ahora.
A diferencia de lo que ocurre en Lima, en el que bicicletear es un deporte de alto riesgo, en París -me cuentan- hay mucho más respeto por el ciclista y se puede salir a pedalear sin miedo al atropello y a irse pa' la Habana, es decir, ir y no volver más. Con esas, hay incluso un sistema de alquiles de bicicletas que cuenta con mil 200 estaciones en toda la ciudad y sus alrededores, es decir, con un montón.
Luego de saber todo esto, el ánimo por aprender a montar bici regresó y con más fuerza después de que un par de amigas lo volvieran a remover. En Italia, hace unos días, mi madrina me preguntó por qué es que no sabía conducir (auto) y yo, tras contestarle con mi chiste de rutina ("No sé ni manejar mi vida, bla bla bla"), le prometí primero aprender a montar un velocípedo (sí, así se dice también bicicleta :P). Personalmente, creo que nunca es tarde para instruirse en algo y sería una buena forma de dejar atrás una vieja deuda conmigo mismo, así que habrá que intentarlo.
PD: Colofón (bastante triste, por cierto... así que ¡alerta!)... ¿Por qué es que mi padre no quería que montara una bici? Me lo comentaron recientemente en Italia... su hermana... y la cosa va así: Resulta que ambos tenían una tía muy apreciada que cierto día perdió a su padre. Veinticuatro horas después de su entierro, que resultó ser en una localidad bastante rural, su hijo mayor falleció atropellado tratando de devolver una bicicleta en un pueblo cercano. Todo un drama que me hace, ahora, comprender por que mi papá era tan cerrado respecto al hecho de que mis hermanos o yo andáramos en bicicleta. Años más tarde, si no me equivoco, esa misma tía, agobiada por un tipo de cáncer, pasaría sus últimos días en casa de mis abuelos. Mi papá siempre cuenta esto último (mas no lo primero) recordando lo duro que es ver sufrir a un ser querido, sobre todo, con dolores que nadie en esta vida debería tener.
domingo, 23 de junio de 2013
Bitácora de un gato en Pavia: Como en casa
Si Bologna es una ciudad sorprendente, pues por donde se mire siempre hay algo que comentar, Pavia es pintoresca: la llamada Ciudad de las Cien Torres es colorida y amable con el visitante. Allí, junto a la buena sensación que me dejó poder conocer algunas de sus atracciones, como el Castello Visconteo, la iglesia de San Pietro in Ciel d'Oro y el Ponte Coperto, que cruza el río Ticino, pude obtener la dicha de cumplir con un viejo pospuesto mío: el visitar a mis padrinos en su casa.
La verdad es que fue un sueño cumplido y un encontrón con algo que me encanta: la posibilidad de pasar los días en familia y sentirme así como en mi propio país al lado de gente que me quiere mucho y a quien le tengo una confianza abrumadora, así que punto para Italia y para mi lista de logros.
Por otro lado, ayer paseamos por Milán y, como vale la pena, la ascensión a su famoso Duomo fue algo que -estoy seguro- no olvidaré por el resto de mi vida.
Se trata de una catedral gótica que tiene 157 metros de largo y puede albergar 40 mil personas en su interior. Con harta decoración a cada paso, uno puede llegar a maravillarse ante la precisión y detalle con los que sus constructores debieron de haber trabajado.
Curiosamente, la Certosa di Pavia, hogar de los monjes cartesianos, empezó a construirse con la idea de emular al Duomo milanés, para lo cual contó incluso con sus mismos arquitectos y obreros, pero el cambio en los estratos de poder demoraron su finalización y la variación en los gustos de estilo la terminaron erigiendo como uno de los ejemplos más notables en cuanto a la utilización conjunta de los estilos gótico y renacentista.
Bella ciao - Mercedez Soza
La verdad es que fue un sueño cumplido y un encontrón con algo que me encanta: la posibilidad de pasar los días en familia y sentirme así como en mi propio país al lado de gente que me quiere mucho y a quien le tengo una confianza abrumadora, así que punto para Italia y para mi lista de logros.
Por otro lado, ayer paseamos por Milán y, como vale la pena, la ascensión a su famoso Duomo fue algo que -estoy seguro- no olvidaré por el resto de mi vida.
Se trata de una catedral gótica que tiene 157 metros de largo y puede albergar 40 mil personas en su interior. Con harta decoración a cada paso, uno puede llegar a maravillarse ante la precisión y detalle con los que sus constructores debieron de haber trabajado.
Bella ciao - Mercedez Soza
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