martes, 23 de octubre de 2012

Me

Todas las ovejas, entre ellas, se llaman Me, y los carneros, Bob. Me hubiera querido nacer negra, ser distinta, llamarse Lanolin, pero tuvo que conformarse en seguir al resto del rebaño hasta que un día, cansada de aceptar la ruta establecida por Oso, el perro ovejero local, se detuvo en plena caminata e intentó sentar las bases de lo que creía sería una revolución entre las suyas: no hacerle caso al can y seguir su instinto. “Meee”, le dijo entonces Me, su prima hermana, “nuestra costumbre es seguir al perro”. “Meee”, le increpó el resto, “así hemos vivido siempre, ¿por qué cambiar?”.
Nada tan difícil como decidirse[1].
Me no se siente satisfecha.
Me quiere saber qué hay más allá de la colina por donde todas las tardes ve ocultarse al Sol.
Meee… ¿Tal vez un rebaño con muchas ovejas negras?
Habrá que descubrirlo.
Una tarde, como otras tantas que habían llegado igual: caminando, pastando, Me burló la seguridad impecable de Oso con una falsa alarma de lobo feroz. Aprovechando la histeria colectiva —que es fácil de encender cuando se recuerda a un enemigo común— partió en carrera buscando lo desconocido, tratando de llegar a donde ninguna otra oveja —que al menos conociera— había llegado jamás.
Me llegó a lo alto de la colina por donde todas las tardes veía ocultarse al Sol y lo que sus ojos vieron fue un valle tan pequeño o extenso como en el que solía pastar bajo la guía de Oso. Se sintió un poco decepcionada, porque no era lo que esperaba, y al mismo tiempo orgullosa, porque entendía que si no hubiera llegado hasta la cima un día, jamás hubiera sabido con certeza que era lo que allí había, y a la duda  —como solía decir la humana que año a año la trasquilaba— no es buena tenerla de esposo.
Meee… ¿y qué hay más allá?
Habrá que descubrirlo.
Caminante no hay camino, se hace camino al andar[2].
Me siguió marchando. Cruzó uno, dos prados. Cruzó uno, dos bosques. El cansancio le hizo quedarse dormida y, cuando despertó, tras una dulce y reparadora siesta, se sorprendió al notar a su lado un animal moteado, mucho más grande que ella, que resultó ser una vaca.
-¿Cómo te llamas?
-Connie —respondió la vaca.
- ¿Estás perdida?
-No, estoy comiendo.
-¿Sabes qué encontraré si sigo caminando de frente?
-No.
-¿No te interesa saber qué hay más allá?
-No.
A Me le inquietaban las respuestas de la vaca. Le dio la impresión de que era igual a todas las ovejas que había conocido, solo que más grande y moteada, sin embargo, al ver su rostro de frustración, Connie le explicó que no tenía ganas de irse de aventuras, pues cuando joven los humanos la habían llevado de un lugar hacia otro. “Concursos”, les llamaban. Y ella, después de tanto viaje, se terminó dando cuenta de que nada le gustaba más que comer y reposar, así que, seguramente, iba a hacer eso así su dueño la terminara convirtiendo en hamburguesa.
Meee… Cada quién tiene su modo de ser feliz. Lo importante es descubrirlo.
Estando siempre dispuestos a ser felices, es inevitable no serlo alguna vez[3].
Me siguió marchando. Cruzó uno, dos ríos. Cruzó uno, dos valles, distintos a los que ya conocía. Llegó hasta un lugar extraño en el que los árboles parecían ser de piedra y cobijaban a manadas enteras de humanos.
-¿Qué eres? —le interrogó un gato que se identificó de inmediato como Melenudo.
-Una oveja.
-¡Qué cosa rara!
-¿Y qué estás haciendo en esta ciudad?
-La cruzo —Me aprendió que el lugar raro en donde se encontraba era una ciudad— Quiero ver qué hay más allá.
-¿Vienes de muy lejos?
-Sí, desde un valle lleno de ovejas llamadas Me resguardadas por un perro llamado Oso.
-¿Acaso sabes dónde está mi dueña, Alexandra?
Melenudo le contó a Me que antes vivía con una humana, pero que, pese a que era muy feliz con ella, un día le dio la gana de salir de casa. Si bien al comienzo le gustó mucho perderse, luego extrañó mucho a su ama y, por ello mismo, estaba triste porque no conseguía regresar a su hogar.
-Lo siento, no la he visto.
Me pensó que no es bueno abandonar lo que uno quiere, menos por puro capricho.
Meee… yo tengo una razón poderosa para seguir adelante.
Los objetivos son los ingredientes que dan propósito a nuestra vida.
Me llegó a lo alto de una colina similar a la colina por donde todas las tardes solía ver ocultarse al Sol y lo que sus ojos vieron fue un valle tan pequeño o extenso como en el que solía pastar bajo la guía de Oso, solo que esta vez no se sintió decepcionada porque, para su alegría, sobre el llano se encontraba andando un rebaño repleto de ovejas, cada una negra, como el tipo de oveja que ella hubiera querido ser. Al llegar ante ellas, le preguntó a cada una su nombre. Todas respondieron lo mismo: “Beeee”, excepto una que, si bien se llamaba Be, siempre había querido nacer blanca, como ella, y tener por nombre Rolanda.
Pese a que su encuentro con las ovejas negras no fue tan maravilloso como siempre había imaginado que sería, Me se me sintió contenta de saber que lejos, muy lejos de su valle natal, existía un rebaño repleto de ovejas negras y porque al menos lo había podido ver en persona (o en oveja, para ser exactos).
Después de conversar largo y tendido y, tras convertirse en buenas amigas, Me y Be entendieron que bastaba ser como eran, que sus sonrisas no le debían nada a sus cuerpos o a sus nombres y que más importante era serle siempre fiel a sus objetivos y su forma de ser felices.
Me es feliz viajando.
Be no sabe aún qué es lo que le hace sentirse feliz, pero es cuestión de averiguarlo.
Un recorrido de cinco mil kilómetros empieza con un paso.
-¿Y sabes qué hay más allá de esa colina? —le preguntó Be a Me.
Meee… habrá que subir hasta ella y verlo.
¡Qué cosa tan extraña es la felicidad! Nadie sabe por dónde ni cómo ni cuándo llega, y llega por caminos invisibles, a veces cuando ya no se le aguarda[4].

París, 22 de octubre de 2012

[1] Napoleón
[2] Antonio Machado
[3] Blaise Pascal
[4] Henrik Johan Ibsen

Willie Nelson - On the road again

No hay comentarios:

Publicar un comentario